BIOGRAFíA: Alfonso XIII

El año 1902 fue clave en la vida de Don Alfonso, hijo póstumo de Alfonso XII, que con 16 años se convirtió en Rey de España, después de que su madre, Doña Marí­a Cristina, ocupara la regencia durante 17 años.

Antes de esa fecha histórica, quien estaba a punto de convertirse en Alfonso XIII escribió en su diario una visión de la España de la época de forma lúcida, real y premonitoria para un joven que el 1 de enero de 1902 tení­a 15 años. El texto que dejó para la Historia dice:

«En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de suma trascendencia tal y como están las cosas, porque de mí­ depende si ha de quedar en España la Monarquí­a Borbónica o la República. Porque yo me encuentro el paí­s quebrantado por nuestras pasadas guerras, que anhela por un alguien que la saque de esa situación; la reforma social a favor de las clases necesitadas; el Ejército con una organización atrasada a los adelantos modernos; la Marina sin barcos; la bandera ultrajada [subrayado en el original]; los gobernadores y alcaldes que no cumplen las leyes, etcétera… En fin, todos los servicios desorganizados y mal atendidos. Yo puedo ser un Rey que se llene de gloria regenerando la Patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera. Yo siempre tendré a manera de ángel custodio a mi Madre. Segundo ejemplar que nuestra Historia presenta; el primero, Dª Marí­a de Molina; el segundo, Dª Marí­a Cristina de Austria. Don Fernando IV pidió cuentas a su madre; mas yo eso nunca lo haré. Yo espero reinar en España como Rey justo. Espero al mismo tiempo regenerar la Patria y hacerla, si no poderosa, al menos buscada, o sea, que la busquen como aliada. Si Dios quiere para bien de España».

El 17 de mayo Don Alfonso cumplió 16 años, y fue ésa la fecha fijada para que jurara la Constitución (el término «coronación» no es correcto, ya que esa ceremonia no existí­a ya en España y, de hecho, la corona y cetro permanecieron en la ceremonia sobre un almohadón carmesí­) y convertirse en Rey de España. Tal como ordenaba el artí­culo 45 de la Constitución, el Monarca prestó juramento ante las Cortes, en la persona del presidente de la Cámara Baja, el marqués de la Vega de Armijo, por ser de mayor edad que el presidente del Senado, Eugenio Montero Rí­os. La fórmula fue: «Juro por Dios, sobre los Santos Evangelios, guardar la Constitución y las leyes. Si así­ lo hiciere, Dios me lo premie, y si no, me lo demande».

Los cronistas de la época destacaron la brillantez del breve y solemne acto celebrado en el Salón de Sesiones, al que acudieron los representantes de las grandes potencias, el cuerpo diplomático acreditado en España, diputados y senadores, caballeros de las órdenes militares, así­ como el gobierno presidido por el septuagenario Práxedes Mateo Sagasta.

A la Jura del Rey acudieron representantes de más de treinta paí­ses. Entre otros, viajaron a Madrid el prí­ncipe Alberto de Prusia (en representación del kaiser Guillermo II); el prí­ncipe Arturo de Inglaterra, duque de Connaught (en representación de su hermano Eduardo VII); el archiduque Carlos Esteban -hermano de Doña Marí­a Cristina, representando al emperador Francisco José de Austria-, el duque de Génova; el prí­ncipe Christian Carlos de Dinamarca; el prí­ncipe Nicolás de Grecia; el prí­ncipe Tomás Alberto de Saboya, en representación de Italia; el prí­ncipe Eugenio de Suecia y Noruega, el gran duque Vladimir Alejandrovich, tí­o del zar de Rusia; el Infante Don Alfonso de Portugal; el prí­ncipe Mirza Riza Khan, de Persia, el prí­ncipe heredero Maja Vajiravudh, de Siam; el prí­ncipe Hamet Ben Mahomet Torres, de Marruecos; el prí­ncipe heredero Luis de Mónaco; el prí­ncipe de Calabria; el nuncio apostólico, monseñor Rinaldini; Jabez Curry, en representación de EEUU; el teniente general Florentin, por Francia; Jenaro de Borbón, y una nutrida representación de los paí­ses iberoamericanos.
Las delegaciones extranjeras otorgaron al Monarca, entre otras, las condecoraciones de la Orden de la Jarretera, de Inglaterra; el íguila Negra, de Prusia; la Legión de Honor francesa; la de San Juan, de Malta; la de los Serafines, de Suecia y Noruega; la de San Andrés, de Rusia; la de San Esteban, de Hungrí­a; la danesa del Elefante Blanco; la italiana de la Annunziata; la de Leopoldo, de Bélgica; y la del Crisantemo, de Japón.

Uniforme de capitán general

Tras la ceremonia, el Rey, con uniforme de capitán general del Ejército, y Doña Marí­a Cristina se encaminaron hacia la basí­lica de San Francisco el Grande, donde se celebró un Te Deum de acción de gracias, en la carroza real tirada por ocho caballos tordos, empenachados de blanco con trenzaduras de blanco y oro.

Ese mismo dí­a, Alfonso XIII presidió su primer Consejo, aunque ya habí­a asistido como oyente a los últimos celebrados el 24 de abril y el 11 de mayo, presididos todaví­a por la Reina regente. En sus «Notas de una vida», el conde de Romanones relata aquella primera reunión:

«Tras breves palabras de salutación de Sagasta, dichas con voz apagada, reveladora de su fatiga, el Rey, como si en vida hubiera hecho otra cosa que presidir ministros, con gran desenvoltura, dirigiéndose al de la Guerra en tono imperativo, le sometió a detenido interrogatorio acerca de las causas motivadoras del cierre decretado de las Academias militares. Amplia explicación, amplia para su acostumbrado laconismo, le dio el general Weyler; no quedó satisfecho Don Alfonso, opinando que debí­an abrirse de nuevo. Replicó D. Valeriano con respetuosa energí­a, y cuando la discusión tomaba peligroso giro, la cortó Sagasta, haciendo suyo el criterio del Rey, resultando con esto vencido el ministro de la Guerra. Después de breve pausa, el Monarca, tomando en su mano la Constitución, leyó el caso octavo del artí­culo 54, y, a manera de comentario, dijo: Como ustedes acaban de escuchar, la Constitución me confiere la concesión de honores, tí­tulos y grandezas; por eso les advierto que el uso de este derecho me lo reservo por completo . Gran sorpresa nos produjeron estas palabras. El duque de Veragua, heredero de los mas ilustres blasones de la nobleza española y de espí­ritu liberal probado, opuso a las palabras del Rey sencilla réplica: pidiéndole su venia, leyó el párrafo segundo del artí­culo 49, que dice: Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está refrendado por un ministro. Aunque la materia no entrañaba importancia, sin embargo, en aquel breví­simo diálogo, se encerraba una lección de derecho constitucional».

La España del regeneracionismo

El término «regeneración» estaba en 1902 en boca de toda la sociedad dirigente, ya fuera el regeneracionismo monárquico «desde dentro» representado por la ortodoxia canovista o el rupturista republicano defendido por Alejandro Lerroux y Pablo Iglesias. En el plano económico, España registra en el primer tercio del siglo XX un proceso de crecimiento, el desarrollo del sindicalismo y un camino modernizador incuestionable. España era entonces un paí­s agrí­cola y minero, con Cataluña como protagonista del cambio industrial; en 1902 se crea Altos Hornos, nace el Banco Hispanoamericano (1901) y el Crédito Mobiliario se convierte en Banco Español de Crédito (1902).
El crecimiento de la población era inferior al europeo a causa del í­ndice de mortalidad, que en nuestro paí­s alcanzaba casi el 30 por ciento, frente al 15 de la media europea. Otras comparaciones hacen innecesarios los comentarios: el analfabetismo en España superaba el 60 por ciento (en algunas provincias andaluzas alcanzaba el 80), mientras que en Francia no llegaba al 25.

El 10 por ciento de la población se desplaza en ese periodo del campo a la ciudad, de tal modo que Madrid y Barcelona reciben medio millón de habitantes. En cuanto a la emigración a Iberoamérica, se trasladaron más de 300.000 españoles.

No son pocos los autores que califican a Alfonso XIII como un Rey regeneracionista. Carlos Seco Serrano, en «Alfonso XIII», va más allá al hablar del reinado como «el de un sorprendente renacimiento en todos los órdenes -no sólo en el evidente de la cultura: segunda edad de oro de nuestras letras y artes, sino también en el de los planteamientos polí­ticos y la apertura social-.», y añade que «se esforzó, a lo largo de treinta años, por evitar lo que tras su caí­da se hizo inevitable: la Guerra Civil».
Madariaga, en su ensayo «España» (1930) escribe: «Bajo Alfonso XIII, España llega a ser nación industrial, alcanza el mayor nivel de población desde época romana, retorna a adornar el mundo de la cultura, que casi habí­a abandonado desde que con tanto esplendor brilló en el siglo XVI, vuelve a plena participación en la polí­tica internacional durante la guerra europea y al abrirse la cuestión de Marruecos; reconquista espiritualmente la América que habí­a descubierto, poblado, civilizado y perdido, y, por último, ve grandes problemas sociales y nacionales surgir en su vida interior y estimular su pensamiento polí­tico».

Golpe de Primo de Rivera, el ocaso del Reinado

En 1923, el golpe militar de Miguel Primo de Rivera fue la solución de fuerza adoptada ante la crisis. El rey aceptó el hecho. Esta dictadura fue bien recibida por muchos sectores sociales en los primeros años. En 1925, con el desembarco de Alhucemas, se terminó con la guerra de Marruecos. Se produjo un restablecimiento del orden social así­ como un mayor desarrollo de las obras públicas. Más tarde, en 1930, y después del fracaso de Primo de Rivera, Alfonso XIII intentó restaurar el orden constitucional, pero los partidos republicanos, socialistas y regionalistas de izquierda lucharon unidos contra la monarquí­a. Las elecciones municipales del 13 de abril de 1931 dieron el triunfo en la mayorí­a de las ciudades a socialistas y republicanos. Fue entonces, cuando el monarca, para evitar una lucha civil abandonó el paí­s, proclamándose la II República el 14 de abril de 1931.

Los últimos años de su vida los pasó en Roma, donde murió el 28 de febrero de 1941 a la edad de cincuenta y cuatro años cubierto con el manto de la Virgen del Pilar. Su último recuerdo fue para España. Fue enterrado en Roma y junto a su cuerpo se depositó un saco con tierra de todas las provincias españolas. Posteriormente, en 1980, sus restos fueron trasladados al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial donde reposan en la actualidad.

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