LECTURA: Batalla de los Arapiles

La Batalla de los Arapiles (conocida por la historiografí­a inglesa como Batalla de Salamanca), uno de los enfrentamientos más importantes de la Guerra de la Independencia española, se libró en los alrededores de las colinas del Arapil Chico y el Arapil Grande, en el municipio de Arapiles, al sur de la ciudad de SalamancaCastilla y León, España), el 22 de julio de 1812. Tuvo como resultado una gran victoria del ejército anglo-hispano-portugués al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, sobre las tropas francesas al mando del mariscal Auguste Marmont. Los aliados sufrieron 5.220 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos, de los cuales 3.176 fueron británicos, 2.038 portugueses y 6 españoles, mientras que el ejército francés perdió unos 12.500 hombres, incluyendo los prisioneros. (

En 1812 se cumplí­a el cuarto año de la presencia en la pení­nsula de la fuerza expedicionaria inglesa. En 1808Portugal al mando de Wellington, derrotando a las fuerzas ocupantes francesas, a las que se permitió volver a Francia, a pesar de haber quedado a merced de los ingleses. habí­a desembarcado en

Tras pasar el invierno dando explicaciones en Londres por esa decisión, que en realidad no habí­a tomado él, Wellington volvió en la primavera de 1809 para dirigir una ofensiva relámpago que incluyó la toma de OportoPortugal a los franceses. Su intento de avanzar sobre Madrid culminó en junio en la batalla de Talavera, que aunque fue una victoria, resultó tan costosa que le obligó a replegarse hacia la frontera. y expulsó de

En 1810, Napoleón envió a su más prestigioso mariscal, André Masséna, al mando de un ejército completo de cuatro cuerpos para recuperar Portugal y terminar con la fuerza expedicionaria a la que ahora se habí­a sumado una cada vez más numerosa milicia portuguesa. Wellington se retiró detrás de la imponente lí­nea defensiva de Torres Vedras que protegí­a Lisboa, para perseguir a los franceses cuando se retiraron por falta de ví­veres al llegar la primavera de 1811. Hostigándolos durante la retirada, los debilitó hasta obligarles a presentar batalla en Fuentes de Oñoro, donde fueron completamente derrotados.

Decidido a llevar la iniciativa en la campaña de 1812, Wellington querí­a asegurarse antes la posesión de Badajoz y Ciudad Rodrigo, que guardaban el lado español de las dos ví­as principales entre España y Portugal. Por ello, en diciembre del año anterior tomó por asalto Ciudad Rodrigo y ya entrada la primavera, tras una lucha muy sangrienta, conquistó Badajoz, donde sus tropas cometieron toda clase de crí­menes contra los habitantes.

La campaña de 1812

Asegurada la frontera y sabedor de que Napoleón estaba retirando tropas de la Pení­nsula para integrarlas en el gigantesco ejército con el que pretendí­a invadir Rusia, Wellington planeó una ambiciosa ofensiva estratégica para 1812. Mientras las guerrillas y el escuálido ejército español hostigaban a los franceses para fijarlos en Andalucí­a y la costa Cantábrica, los ingleses avanzarí­an por el centro para entablar batalla con Marmont (el sustituto de Masséna tras la caí­da en desgracia de este por su fracaso), intentando derrotarle para poder progresar por el valle del Duero, aislar Madrid e intentar tomarlo desde el Norte.

Marmont, que habí­a destruido una parte notable de edificios en la ciudad de Salamanca para construir importantes fortificaciones, contemplaba con inquietud los movimientos ingleses y cuando el dí­a 13 de junio emprendieron desde Ciudad Rodrigo la marcha hacia Salamanca, decidió abandonar la ciudad para dirigirse hacia el norte con la intención de reunirse con una enorme división de 10.000 hombres al mando de Bonnet, que marchaba en su refuerzo desde Asturias. Dejó la ciudad con una pequeña guarnición tras las fortificaciones, con la esperanza de volver a liberarlos si resistí­an lo suficiente. Wellington llegó a Salamanca el dí­a 17 y comenzó los trabajos para instalar baterí­as y rendir las posiciones francesas que ocupaban cuatro edificios de gruesos muros de piedra. Marmont, viendo que Wellington no le perseguí­a, se acercó a la ciudad, lo que obligó a los ingleses a salir a campo abierto con la fuerza que no participaba en los asedios. Mientras los ingleses derribaban los fuertes a cañonazos, ambos ejércitos maniobraron en la llanura al noreste de Salamanca manteniendo las distancias. Durante cuatro dí­as se sucedieron pequeñas escaramuzas entre las unidades de infanterí­a ligera y los voltigeurs, que en formación dispersa protegí­an la fuerza principal de ingleses y franceses, respectivamente.

El dí­a 21 ambos ejércitos se encontraron frente a frente en una posición ligeramente favorable a los ingleses que ocupaban una colina baja y además tení­an una ventaja de 8.000 hombres. Marmont no atacó cuesta arriba y Wellington no quiso abandonar la ventaja de la altura, por lo que al dí­a siguiente se separaron. Ese mismo dí­a cayeron los fuertes de Salamanca y tras una semana, Wellington comenzó a prepararse para avanzar, mientras Marmont se retiraba a toda velocidad al notar que los ingleses podí­an poner toda su fuerza sobre el campo. Los franceses marcharon rápidamente hacia el norte por Valladolid para refugiarse detrás del Duero y esperar allí­ a la fuerza que vení­a de Asturias. Completada con éxito la maniobra, acamparon entre Toro y Tordesillas, desde donde veí­an cómo los ingleses organizaban sus campamentos entre Rueda y La Seca.

Una vez llegó Bonnet con los refuerzos el dí­a 7, Marmont -ahora con superioridad numérica- decidió tomar la iniciativa con un sofisticado movimiento. Tras varios dí­as de descanso y planificación muy cuidadosa, el dí­a 16 amagó cruzar el rí­o Duero por Toro y en cuanto los ingleses empezaron a formar para hacerle frente, se retiró otra vez y marchando a toda velocidad efectuó el cruce por Tordesillas, cogiéndolos completamente a contrapié. Pero tanto estos como las milicias portuguesas que les acompañaban era expertos soldados y, antes de que Marmont pudiera entablar combate, ya marchaban hacia el sur para eludir el flanqueo. Durante tres dí­as, ambos ejércitos intentaron flanquearse mutuamente tomando contacto esporádico sus unidades ligeras y acampando por la noche uno frente al otro. El 20 la situación degeneró en una marcha paralela hacia el sur y al irse acercando ambas columnas, llegaron marchar a sólo 500 metros una de la otra, sin que ninguno de los dos comandantes se decidiera a atacar, a la vista de la disciplina y organización del contrario. Al llegar a Cantalpino, ambos ejércitos se separaron, ya que cada comandante tení­a su propio plan. Wellington se retiró hacia Salamanca siguiendo su lí­nea de abastecimiento, mientras Marmont trataba de cruzar el Tormes en Huerta para aislar la ciudad de Portugal o bien esperar a los ingleses y atacarlos por el flanco si decidí­an continuar la retirada.

El dí­a 21, Wellington decidió no cruzar Salamanca, sino pasar el Tormes en Santa Marta y tomar posiciones al sur de la ciudad. Durante todo el dí­a marchó nuevamente hacia el sur y al anochecer, el núcleo del ejército acampaba en torno a Carbajosa, protegiendo su flanco izquierdo con varias unidades que tomaron posiciones en una lí­nea de cerros que dominan el pequeño valle del torrente de Pelagarcí­a, que corre de sur a norte hasta desembocar en el Tormes. Mientras tanto, los franceses cruzaban el rí­o aguas arriba para continuar los intentos de flanqueo que tan buen resultado les habí­an dado, puesto que estaban a punto de recuperar Salamanca sin haber sufrido más que unas pocas bajas.

La batalla

Por la noche cayó una gran tormenta con abundante aparato eléctrico que pasarí­a a formar parte de la leyenda de la batalla, tal como el «sol de Austerlitz» -que presidió el avance de Soult sobre las colinas de Pratzen– ilustra los relatos de esa batalla. Tres años después, la noche antes de Waterloo, una tormenta similar serí­a recibida como un signo de la Providencia por la soldadesca inglesa.

Al amanecer Wellington fue informado que ya sólo quedaba una división francesa al otro lado del Tormes y que Marmont se estaba desplegando hacia el oeste a toda velocidad. Inmediatamente hizo avanzar las unidades que estaban en Carbajosa para cubrir el lado norte de una ligera depresión longitudinal que corrí­a de este a oeste formando ángulo recto con los cerros que dominaban el Pelagarcí­a. El núcleo del ejército se dispuso formando una doble lí­nea con las divisiones de Leith y Cole asomándose a la ladera de la depresión y las de Clinton y Hope inmediatamente detrás. También ordenó que la división de Edward Pakenham y la caballerí­a de la reserva, que aún estaban al otro lado del Tormes, cruzaran y se dirigieran a Aldeatejada, donde podí­an proteger una eventual retirada. Las brigadas de caballerí­a de G. Anson y Le Marchant se situaron en Las Torres, a medio camino entre la fuerza principal y la reserva.

Aunque habí­a ido descargando la lí­nea que cubrí­a el Pelagarcí­a, quedaron allí­ la división de infanterí­a ligera de Alten junto con algunas brigadas de otras divisiones. La división de dragones de Bock se situó en la misma alineación mucho más al norte para vigilar y controlar un intento francés de rodear los cerros por ese lado. Wellington, así­ preparado, decidió esperar acontecimientos para decidir el curso de acción definitivo. Gracias a la disposición de sus tropas podí­a tanto defenderse como retirarse ordenadamente.

Una de las brigadas de la división de Cole, la de Anson, ocupó una colina aislada que se encuentra en el extremo sur de la lí­nea de cerros, justo en el ángulo que ahora formaba el dispositivo inglés, expulsando a algunos franceses que estaban a punto de llegar a la cima. Esta colina se llama Arapil Grande por oposición al Arapil Chico, que se alza al otro lado de la ancha y poco profunda depresión longitudinal que Wellington querí­a usar como lí­nea de frente. El plan inglés habí­a sido apoderarse de ambos, pero casi habí­an llegado tarde a uno y el otro ya estaba sólidamente defendido cuando intentaron tomarlo con una brigada de cazadores portugueses, que fue rechazada.

La lucha se trasladó un poco hacia el oeste, al pueblo de Los Arapiles, donde las brigadas ligeras de las divisiones de Keith y Cole chocaron con voltigeurs franceses que trataron de desalojarlos. El pueblo se hallaba en el centro de la depresión que al sur estaba limitada por el escarpe de una meseta que hacia el oeste se iba convirtiendo en una loma. A medida que avanzaba la mañana, los franceses fueron apareciendo sobre el escarpe, instalando baterí­as que empezaron a hostigar a las cuatro divisiones inglesas que tení­an enfrente.

Hacia el mediodí­a, los franceses se hicieron visibles avanzando por la cima de la loma hacia el oeste a toda velocidad. Se trataba de Thomií¨res y Maucune, que una vez sobre la loma habí­an decidido ocupar toda su extensión. Maucune se estacionó frente a Leith y empezó a desplegar sus baterí­as, mientras Thomií¨res se desplazaba en solitario aún más al oeste. El ejército francés se habí­a desorganizado un poco a causa de lo intrincado del terreno, cubierto de bosques de encinas, que se extendí­a al oeste y detrás de la loma en el camino desde el Tormes. Marmont habí­a perdido ligeramente el control, más preocupado por acelerar la marcha que por guardar la formación, creyendo que Wellington estaba en plena retirada hacia Ciudad Rodrigo y confundiendo el polvo que levantaba la reserva de caballerí­a en Aldeatejada con la retaguardia de este. Así­ que ordenó a tres divisiones que ocuparan la cima del escarpe y la loma subsiguiente, sin advertirles que debí­an mantenerse cerca unas de otras. Bonnet se situó junto al Arapil Grande, con lo que un gran hueco le separaba de Maucune, mientras otro no tan grande separaba a éste de Thomií¨res.

Una vez Wellington estuvo razonablemente seguro de que ninguna división más estaba a punto de llegar, basándose en su intuición y en los informes de los guerrilleros españoles que le habí­an indicado las horas de cruce del Tormes, hacia las dos de la tarde subió a su caballo y cabalgó hasta Aldeatejada para dar órdenes inmediatas a Pakenham. Al llegar saltó del caballo y le ordenó dirigirse al sur en columna, convertirla en fila girando las compañí­as 90 grados al llegar a la altura de la loma y atacar a Thomií¨res «hasta barrerlo». Los húsares de Arentschild cubrirí­an su flanco derecho para evitar que la caballerí­a francesa interviniera.

A continuación galopó hasta Aldeatejada y ordenó a la caballerí­a pesada de Le Marchant que, en cuanto Leith hubiera entablado combate, cargaran sobre Maucune. Después siguió su camino hasta Leith, que estaba sobre su caballo esquivando balas de cañón que vení­an rebotando desde las baterí­as de Maucune para que sus hombres no tuvieran miedo a pesar de estar bajo un fuego lejano pero intenso. Wellington le comunicó a Leith que en cuanto viera que Packenham habí­a derrotado a Thomií¨res, cargara contra Maucune en la meseta, cosa que éste estaba deseando porque veí­a que la moral de sus soldados decaí­a. Luego cabalgó de nuevo hasta Cole y le dijo que cuando Leith hubiera derrotado a Maucune, cargara a su vez contra Bonnet. Finalmente se dirigió a una pequeña colina al oeste de Leith para observar la batalla.

Cuando llegó, vio cómo Pakenham cargaba y derrotaba efectivamente a Thomií¨res mientras los húsares de Areschild derrotaban algunas unidades de caballerí­a que surgí­an del otro lado de la loma. Leith a su vez cruzó lentamente la depresión con su división organizada en una doble fila para cargar pendiente arriba contra Maucune. Aunque resistió algo más que Thomií¨res, al llegar los desbandados de la división de este perseguidos por Packenham, la división de Maucune se desbandó justo cuando Le Marchand cargaba con la caballerí­a pesada. El efecto de todo esto fue que las dos divisiones francesas dejaron de existir mientras los supervivientes procuraban salvarse como podí­an.

Marmont habí­a sido herido poco antes junto con su segundo, con lo que Claussel habí­a tomado el mando y aún trataba de organizar la defensa cuando la división de Cole se puso en movimiento hacia el Arapil Grande y la parte adyacente de la meseta, donde le esperaba Bonnet. Este ataque fracasó completamente y Cole se retiró en desbandada. Los historiadores han criticado mucho a Wellington y este alegó en sus memorias que Cole se habí­a precipitado. En cualquier caso, aunque Claussel intentó lanzar en persecución de Cole a las tres divisiones que le quedaban, Wellington contraatacó con las divisiones de Hope y Clinton que habí­a reservado. Además, en ese momento llegaban cargando por el flanco la división de Packenham, la de Leith y la caballerí­a pesada de Le Marchant, con lo que después de una lucha sangrienta pero breve, todo el ejército francés se desbandó. Si no fueron completamente exterminados, se debe a que la división de Ferey, que hasta entonces no habí­a entablado combate, tomó posiciones en un cerro más al sur llamado el Sierro y protegió la retirada hasta que la noche marcó el fin de la batalla. Los franceses cruzaron de nuevo el Tormes al amparo de la oscuridad y Wellington entró al dí­a siguiente en Salamanca en un desfile triunfal. Habí­a derrotado al tercer ejército francés completo desde su llegada a la Pení­nsula.

Consecuencias

Después de esta victoria, Wellington avanzó por el valle del Duero y tomó Madrid, donde fue aclamado como libertador por la población. Sin embargo, cuando se dirigió al norte en otoño vio su avance interrumpido por la guarnición francesa de Burgos, que resistió un asedio y varios asaltos. Amenazado por los refuerzos que llegaban de Francia, Wellington abandonó el asedio y se replegó en una retirada durí­sima hacia sus bases de partida en la frontera de Portugal. Aunque la campaña no fue decisiva, marcó un punto de inflexión en la guerra peninsular y, sumada a la catastrófica derrota francesa en Rusia, extendió por Europa la idea de que los dí­as de gloria de Napoleón podí­an estar acercándose a su fin.

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