Contra los herejes: de la amputación de la lengua a la muerte en la hoguera

Los ecos de la resistencia épica de los herejes albigenses frente a la intransigencia inquisitorial han llegado a menudo hasta nosotros empañados por las opacas brumas de las diversas orientaciones historiográficas, unas veces ideologizando y otras idealizando estos acontecimientos, horrorizando y fascinando la imaginación del lector a partes casi iguales, sobre todo, a partir de las descripciones impregnadas de romanticismo del siglo XIX. Hoy, existe aún un movimiento que se define a sí mismo como cátaro en los siguientes términos: «Es un modo de vida, una forma de ser y una forma de convivir con los prójimos. En cada hombre vive la aspiración a una vida mejor con una armonía absoluta, un mundo donde haya bondad y amor incondicional. El catarismo y los cátaros no tienen nada que ver con las diferentes confesiones religiosas».

Pero lo cierto es que el catarismo histórico sí tuvo mucho que ver con la religión y no poco con la política. Para empezar, se enfrentó de forma radical a las doctrinas de la Iglesia católica al afirmar la dualidad creadora de Dios y Satanás, asegurando que la totalidad del mundo material era obra del segundo, por lo que la salvación no podría alcanzarse sino mediante un ascetismo estricto. Doctrina que viene a negar la existencia de una sola divinidad, así como la encarnación de Jesucristo en un cuerpo material, y que predica la salvación a través del conocimiento. Una doctrina muy influida por el maniqueísmo. La Inquisición, que tantos suponen una invención de los monarcas españoles en los albores de la Edad Moderna, tiene su origen en 1184, cuando el papa Lucio III, mediante una constitución llamada Ad Abolendam, condenó, entre otras, la herejía albigense y reivindicó la ortodoxia católica. Se ordenaba la aplicación de castigos físicos a los infractores y establecía la orden de realizar inspecciones de las parroquias por parte de los respectivos obispados con la obligación de delatar a los herejes por parte del resto de los parroquianos.

Previamente había autorizado el papa la intervención predicadora del español Santo Domingo de Guzmán para intentar una aproximación persuasiva a la solución del conflicto, tal como aparece en un célebre cuadro que se encuentra en el Prado, «Santo Domingo y los Albigenses», de Berruguete, en el que el santo aparece sometiendo a una serie de libros a la prueba del Juicio de Dios mediante el fuego y en el que un libro ortodoxo se salva mientras arden los que son heréticos.

Unos años más tarde (1208), y en vista del escaso éxito obtenido, Inocencio III lanzó una cruzada específica contra los heterodoxos: la albigense. La región occitana pasó a la órbita del rey de Francia, aliado, a la sazón, de Roma. Pero, a pesar de la derrota militar, la herejía no había sido enteramente extirpada y unos años más tarde, en 1231, el papa Gregorio IX publicó una bula Excommunicamus y estableció formalmente el proceso de la Inquisición incluyendo todos los correspondientes castigos y encargando su gestión a los dominicos.

Más adelante, en 1252 y mediante la bula Ad Extirpanda de Inocencio IV quedó legitimado el recurso a la tortura como medio de obtener la confesión de los herejes e incluso su condena a muerte. La crueldad de la persecución que se aplicó contra estos disidentes es legendaria por extrema. En un primer momento parece que esta se centró en la pena de destierro y confiscación de todos los bienes de los considerados herejes, que pasaban a manos de las autoridades religiosas ortodoxas. Este modo de represión en forma de extrañamiento encajaba, en cierto modo, con la conciencia de los propios transgresores, que se veían a sí mismos como pertenecientes «a otro mundo», a la vez que eran considerados por la sociedad más amplia como practicantes de una fe «traída de fuera», es decir, como extraños, como rezan los sermones de algunos eclesiásticos empeñados en su erradicación que han llegado hasta nosotros.

Posteriormente, y a medida que las medidas inquisitoriales ganaban terreno y sobre todo a partir de la guerra, las formas de destierro material y espiritual –excomunión– quedaron ampliamente desbordadas por medidas coercitivas más crueles, entre las que se contaron la aplicación de la tortura sistemática como medida para obtener delaciones, la amputación de la lengua para evitar la propagación de la herejía, de las orejas y de los ojos por razones similares, para terminar en la purificación total del hereje que representaba la muerte en la hoguera.

Existen testimonios de la aplicación de esta pena máxima a cientos de personas a la vez. Por su parte, parece ser que los represaliados, que pertenecían en su mayoría a la máxima categoría de parfaits («perfectos») aceptaban su suerte con escasa resistencia como expresión decisiva de su fe y apostolado e incluso con expresiones de alegría al poder por fin despojarse de la parte material y corrupta de su propia naturaleza.

Tomado de www.larazon.es

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