DEBATE 11: ¿Para qué estudiar si saber más no se paga mejor?

«En este paí­s, al contrario que en el resto de la OCDE, saber más no se paga mejor: ¿para qué estudiar?». La denuncia es de Luis Garicano, catedrático de Estrategia y Economí­a de la London School of Economics. En una entrevista publicada esta semana, Garicano pidió al futuro Gobierno, junto a otras medidas de choque contra la crisis económica, que conceda «prioridad absoluta» a la reforma de la Educación. A ese asunto se ha referido también, aunque desde una perspectiva opuesta, el catedrático emérito Jordi Llovet, autor del ensayo “˜Adios a la universidad. El eclipse de las Humanidades’. Ese docente acusa a los impulsores del plan Bolonia de haber introducido “la mano neoliberal” en la enseñanza superior. Y se lamenta de que la universidad se esté convirtiendo en «una empresa», cuando su función es formar «ciudadanos civilizados».

Garicano y Llovet plantean las dos cuestiones que hay que resolver antes de emprender una reforma educativa. ¿Quién es un ciudadano civilizado? ¿Y cuál es su utilidad? Desgraciadamente, la contestación nunca ha estado clara. En 1792, el ciudadano alemán Tobias Smichdt, un fabricante de clavicordios establecido en Estrasburgo, recibió un singular encargo de la Asamblea Nacional francesa: construir la primera guillotina para que los delincuentes comunes y los traidores a la Revolución recibieran una muerte rápida, humanitaria e igualitaria, como propugnaba el doctor Guillotin. Al ladrón Pelletier, condenado por robo con violencia en la ví­a pública, le cupo el honor de estrenar el artilugio, diseñado tras una conversación que Smichtd mantuvo en casa del verdugo Sanson. «¡No quiero morir!», exclamó Pelletier camino del cadalso.

Un siglo después de la invención de la guillotina, que posibilitó la ejecución colectiva de la aristocracia francesa, la discusión sobre cómo ser civilizado y útil a la vez caldeó las universidades alemanas. Y el motivo fueron las quejas contra los cambios del sistema de enseñanza, que en aquel paí­s se habí­a orientado hacia el desarrollo tecnológico y profesional. A finales del XIX, los universitarios alemanes sentí­an aversión hacia los quí­micos y los ingenieros, a quienes consideraban simples mecánicos, razón por la cual los excluí­an de la comunidad cientí­fica. Un profesor se quejó al kaiser Guillermo II de que el empeño en equiparar a los titulados de las politécnicas con los licenciados de las facultades minarí­a el genio nacional, un rasgo que habí­a engrandecido la literatura, la música y la ciencia germanas.

Pero el emperador desoyó las protestas. «Yo no quiero escuelas que produzcan ciudadanos griegos o ciudadanos romanos. Quiero escuelas que produzcan eficientes ciudadanos alemanes», escribió hacia 1890. La cita aparece en el libro “˜Pequeñas crónicas’ (Editorial Crí­tica), una recopilación de artí­culos publicados por el historiador italiano Carlo M. Cipolla. í‰ste recuerda que el despegue cientí­fico y económico que registró Alemania a finales del XIX, y su victoria militar sobre Francia en 1870, se debieron a los cambios que habí­an introducido en sus instituciones educativas durante las décadas anteriores. «El avance alemán -resume- no era ni disimulado ni latente, sino bien a la vista y prepotente (…) La mayorí­a lo atribuí­a al tipo de escuela del que Alemania se habí­a dotado».

La pujanza de Alemania despertó la preocupación, pero también la curiosidad fuera de sus fronteras. Estados Unidos envió un inspector en 1902 para que hiciera un informe sobre su modelo de enseñanza. Por todas partes encontró ingenierí­as, institutos, escuelas de comercio, de industria textil, de trabajo manual… Aquella red de centros habí­a ayudado a incrementar la productividad de las empresas y mereció por ello unánimes elogios. El salesiano italiano Luis Boccardo escribió a finales del XIX: «Los alemanes han comprendido antes y mejor que nadie que serí­a inútil pretender vivificar y perfeccionar una enseñanza superior eficaz sin haber creado antes una organización fecunda y vigorosa de los estudios medios, y que igualmente estos no pueden florecer si no reposan sobre la base firme de un buen régimen de escuelas elementales».

Sin embargo, unas décadas más tarde y, tras una prolongada crisis financiera, el pueblo mejor educado de Europa sucumbió al nazismo.

Tomado de EL CORREO

 

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3 Respuestas

  1. Asier Rodríguez González dice:

    A pesar de que la cuestión que se plantea en el tí­tulo de este documento sea interesante, no la comparto en absoluto.
    En primer lugar, he de decir que <>: “El saber no ocupa lugar”.
    En segundo lugar, no creo que las cosas funcionen tal y como las plantea el tí­tulo. Puede ser cierto que a veces el saber no sea directamente proporcional a lo que por ello se obtenga a cambio; pero eso no quiere decir que no este bien valorado ni mal recompensado.
    Todo aquello que sea positivo y además implique conocimiento nos va a servir de muy buena ayuda para afrontar de la manera más óptima posible cualquiera de las situaciones que la vida nos puede llegar a presentar.
    Por último, me gustarí­a aportar que en lo que si que estoy de acuerdo con el texto es en que para reformar las educación hace falta empezar por las escuelas medias fundamentales; es decir, no hay que empezar la casa por el tejado.

  2. Lur dice:

    Nadie te da dinero por estudiar, es algo que tú decides. y tener conocimientos no te perjudican es más te ayudan. No porque tengas más puertas abiertas para encontrar un buen trabajo (que también), sino porque tú personalmente te sientes más capacitado y tienes más seguridad en tí­ mismo.

  3. mitxel dice:

    Al paso que vamos, los centros educativos tendrán que pagar para que la gente estudie. Hace tiempo que digo que, respecto a la selectividad, acabarán obligando a los profesores a examinarse…

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