El Antiguo Régimen

Las enormes transformaciones económicas que conocerá Europa (comenzando estos cambios Gran Bretaña) a partir del siglo XVIII modificarán en gran medida un conjunto de instituciones polí­ticas, sociales y económicas vigentes en muchos paí­ses desde al menos el siglo XVI que suelen denominarse como El Antiguo Régimen. El nombre fue utilizado por primera vez por dirigentes de la Revolución Francesa en un sentido crí­tico: los revolucionarios pretendí­an terminar con todo lo que constituí­a ese Antiguo Régimen. Aquí­ nos ocuparemos fundamentalmente de los aspectos económicos, aunque dando también las claves básicas para comprender las instituciones polí­ticas y sociales de esta época.

POLíTICA Y SOCIEDAD EN EL ANTIGUO Rí‰GIMEN

En cuanto a la polí­tica la forma del estado durante el Antiguo Régimen es la Monarquí­a Absoluta (Texto). El rey considera que su poder es de origen divino (Dios ha delegado en él) y, por tanto, ilimitado (sólo responden ante Dios). Los monarcas absolutos concentran en sus manos el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, mandan sobre el ejército y todas las instituciones del estado. El estado en su conjunto (incluyendo sus habitantes-súbditos) no son sino una propiedad personal del Rey.

Las sociedades del Antiguo Régimen se caracterizan por tener una población estancada, sometida periódicamente a las llamadas crisis de subsistencia, (Texto) y que aún no han conocido la revolución demográfica que hará crecer la población europea a ritmos nunca antes conocidos. Se trata de una sociedad formada por grupos muy cerrados: la sociedad estamental.

La sociedad estamental se caracteriza por la desigualdad legal entre los diferentes grupos sociales o estamentos. De un lado distinguimos el grupo de los Privilegiados, constituidos por la nobleza y el alto clero, que poseí­an enormes riquezas provenientes de las rentas de la tierra y gozaba de exenciones fiscales -estaban excluidos del pago de varios impuestos-, eran juzgados según leyes distintas a las del pueblo, y se reservaban los cargos más importantes del ejército, la iglesia y el estado.

De otro lado tendrí­amos al estamento no privilegiado (o tercer estado), que no era un grupo nada homogéneo, pues cabí­an en él, desde ricos comerciantes y banqueros (que nada envidiaban a la nobleza en cuanto a riqueza) hasta el más humilde de los campesinos, pero que tení­an en común el hecho de ser quienes sostení­an económicamente el paí­s con su trabajo, y el estado con sus impuestos. El tercer estado constituí­a habitualmente 9/10 de la población, de ellos la mayorí­a campesinos pobres.

LA ECONOMíA DEL ANTIGUO Rí‰GIMEN

Las economí­as tienen una fortí­sima base agraria: dos tercios, incluso tres cuartos de la población se ocupan de tareas agropecuarias.  Se trata de una agricultura en general caracterizada por su bají­sima productividad, por estar dirigida al autoconsumo (el campesino piensa fundamental en alimentarse directamente el mismo y sus familias con el producto de sus tierras) y no a la comercialización, y por la utilización de técnicas y herramientas que apenas han conocido cambios en varios siglos: la utilización del arado romano sigue siendo general en casi toda Europa y el mantenimiento del barbecho (dejar sin cultivar cada año un tercio o la mitad de las tierras para que esta recupere sus nutrientes) en la rotación de cultivos como técnica de fertilización de las tierras.

Además en muchas zonas se conservan estructuras del llamado régimen señorial tí­picas de la Edad Media: muchos campesinos en teorí­a hombres libres, debí­an sin embargo pagar impuestos a su señor (normalmente algún gran propietario de la zona con un tí­tulo de nobleza o algún cargo eclesiástico) en forma de pagos en moneda, en especie (una parte de la cosecha) o personal (trabajando gratis durante varias jornadas en las tierras del señor). Además estos campesinos debí­an aceptar la autoridad judicial del señor y estaban obligados a utilizar (pagando) el molino o el lagar, e incluso a pedir su autorización para casarse. Todaví­a en el siglo XVII en muchas zonas de Europa esos campesinos tení­an prohibido moverse de sus tierras y buscar otro trabajo, obligación que heredaban sus hijos. Sin embargo este sistema señorial se habí­a debilitado con la peste que diezmó la población europea desde fines del siglo XIV : los señores debieron “aflojar” la presión sobre los campesinos. En los siglos XV y XVI, con la mayor circulación monetaria muchos campesinos cambiaron sus obligaciones por pagos en dinero. Además las monarquí­as absolutas recortaron el poder de los señores, en especial su capacidad para ejercer justicia y cobrar impuestos. De esta manera, mientras en algunos paí­ses del este de Europa el régimen señorial sigue vigente de lleno, en Gran Bretaña ya casi ha desaparecido, lo que es considerado por muchos historiadores como favorable para la modernización de la agricultura y de la economí­a en general que se producirá en este paí­s a partir el siglo XVIII.

Esta economí­a agraria atrasada convive en muchas zonas con un importante desarrollo urbano y comercial dinamizado por los grandes descubrimientos geográficos pues, desde mediados del siglo XV, exploraciones portuguesas y castellanas revolucionan el conocimiento geográfico y cientí­fico en general, incorporando a la cultura europea nuevas tierras, mares, razas, especies animales y vegetales… Primero serán las costas africanas, luego el descubrimiento de América, posteriormente las tierras del Pací­fico, de forma que a finales del siglo XVIII apenas quedaban por descubrir el interior de ífrica y las zonas polares. Pronto algunos paí­ses europeos construirán enormes imperios coloniales basándose en su superioridad técnica (armas de fuego) que servirán, inicialmente, para animar el comercio europeo con inmensas cantidades de oro y plata (monedas) y ya desde el siglo XVIII se incorporan enormes plantaciones de tabaco y azúcar, que junto al comercio de especias y a la trata de negros, servirán para enriquecer enormemente a las burguesí­as mercantiles de algunos paí­ses europeos.

Pero este panorama  de cambios hay que matizarlo, destacando, por ejemplo, la pervivencia de los gremios dentro de las actividades artesanales: los trabajadores de cualquier sector artesanal en una ciudad (zapateros, tejedores, alfareros…) estaban obligados a formar parte de una organización, el gremio, que controla toda la actividad que se desarrolle en esa ciudad, de manera que las mercancí­as fabricadas en otros lugares no puedan entrar en su ciudad. El gremio fijaba de una forma rí­gida horarios, precios, salarios, herramientas, número de trabajadores por taller…, e impedí­an cualquier avance técnico u organizativo que pudiese dar ventaja a unos talleres sobre otros. Por estas razones los nuevos regí­menes liberales prohibirán la existencia de gremios como organismos incompatibles con economí­as basadas en el progreso tecnológico continuo que deriva de la competencia y el libre mercado.

El comercio encontraba numerosos obstáculos a su desarrollo como eran la existencia de multitud de aduanas interiores o la mala calidad de los transportes terrestres que sólo mejorarán con la construcción de los primeros ferrocarriles.

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