El cine se inventó en Murgía (Álaba): Mariano Díez (Misionero Paúl)

Una desconocida conferencia histórica

La historia que hoy vamos a contar la descubrió hace unos pocos meses el cineasta gallego Rodrigo Cortés, pero tiene muchísimo que ver con nuestro territorio, concretamente con Murgia, así que hacia allí nos dirigimos y nos vamos al año 1892. En este año, en esta localidad, en el Colegio del Sagrado Corazón de los Padres Paules, que todavía sigue en pie, está teniendo lugar una conferencia de las que cambian la historia para siempre. El ponente es el padre Mariano Díez Tobar, un jovencísimo sacerdote de veinticuatro años que pertenece a la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl. Mariano es profesor del colegio de los paúles de Murgía desde hace sólo dos años, pero han sido los suficientes para que fuera destacado por sus compañeros como una persona brillantísima, de unos conocimientos muy amplios en ciencias positivas y además una mente inquieta que siempre trataba de buscar soluciones a los problemas que planteaban la tecnología y la ciencia del momento.

La conferencia de ese día, que se impartió en el seminario del propio Colegio donde el padre Mariano daba sus clases, había tenido una buena acogida. La sala tenía más público del habitual en estas tertulias y todo el mundo estaba expectante. Quienes conocían a Mariano sabían que no iban a quedar decepcionados. Sus virtudes intelectuales eran sobradamente conocidas entre las personas de su círculo, que lo consideraban prácticamente un genio. Una de las descripciones que se han conservado sobre él nos dice lo siguiente: “He conocido pocas sabidurías tan hondas, eruditas y completas como la suya, enciclopédica si las hay. La tenía muy sistematizada, pero su sistema era un poco caótico y confuso. Lo que el mostraba principalmente era erudición en las variadas disciplinas, antiguas y modernas, vivía al día en la filosofía y en las ciencias positivas y, sin embargo, poseía la erudición clásica como un sabio del renacimiento. La historia griega, alejandrina y bizantina de la ciencia la poseía como no se encuentra más que en algún sabio alemán”.

La conferencia de ese día además prometía muchas novedades. Tenía un título larguísimo, pero muy elocuente: “El cinematógrafo: descripción del aparato por el que las imágenes de las personas, lo mismo que las demás cosas, sea que en el acto existan, sea que ya no existan, aparecen al vivo y como si fueran la realidad, con sus colores, movimientos, etc., ante nuestra vista”.  Una charla sobre el funcionamiento del cinematógrafo en principio puede parecer algo relativamente anodino, pero las personas que tuvieron la suerte de asistir a ese encuentro científico fueron testigos de un momento clave para la historia contemporánea. Estaban asistiendo al descubrimiento de uno de los inventos más notables y transformadores de nuestro tiempo, porque ese día, por primera vez, se nombraba la palabra cinematógrafo, que no se volvería a utilizar hasta tres años más tarde, cuando los hermanos Lumiere patentaron este invento. Es decir, el padre paúl Mariano Díez Tobar fue el verdadero descubridor del cine e ideó su mecanismo en Murgía, por lo que podemos afirmar que el cine es un invento alavés.

Un olvidado niño prodigio

Este olvidado personaje de la historia, padre de uno de los inventos más fascinantes de nuestra era, comenzó sus días en Tardajos, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos. Era hijo de una familia humilde de labradores, aunque sus padres Petra y Alejo trataron de darle la mejor educación posible. Comenzó sus estudios en la escuela rural de Tardajos, pero pronto comenzó a demostrar unas grandes dotes para el aprendizaje. Por ello, su maestro, le recomendó que fuese a estudiar con diez años a Quintanillas, una localidad cercana donde estuvo al cargo de un sacerdote que actuaba como preceptor de unos cuantos alumnos aventajados de la comarca. Este párroco, miembro de la Congregación de la Misión, buscaba jóvenes talentos para ingresarlos dentro de su orden o para encauzarlos hacia el seminario de la capital burgalesa. El pequeño Mariano, optó por la Congregación, pero estaba tan avanzado en sus estudios que era demasiado joven para poder ingresar, así que le derivaron hacia el Seminario de Sigüenza para continuar con su formación.

Su infancia fue la de un niño prodigio que en muchas ocasiones lograba superar a sus propios maestros. En apenas un año de estancia en Sigüenza ya consideraron que había alcanzado el nivel suficiente para ser aceptado por la congregación de los padres paúles, en la que ingresó tras viajar hasta Madrid en 1883. En ese momento contaba con sólo quince años y ya prácticamente había terminado su carrera académica. Sin embargo, su juventud le obligó a esperar para poder ser un padre paúl, lográndolo finalmente el 22 de mayo de 1886. Teniendo en cuenta que ingresar en una orden era el final de la carrera académica de muchos muchachos de finales del siglo XIX, los logros intelectuales de Mariano cobran otra dimensión, porque había adquirido prácticamente todos los conocimientos a los que podía aspirar en ese momento un niño de tan humilde procedencia a la asombrosa edad de dieciocho años. A pesar de que todavía estaba en proceso de obtener el sacerdocio, y por lo tanto, seguía estudiando, el Consejo Provincial de la Orden tenía planes para él. Dictaminó que debía ser destinado como profesor al nuevo colegio de los padres paúles en Murgia, que se había instaurado recientemente.

Mariano Díez Tobar en Murgía

El colegio del Sagrado Corazón de Murgía, que también contaba con un convento donde se hospedaban los padres paúles que ejercían de profesores, había sido fundado el 22 de agosto de 1888, gracias a ocho pioneros que conformaron la primitiva comunidad. Hay que decir que no todos los miembros eran monjes, puesto que había muchos que no habían tomado los hábitos pero que residían en la Casa de la orden como profesores del colegio de la Congregación. Allí, en Murgía, coexistieron con otros dos conventos que le dieron un fuerte carácter religioso a la localidad y que generaron una interesante actividad cultural e intelectual acorde con los tiempos. Pero las pretensiones de los padres paúles iban más allá de crear una simple escuela, ya que proyectaron la de Murgía como un espacio consagrado a la educación de élite.

Dos años más tarde de su fundación, el 24 de agosto de 1890, Mariano llegó a Murgua para comenzar su carrera docente. Allí se dedicó a dar y a tomar clases, porque, incansable, continuaba con sus estudios, a pesar de estar ejerciendo ya la enseñanza. Mariano fue testigo de la construcción del edificio del Sagrado Corazón que todavía permanece en Murgía. Las obras comenzaron apenas llegó a esta localidad y finalizaron en 1906, por lo que en un principio tuvo que pasar ciertas dificultades para dar sus clases. Aún así, le dio tiempo para obtener el sacerdocio, que lograría finalmente en 1892. A partir de ahí poco le quedaba por estudiar al joven Mariano Díez Tobar, pero sin embargo, le quedaba mucho por descubrir.

Sus inquietudes intelectuales no cesaron, sino que se acrecentaron, preocupándose mucho por estar al día de todas las novedades científicas y académicas que se iban produciendo en su siglo. A pesar de que en sus estudios religiosos no habían tenido mucha cabida las ciencias, siempre mostró interés por las matemáticas y la física, aprendiéndolas en muchas ocasiones de forma autodidacta. Además, por aquella época, estableció muchos contactos con otros profesores con los que tuvo un fructífero intercambio de saberes que le llevó a ser considerado como un auténtico dinamizador cultural e intelectual de Murgía. Este clima se vio favorecido además por las constantes tertulias y encuentros de carácter científico que se realizaban en el colegio, que soñaba con convertirse en un centro especializado en este tipo de conocimientos que rara vez se impartían en otras escuelas. Es precisamente en una de esas charlas donde por primera vez Mariano desarrolló su idea del cinematógrafo.
Cómo los Lumiere se apropiaron de su idea

El éxito de la conferencia de Mariano Díez Tobar sobre el cinematógrafo en la tertulia desarrollada en Murgía en 1892 le llevó a impartir otra conferencia sobre el mismo tema ese mismo año en Bilbao. Aquella ponencia atrajo mucho la atención, hasta el punto de ser reseñada en una revista especializada de la época, llamada “El mundo científico”, que dejó por escrito una sencilla nota donde nos informa del evento: “El conferenciante (referido al P. Díez) autoriza con absoluto desinterés a cualquiera de los asistentes (o lectores) para que lleven a la práctica cualquiera de las ideas o conceptos que se encuentren nuevos en sus conferencias. De una de ellas ha salido el cinematógrafo. El ingeniero francés A.Flamereau. asistió a la conferencia del Cinematógrafo, e inmediatamente con anuencia del conferenciante mandó construir en París el aparato. Lumiere fue el que hizo las películas… De donde resulta que la cuna del Cinematógrafo no es Francia, ni los Estados Unidos, sino España”.

En esta reseña tenemos varios asuntos importantes que vamos a analizar. El primero es que en la época se consideraba a Mariano Díez Tobar como el inventor del cinematógrafo, mientras que los Lumiere se habían dedicado únicamente a crear las películas. Los hermanos Lumiere, que según la historia oficial son los inventores del cine, mientras Mariano Díez Tobar hablaba sobre estas ideas en Murgía, todavía se dedicaban al negocio de la fotografía. Tenían una próspera empresa que dirigían desde Francia y enviaban representantes a otros países para expandir sus ventas. En España, como representante de los Lumiere, encontramos a un ingeniero de origen francés apellidado Flamereau, que, segundo punto importante de la nota de prensa, sabemos que estableció contacto con Mariano en el mismo año en el que dio a conocer su invento del cinematógrafo en Bilbao. Allí es donde Flamereau pudo escuchar las virtudes de este nuevo invento que podía poner solución a un problema que desde todas las partes del mundo se trataba de resolver de manera infructuosa.

Se estaba buscando, a través de diversas invenciones, un sistema que permitiera, a partir de imágenes fijas, crear la sensación de movimiento. Entre estos frustrados intentos tenemos que contar el kinetoscopio de Edison o los teatros de sombras, que buscaban generar esa ilusión. Todos sabían que aquella persona que lograse dar con la clave se convertiría en millonaria y además daría un giro copernicano a la historia de la humanidad. Por eso nos resulta hoy en día muy llamativo el tercer punto interesante que hemos leído en la nota de prensa: el padre Mariano no tenía ningún interés en patentar el invento, sino que animaba a todas aquellas personas que lo deseasen a experimentar y construir el aparato que él ideó. Así es como Mariano Díez Tobar regaló su inventó al representante de los Lumiere, hermanos que lo ejecutarían en 1895. En agradecimiento, los hermanos Lumiere invitarían a Mariano a la primera proyección de cine que realizaron en España. A pesar de que fueron los Lumiere los que se llevaron la fama y el dinero de la invención del cine, el Padre Mariano continuó con su incansable carrera de inventor.

Otros inventos del padre Mariano

Estando todavía en el colegio de Murgía inventó varios artilugios más. Uno de los más llamativos quizá fue el icocinéfono, que consistía en una ampliación de su descubrimiento del cinematógrafo. Una vez que había conseguido generar la ilusión del movimiento de las imágenes, quiso también dotarlas de sonido, por lo que su icocinéfono lo que hacía era aplicar el fonógrafo al cine. Como vemos, casi inventa del tirón el cine sonoro, que tuvo que esperar unas cuantas décadas para ser resuelto. Lamentablemente hoy en día no podemos conocer las ideas que se escondían detrás del icocinéfono, porque sus apuntes sobre este invento fueron destruidos o extraviados.

En Muruía también dejó un curioso artilugio que estuvo en funcionamiento en su etapa de profesor en una de las aulas. Inventó un reloj de pared que obedecía la voz humana, ya que se le daba cuerda sólo con la energía de la voz del profesor, así que mientras daba clases estaba poniendo en marcha este curioso dispositivo que estuvo durante diez años seguidos en funcionamiento.

Tras una etapa de diez años en el colegio de Murgia, Mariano Díez Tobar fue enviado por la orden a Villafranca del Bierzo, en León, donde tuvo que realizar la misma labor educativa que había emprendido en territorio alavés. Allí creó un museo de historia natural con alrededor de cuatro mil piezas y también un laboratorio de física, y por supuesto, siguió inventando artilugios que lo convertirían en un visionario. Por ejemplo, desarrolló una pluma “autofonográfica”, que podía interpretar los sonidos emitidos por la voz humana y plasmarlos a modo de escritura, como si fuera una máquina de dictado. También, en torno a cuestiones lingüísticas, ideó una lengua muy intuitiva y sencilla de aprender basada en la lógica y que pudiera ser utilizada como un lenguaje universal de las ciencias. Estos dos trabajos de 1915 tuvieron mucha repercusión y fueron publicados sin su consentimiento en periódicos del momento.

Sus inquietudes eran muy variadas y por ello desarrolló invenciones en diversos ámbitos de aplicación, como un aparato para conservar el vino, o un reloj sin ruedas capaz de dar las horas sin que las agujas dieran saltos, sino que se moviesen de forma continuada. Esto es algo a lo que hoy en día estamos acostumbradas, pero que fue una auténtica innovación y todo un logro en la época.

Por qué no quiso patentar sus inventos

Lo que quizá más nos la llama la atención de esta historia del padre Mariano es por qué no llegó a patentar nunca sus inventos y por qué hoy en día es una figura desconocida para nuestro tiempo. Los intereses de Mariano Díez Tobar desde luego no eran los de hacerse rico con sus ideas y tampoco tenía un ego que alimentar. De hecho, la humildad era un requisito imprescindible para la orden a la que pertenecía, que nunca vio con buenos ojos la actividad científica de Mariano, ya que podía despistarle de su principal cometido, que era la educación y la pedagogía en los colegios de los padres paúles.

Acorde con sus ideas religiosas, Mariano siempre obedeció los mandatos de sus superiores de la Congregación de la Misión, por lo que cuando le obligaron a destruir sus notas y apuntes de sus trabajos científicos, se deshizo de toda una vida de investigaciones que nos hubiera gustado conservar para el presente. De hecho, debido a esta destrucción hoy en día no disponemos de mucha información sobre este personaje y menos aún de los detalles de algunas de sus invenciones. Lo poco que tenemos es lo que encontramos en los anales de la Congregación y lo que publicó la prensa de la época sin su consentimiento, lo cual le puso en alguna dificultad con los superiores de su orden, ya que aparecer en los periódicos les parecía un gesto de vanidad a corregir.

Pero Mariano era consecuente con su elección de vida y por ello no tenía inconveniente en que otros se aprovechasen de sus ingenios, evitando así que su nombre pasase a la historia. Era tal su humildad que incluso le ofrecieron títulos de Bachiller por la universidad de Oviedo o de Licenciado por la de Granada, títulos que se negó rotundamente a aceptar, considerando que su labor debía consagrarse a la educación de los niños y que sus investigaciones en ciencia y tecnología eran un mero entretenimiento intelectual.

Muerte y olvido de Mariano Díez Tobar

A pesar de que regresó para una segunda estancia en el colegio de Murgía en 1921, sus días terminaron en León. Se encontraba en esa ciudad realizando unos ejercicios espirituales con unas monjas cuando se puso repentinamente enfermo. Dio tiempo a que fuese trasladado a Madrid, donde finalmente perdió la vida el día 25 de julio de 1926, a los cincuenta y ocho años de edad. Para entonces, ya se había convertido en uno de los mejores inventores de nuestro país y en un auténtico revolucionario al que le debemos el cine, la televisión, los vídeos y las series que vemos a diario. Aunque de todo aquello apenas quedó rastro para la historia y nos tenemos que conformar con imaginarnos qué inventos creó aquella mente inquieta y cómo habrían cambiado la humanidad si Mariano Díez Tobar hubiera decidido apostar por su carrera de inventor. Nos quedamos también con el consuelo de saber que una de las mayores invenciones del siglo XIX tuvo como escenario la localidad alavesa de Murgia.

Tomado de www.eitb.eus

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