El ejército carlista, a las puertas de Madrid

En verano de 1837, tras cuatro años de lucha, la contienda civil que asolaba ciertas partes de España desde la muerte de Fernando VII en 1833 parecía abocada a prolongarse indefinidamente sin que ninguno de los dos bandos lograse una ventaja significativa. Don Carlos y sus partidarios no habían conseguido consolidar su influencia más allá de sus reductos en el País Vasco y Navarra, excepto en zonas del interior de Cataluña, Valencia y Aragón. Los ejércitos de la regencia, por su parte, habían fracasado en su intento de subyugar el foco carlista del norte. El pretendiente y la reina regente, María Cristina, se hallaban ante sendos dilemas. Esta, amedrentada por la posibilidad de un conato revolucionario, entró en negociaciones secretas con su rival, quien, por su parte, precisaba a toda costa aliviar el peso de la guerra sobre las provincias que le eran leales. De resultas de ello, aun con la oposición de sus principales generales, el pretendiente dispuso una gran expedición militar, como demostración de fuerza, que lo conduciría a través de los territorios que le eran leales, donde su presencia debía insuflar vigor a la causa carlista, hasta la capital del reino, donde esperaba que la regente se echase en sus brazos.

El 12 de septiembre de 1837, después de haber recorrido más de 1.400 kilómetros a lo largo de cuatro meses por Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia y La Mancha, y de haber librado cinco batallas campales, la Expedición Real llegó a las puertas de Madrid en medio de un ambiente de euforia que describe en sus memorias un aristócrata austriaco agregado a la expedición, el príncipe Licnhowsky: «Los campesinos venían de muchas millas a la redonda para ver al rey; se oía frecuentemente la palabra “paz” entre los miles de gritos de “¡Viva el libertador!”, “¡Viva el Rey!”. Todos creían que iba a tener fin esta larga guerra […] Las ventanas y balcones estaban llenos de mujeres, que arrojaban coronas de flores y laureles al paso de las tropas».

Mientras el pretendiente aguardaba en Arganda del Rey, el comandante de la tropa carlista, el infante Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, acompañado por el jefe de las fuerzas carlistas en el Maestrazgo, el catalán Ramón Cabrera y Griñó, el Tigre del Maestrazgo, cabalgó con una escolta de varios escuadrones hasta las inmediaciones de la capital. Con ellos fue otro oficial extranjero enrolado como voluntario en las filas carlistas, el prusiano Wilhelm von Rahden, quien describió el panorama que se ofrecía a los carlistas: «Pudimos contemplar a nuestros pies la Corte gallarda, magnífica y silenciosa, como muerta. De nuestros pechos salió un grito que evocaba el de los cruzados cuando llegaron a Jerusalén después de penosas campañas. Madrid se nos ofrecía tan abandonada, tan indefensa, que no había más que abrir sus puertas y entrar para señorearse de ella y permanecer dentro de sus muros».

Tanto el infante como Cabrera esperaban la orden del pretendiente de atacar la ciudad, orden que jamás llegó. Mientras se discutía qué hacer, José Pimentel Montenegro, marqués de Bóveda de Limia, nombrado poco antes comandante general de Castilla, protagonizó una escena pintoresca. «El viejo general –cuenta Von Rahden– se irguió majestuosamente, no sin cierta dificultad, a causa del vino de Arganda, y, ciñendo la espada al costado, dijo con gravedad: “La historia escribirá en sus páginas con letras de oro estas palabras: El 12 de septiembre de 1837 ha entrado en Madrid el marqués de Bóveda de Limia coronado de laureles, al lado de su rey”».

Orden de retirada

Temeroso de la llegada del ejército isabelino comandado por Espartero, sin embargo, don Carlos ordenó la retirada. El prusiano Von Rahden se referiría al momento en que se decidió no atacar la ciudad como «aquella tarde aciaga». «Cada minuto se hacía largo como una hora, y este 12 de septiembre de 1837, que hubiera podido cambiar la faz a la mitad del mundo, tiene un lugar en la historia como ejemplo inaudito de la más amarga decepción», concluyó Lichnowsky.

A la postre, la expedición, reducida a la mitad de sus efectivos, regresó derrotada al País Vasco y Navarra. El fracaso sembró en el seno del Ejército del Norte carlista la semilla de las disensiones que conducirían a su derrota, al tiempo que desplazó el foco de las operaciones hacia Cataluña y el Levante, donde Ramón Cabrera, el llamado Tigre del Maestrazgo, se convertiría por espacio de dos años en el mayor azote de los isabelinos.

Tomado de www.larazon.es

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