Espartanos: mitos y verdades ocultas de los guerreros más letales de la antigüedad

Desde que, allá por 2006, el director y guionista Zack Snyder nos estremeció con «300» (un largometraje tan impactante como falto de veracidad histórica, todo sea dicho), el soldado espartano se ha convertido en el arquetipo de guerrero formidable que a todos viene a la cabeza cuando se hace referencia al combatiente más letal de la antigüedad. No es casualidad. Autores clásicos como Plutarco (nacido en el siglo I d.C.) o el todavía más remoto Simónides de Ceos (del siglo VI a.C.) se dejaron impresionar también por la educación militar que recibían los habitantes de esta ciudad-estado por parte de su gobierno.

El poeta Simónides, por ejemplo, llamó a Esparta la «domadora de hombres» («damasímbrotos») porque conseguía un doble objetivo: hacer a sus ciudadanos sumisos ante las leyes y lograr que se prepararan a conciencia para aplastar al enemigo.

Plutarco, por su parte, fue más descriptivo al señalar las bondades de la educación de la ciudad-estado: «A leer y a escribir aprendían porque era necesario, pero todo el resto de la educación tenía como meta obedecer disciplinadamente, resistir las penalidades y vencer en la batalla». Con todo, la realidad es que la gran pantalla ha difuminado la verdad histórica que existe tras los que, no se puede negar, fueron unos de los mejores soldados de su época.

Vivir por la guerra

Desde que la Esparta más primitiva comenzara su andanza en la historia en el siglo IX A.C., cuando no era más que una confederación de aldeas en el valle del Eurotas, sus guerreros han estado asociados siempre a la ferocidad y a la rudeza. Hasta tal punto consideraban la derrota una deshonra que, según Plutarco, sus mujeres solían despedirse de ellos s iempre con la misma frase: «Vuelve con tu escudo o sobre él». Más allá del halo de dioses del combate que todavía hoy los rodea, lo cierto es que el estado preparaba a sus hombres para que vieran la lucha como la primera de sus prioridades. Ejemplo de ello es que, a lo largo de su vida, eran entrenados tanto física como psicológicamente para enfrentarse al enemigo en las mejores condiciones posibles.

La conclusión es que esta obsesión por la guerra llevó a la ciudad-estado a encumbrar a los héroes y a humillar a los cobardes para dar ejemplo. Así lo explica el catedrático de Historia especializado en la Grecia clásica Nicolas Richer en «Esparta. Ciudad de las artes, las armas y las leyes». Editado por Edaf, este ensayo intenta ofrecer una visión global de Esparta a través de sus diferentes facetas; desde la militar hasta la científica. A su vez, el galo derriba (o corrobora, según proceda) a lo largo del texto los mitos más extendidos sobre una de las principales potencias del Peloponeso. Y es que ya lo dijo Jenofonte: «Esparta aventaja en virtud a todas las ciudades, pues solo en ella se ejercita públicamente la perfección de cuerpo y alma».

¿Por qué se ha asociado durante siglos a los espartanos con soldados cuasi invencibles? La razón es que, a pesar de que los hombres de Esparta dedicaban parte de su vida a tareas habituales para cualquier griego como el comercio o la administración, en la cúspide de su particular pirámide de prioridades había dos cosas: la política y el ejército. Richer, no obstante, incide también en que no debemos caer en el error de pensar que en esta ciudad-estado había un ejército permanente, algo muy extraño para la época. «Los ciudadanos-soldados se movilizaban en función de las decisiones que ellos mismos tomaban, en el marco de las reuniones de una asamblea», determina.

Especialización

Pero no contar con una entidad social independiente dedicada a batallar no implica que fueran unos aficionados en el arte de la guerra. Todo lo contrario. «Los espartanos se dotaron de un sistema social marcado por una gran preocupación por la eficiencia del individuo en beneficio del colectivo en un contexto militar», explica el autor. De hecho, el estado ejercía una gran presión social sobre sus ciudadanos para convertirlos en temibles combatientes. Ejemplo de ello es que las tareas agrícolas se consideraban secundarias y denigrantes (los trabajos mecánicos los llevaban a cabo sus siervos, los ilotas) o que, según Richer, cuando un niño venía al mundo su padre debía llevarlo ante los ancianos de la tribu (que se reunían en el «lesche») para que estos determinaran si estaba bien formado y sería fuerte o si, por el contrario, «se abandonaba en el monte Apotetas».

«Los espartanos se dotaron de un sistema social marcado por una gran preocupación por la eficiencia del individuo en beneficio del colectivo en un contexto militar»

Que daban una importancia determinante al ejército y se veían como soldados dedicados en cuerpo y alma al combate queda claro al leer textos como los de Plutarco. El historiador y biógrafo del siglo I recogió en sus obras un conflicto entre los espartanos y sus aliados durante la formación de la Liga del Peloponeso (una suerte de alianza defensiva de diferentes ciudades-estado mediante la que se comprometían a protegerse del enemigo). Al parecer, durante una de las asambleas los segundos cargaron contra el rey Agesilao II por no haber llevado suficientes soldados para formar el contingente. Este respondió con un episodio curioso y ejemplificador que, hace algunos años, replicó la popular película «300»:

«Agesilao, a fin de hacerles ver que no eran tantos hombres de armas como creían, mandó que todos los aliados juntos se sentaran de una parte, y los Lacedemonios [espartanos] solos de otra; dispuso después que, a la voz del heraldo, se levantaran primero los alfareros; puestos estos en pie, llamó en segundo lugar a los latoneros, después a los carpinteros, luego a los albañiles, y así a los de los otros oficios. Levantándose, pues, casi todos los aliados, y de los Lacedonios ninguno, porque les estaba prohibido ejercer y aprender ninguna de las artes mecánicas, y por este medio, echándose a reír Agesilao, dijo: “¿Veis, con cuántos más soldados contribuimos nosotros?”».

Entrenamiento y dieta

Richer recoge en su nueva obra la «intensa y prolongada preparación física y psicológica» de los espartanos desde el mismo instante en el que venían al mundo. En sus palabras, los niños eran sometidos a una formación colectiva concebida para preparar a los jóvenes para el sufrimiento y las privaciones que iban a hallar durante las campañas militares. Era la llamada «paideia» descrita por Jenofonte en el siglo IV. Durante la misma, y como bien explica el historiador clásico, «en lugar de mantener delicados sus pies con calzado, se fortalecían andando descalzos» para que resistieran mejor las largas marchas a pie durante su adultez. También se ejercitaban sin zapatos ya que, de esta guisa, «efectuarían luego más rápidos los saltos de longitud y alturas y las carreras».

Durante esta primera etapa de su vida también llevaban un régimen especial ideado para que, en su vida adulta, toleraran mejor el hambre a lo largo de las campañas militares. «Se ordenó que el joven tuviese tal cantidad de comida que jamás sintiese pesadez por saciarse, pero que tampoco careciera de cierta experiencia en pasar necesidad, considerando que, en caso necesario, los educados así podrían resistir más sin comer y que, con el mismo alimento, mantendrían mejor la formación durante más tiempo si se les ordenaba que utilizasen menos condimento, que se adaptasen mejor a cualquier comida y que llevaran una vida más sana», añade Jenofonte. En la práctica, estas palabras se traducían en ingerir pocos alimentos para que, a la larga, fuesen combatientes más eficaces.

Los espartanos alcanzaban el cénit de su poder físico entre los veinte y los treinta años (cuando eran llamados «hebontes»). Existen pocos datos sobre los ejercicios que practicaban a diario para estar listos para el combate. No es algo a lo que los autores clásicos hayan dedicado demasiadas líneas en sus textos. Con todo, Richer señala que «los espartanos practicaban la lucha, el pancracio, el pugilato, el salto, el lanzamiento de disco o jabalina, o la carrera». Tampoco desdeñaban las artes y dedicaban mucho tiempo a participar en «coros o danzas». La competitividad se favorecía mediante juegos internos, los cuales se celebraron, como mínimo, entre los años 404 y 396 A.C.

Tras superar la treintena, los espartanos no abandonaban el culto al cuerpo. Ni mucho menos. En «Esparta. Ciudad de las artes, las armas y las leyes» se especifica que los veteranos seguían cultivando sus capacidades para la guerra con diferentes actividades como la caza. Así lo explica el mismo Jenofonte: «Licutgo estableció la caza como la mejor norma para los de esa edad, a menos que se lo impidiese una función pública, para que también ellos sean capaces de soportar las fatigas de la vida militar, no menos que los jóvenes». El autor clásico también criticó en el mismo texto que algunas otras ciudades-estado dispensaran a los sujetos de mediana edad de «la preocupación para el vigor físico», pero que luego cometieran el error de «obligarles a hacer campañas» si la situación lo requería.

En la práctica, el espartano podía ser llamado a la batalla hasta los sesenta años. Y durante toda aquella vida recibía también un entrenamiento psicológico para que siempre estuviese preparado para el combate. El estado buscaba, de esta forma, que sus combatientes no se derrumbaran al entrar en combate; que «se atrevieran a mirar el sangriento estrago» y que deseasen «estar cerca de los contrarios».

Odio al cobarde

Toda esta dedicación al mundo militar derivaba en el odio hacia la deshonra que suponía la cobardía. Jenofonte consideraba «algo digno de admiración» que los espartanos hubieran conseguido que, «en su ciudad, sea preferible una muerte gloriosa a una vida deshonrosa». Tras el combate, de hecho, se apartaba a los cobardes de la sociedad. «Ese queda de más sin un puesto entre los dos grupos que se forman para jugar a la pelota, y en los coros es relegado a los lugares más despreciados; en las calles tiene que apartarse y, en los asientos, levantarse incluso ante los más jóvenes que él; tiene que alimentar en su casa a las jóvenes de la familia y explicarles las causas de que no tengan marido», añade el autor clásico.

Aquellos que eran considerados cobardes veían, además, «su hogar falto de esposa», debían pagar una sanción y no podían pasear con personas íntegras (pues de lo contrario eran azotados). Los que padecían estos castigos eran los llamados «tresantes», aquellos que -en palabras de Jenofonte- habían «temblado» en combate, pero que no habían huido. La diferencia es importante, pues no se les arrebataban totalmente los derechos cívicos. Richer sostiene que Esparta ideó decenas de procedimientos para «exaltar a los valientes y degradar a los malos soldados» (algo que no sucedía en otras ciudades-estado) con «la intención obsesiva de perpetuarse superando a sus enemigos». Era, en definitiva, la supervivencia del más fuerte.

Tomado de www.abc.es

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