LECTURA: La batalla de las Navas de Tolosa

La batalla de las Navas de Tolosa (Jaén) en 1212 supuso la entrada de los cristianos en el corazón de Al-Andalus conquistando poco después todo el valle del Guadalquivir.

La victoria de los cristianos aliados (castellanos, navarros, aragoneses y franceses) contribuirí­a al derrumbe del imperio almohade y a la rebelión de los andaluces para liberarse de ellos con lo que la desunión musulmana facilitarí­a aún más la conquista castellana.

El ejército cristiano de unos 70.000 hombres comandado por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra (faltaba el rey de León), y los obispos de Narbona, Burdeos y Nantes con numerosos caballeros franceses partió el 20 de junio de Toledo entrando en Malagón, villa que arrasaron pasando a cuchillo a la guarnición ante el desagrado de los castellanos, y poco después en Calatrava que se rinde tras corto sitio y abandonar sus habitantes la plaza lo que provoca la retirada de los obispos de Burdeos y Nantes no conformes con sus aliados más propensos a la conquista por pacto que por la fuerza.

El 14 de julio se pasa Sierra Morena por el puerto del Muradal y dos dí­as después, el 16, se produce en los llanos de las Navas de la Losa o de Tolosa la gran batalla. Los almohades que cuentas en sus filas con tropas andaluzas poco propicias a defender a sus opresores, árabes y cábilas bereberes están mandadas por Muhammad al Nasir (Miramamolí­n). A continuación el cronista Ibn Abi Zar narra la batalla desde el punto de vista musulmán:

“Al oí­r Alfonso que Al-Nasir habí­a tomado a Salvatierra, se dirigió contra él con todos los reyes cristianos que le acompañaban y con sus ejércitos. Al saberlo Al-Nasir, le salió al encuentro con las tropas musulmanas: avistáronse los combatientes en el sitio llamado Hisn al’Iqab, (Castillo de la Cuesta, hoy Castro Ferral); allí­ se dio la batalla. Se plantó la tienda roja, dispuesta para el combate en la cumbre de una colina, Al-Nasir vino a ocuparla y se sentó sobre su escudo con el caballo al lado; los negros rodearon la tienda por todas partes con armas y pertrechos. La zaga, con las banderas y tambores, se puso delante de la guardia negra con el visir Abu Said ben Djami. Se dirigió contra ellos el ejército cristiano. en filas, como nubes de langostas; los voluntarios les salieron al encuentro y cargaron sobre ellos en número de 160.000, pero desaparecieron entre las filas de los cristianos, quienes los cubrieron y combatieron terriblemente. Los musulmanes resistieron heroicos, todos los voluntarios murieron mártires, sin dejar uno; las tropas almohades, árabes y andaluzas los miraban sin moverse. Cuando los cristianos acabaron con los voluntarios, cargaron sobre los almohades y sobre los árabes con inaudito empuje; mas al entablarse el combate huyeron los caí­des andaluces con sus tropas por el odio que habí­a dirigido Ibn Djimi al despedirlos.

Cuando los almohades, los árabes y los cábilas bereberes vieron que los voluntarios habí­an sido exterminados, que los andaluces huí­an, que el combate arreciaba contra los que quedaban, y que cada vez los cristianos eran más numerosos, se desbandaron y abandonaron a Al-Nasir. Los infieles los persiguieron espada en mano, hasta llegar al cí­rculo de negros y guardias que rodeaban a Al-Nasir; pero los encontraron que formaban como un sólido muro, y no pudieron abrir brecha; entonces volvieron las grupas de sus caballos acorazados contra las lanzas de los negros, dirigidas contra ellos, y entraron en sus filas.

Al-Nasir seguí­a sentado sobre su escudo, delante de su tienda, y decí­a “Dios dijo la verdad y el demonio mintió”, sin moverse de su sitio, hasta que llegaron los cristianos junto a él. Murieron a su alrededor más de 10.000 de los que formaban su guardia; un árabe entonces, montado en una yegua, llegóse a él y le dijo: “Hasta cuándo vas a seguir sentado?, ¿Oh, Prí­ncipe de los Creyentes!, se ha realizado el juicio de Dios, se ha cumplido su voluntad y han perecido los musulmanes.” Entonces se levantó para montar el veloz corcel que tení­a al lado; pero el árabe, descabalgando de su yegua le dijo: “Monta en ésta que es de pura sangra y no sufre ignominia, quizás Dios te salve con ella, porque en tu salvación está nuestro bien.” Montó Al-Nasir en la yegua, y el árabe en su caballo le precedí­a, rodeados ambos por un fuerte destacamento de negros, a cuyos alcances iban los cristianos. El degí¼ello de musulmanes duró hasta la noche, y las espadas de los infieles se cebaron en ellos y los exterminaron completamente, tanto que no se salvó uno de mil. Los heraldos de Alfonso gritaban: “Matad y no apresad, el que traiga un prisionero será muerto con él”. Así­ que no hizo el enemigo un solo cautivo este dí­a.

Fue esta terrible calamidad el lunes 15 de safar del 609 (16 de julio de 1212), comenzó a decaer el poder de los musulmanes en al-Andalus, desde esta derrota, y no alcanzaron ya victorias sus banderas; el enemigo se extendió por ella y se apoderó de sus castillos y de la mayorí­a de sus tierras, y aún no hubiera llegado a conquistarla toda, si Dios no le hubiese concedido el socorro del emir de los musulmanes Abu Yusuf ben Abd al-Haqq, que restauró sus ruinas, reedificó sus alminares y devastó en sus expediciones el paí­s de los infieles.

De vuelta de Hisn al-Iqab fue Alfonso contra la ciudad de Ubeda, y la ganó a los musulmanes por asalto, matando a sus habitantes, grandes y pequeños, y así­ siguió conquistando al-Andalus, ciudad tras ciudad, hasta apoderarse de todas las capitales, no quedando en manos de los musulmanes sino muy poco poder. Sólo le impidió apoderarse de este resto de botí­n la protección divina por medio de la dinastí­a de los benimerines. Dí­cese que todos los reyes cristianos que asisitieron a la batalla de Hisn al-Iqab, y que entraron en Ubeda, no hubo uno que no muriese aquel año.”

 

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