La decadencia de la educación

Me ha estimulado el apotegma del bueno de Gustavo Bueno que me hace llegar Gonzalo González Carrascal: «Le educación se transmite por contagio». Parece un aforismo de algún presocrático. Quizá lo de contagio sea una alusión un tanto descarnada. No obstante, prueba muy bien una tesis tan poco convencional como certera.

En efecto, la educación como actitud y como resultado es producto de un difuso ambiente, no solo del trabajo en las aulas. En los tiempos clásicos la enseñanza se reservaba a los vástagos de ciertas clases linajudas o poderosas. El esquema consistía en el ayo o preceptor (un siervo) con la tarea de entretener a los infantes con algún contacto libresco y el despliegue de la memorización. Ese era el original sentido de la voz pedagogo, literalmente el esclavo que acompaña a los niños. De ahí derivó, también, pedante, en el mismo sentido del que cuida a la grey infantil de las familias pudientes.

En la época contemporánea, los educandos salen de la familia para instruirse en escuelas, internados, liceos, seminarios o universidades. Ahí es donde empieza a intuirse que la educación se adquiere fuera de la familia, en instituciones creadas al efecto. Como símbolo de esa migración, tenemos que el calendario escolar se hace algo distinto del general o civil.

En nuestro tiempo, el hecho novedoso es que la acumulación más elevada de saberes se concentra en unas pocas universidades de unos pocos países. Véase, por ejemplo, que los premios Nobel de tipo científico han profesado en muy contados centros universitarios del mundo, siempre los mismos desde hace mucho tiempo.

Ni qué decir tiene que, en la España de la última generación, asistimos a un profundo declive en la calidad del sistema educativo. Eso ha sucedido, precisamente, después de haber logrado el deseo secular de la escolarización universal. Este hecho no se debe al desastre que ha supuesto la serie de sucesivas leyes de educación de los últimos decenios. Más bien, la secuencia lógica ha sido la inversa. Las distintas leyes educativas (a cuál más desgraciada) son la expresión y la consecuencia de la extrema debilidad del ambiente social que debería estimular el conocimiento. Diríase que los centros escolares, desde los parvularios a los grados postuniversitarios, son instituciones para tener recogidos y entretenidos a los escolantes. Ahí se ve que la verdadera decrepitud está, ahora, en la falta de ambiente para cultivar la mente. Es una tarea que importa socialmente menos que otras muchas; por ejemplo, las de divertirse, viajar, ejercitar el cuerpo, asistir a los espectáculos deportivos. La razón fundamental de esa primacía de lo lúdico es que la virtud del esfuerzo se considera anacrónica. Se entiende, el esfuerzo junto a la curiosidad por aprender, deleitarse con el avance personal del conocimiento. Se comprenderá ahora lo ajustado de la metáfora del contagio. En efecto, la escuálida minoría dedicada a la tarea intelectual, artística o científica se considera socialmente una especie de proscripción. Es decir, agrupa a gente rara, que no debe contaminar al resto de la sociedad sana y extravertida. Son muchos siglos de incubar la sospecha de que el hecho de vivir rodeado de libros hace al sujeto depravado o, por lo menos, extravagante.

Es lástima que se haya erosionado la afinidad etimológica entre libro y libertad. En la historia española de distintas épocas se han producido muchas quemas de libros, de bibliotecas enteras. La de don Quijote es la más famosa ilustración de esa querencia.

Tomado de www.libertaddigital.com

Amando de Miguel

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