TEMA 3: Fueros y liberalismo: las guerras carlistas y la cuestión foral (1833-1876)

Con la muerte de Fernando VII, 1833, absolutistas y liberales se enfrentan militarmente. La excusa fue la lucha por la sucesión al trono entre Carlos Mª Isidro (hermano del Rey) e Isabel II (hija del Rey y sobrina del anterior). En realidad el conflicto es más amplio: mundo rural contra mundo urbano, alta burguesí­a contra propietarios rurales, partidarios del antiguo régimen (absolutistas) contra reformistas (liberales)…

Carlistas e isabelinos lucharán en tres guerras civiles (de muy desigual importancia y extensión) a lo largo de los años centrales del s. XIX. La cuestión foral procede de muy antiguo, pero está inmersa en estos conflictos y ha llegado hasta nosotros.

1) La Cuestión foral hasta el siglo XIX

Los fueros locales, fueros municipales o, simplemente, fueros eran los estatutos jurí­dicos aplicables en una determinada localidad cuya finalidad era, en general, regular la vida local, estableciendo un conjunto de normas, derechos y privilegios, otorgados por el rey, el señor de la tierra o el propio concejo. Fue un sistema de derecho local utilizado en la Pení­nsula Ibérica a partir de la Edad Media y constituyó la fuente más importante del Derecho altomedieval español.

Durante el reinado de los Reyes Católicos (1469-1504), se produce la unión territorial de Castilla (en la que están insertas las llamadas Provincias Vascongadas) y la Corona de Aragón, además de la anexión de Navarra para Castilla en 1512. Pero cada reino mantení­a su diferenciación: instituciones, libertades y fueros propios procedentes de la Edad Media. Durante el reinado de los Austrias (siglos XVI y XVII) los FUEROS son respetados e, incluso, ampliados en algunos casos aunque no dejaron de alzarse voces para que se suprimiesen. Con el cambio de dinastí­a, tras la Guerra de Sucesión, a principios del S. XVIII, y la llegada de Felipe V y los Borbones, se lleva a cabo un proceso de castellanización de los reinos de la Corona de Aragón que habí­an apoyado la candidatura del Archiduque Carlos al trono español; así­ se promulgan los “Decretos de Nueva Planta” por los que dichos reinos perdieron sus Cortes, Instituciones y Fueros propios, imponiéndoles las leyes de Castilla. Sin embargo, los navarros y vascos siguen vigentes por haber apoyado a Felipe V en la guerra. Durante todo el siglo XVIII permanecieron intocables.

La primera Constitución española (Cádiz: 1812) decretó la supresión de los Fueros en aras de la igualdad de todos los españoles y de todos los territorios. No obstante en la época de Fernando VII (1814-1833) se verán restaurados (excepto en el periodo del trienio liberal: 1820-1823).

2) Guerras Carlistas y Cuestión Foral (el siglo XIX)

Los últimos gobiernos de Fernando VII, estuvieron formados fundamentalmente por absolutistas, pero también colaboraron algunos partidarios del reformismo ilustrado (Cea Bermúdez, por ejemplo), e incluso algún liberal muy moderado. Esto originó situaciones paradójicas, ya que tanto liberales como absolutistas intransigentes se oponí­an a este absolutismo reformista. Estos últimos, los llamados realistas puros, partidarios del mantenimiento integral del Antiguo Régimen, confiaban que Carlos Marí­a Isidro, hermano del rey, alcanzara el trono a la muerte de éste ya que no tení­a descendencia. Pero el año 1830 fue decisivo: Fernando VII se casó con su sobrina Mª Cristina de Borbón y nació su primera hija (Maria Isabel). Debido a eso, se promulgó la “Pragmática Sanción”, que derogaba la Ley Sálica y permití­a a las mujeres reinar. Al rechazar don Carlos la nueva situación, el pleito dinástico quedó abierto. Además, éste hecho, ofreció a los liberales la posibilidad de alcanzar el poder de manera pacifica, apoyando a Isabel II.

Así­ en 1832, Mª Cristina se impone en la corte y coloca a sus partidarios en el poder (Cea Bermúdez). Comienza a tomar medidas para luchar contra los carlistas tras la muerte del rey: expulsó a D. Carlos a Portugal, suprimió a los Voluntarios Realistas, renovó los ayuntamientos con alcaldes liberales, promulgó una amnistí­a polí­tica para todos los liberales y  sustituyó en el ejército a los jefes sospechosos. Finalmente, tras la muerte del rey, el 17 de septiembre de 1833, las Cortes proclaman heredera a Isabel II (con 3 años). D. Carlos no lo acepta y comienza la guerra.

Los Carlistas: El infante don Carlos Mª Isidro recibió el respaldo de todos aquellos sectores sociales que los liberales y sus reformas podí­an suponer una amenaza para sus intereses: la pequeña nobleza terrateniente a la que le inquietaba la desaparición de sus privilegios fiscales, la supresión de los mayorazgos y la influencia en los municipios rurales; muchos humildes agricultores de los territorios forales vasco navarros, donde se beneficiaban de exenciones fiscales y militares; y el bajo clero rural, que intentaba evitar nuevas desamortizaciones y temí­a la abolición de los diezmos.

En el dominio geográfico, el carlismo tuvo una mayor implantación en Navarra, en las tres provincias vascas, y en la zona situada al norte del rí­o Ebro en la región castellonense del Maestrazgo. Sin embargo, las tropas carlistas jamás lograron conquistar las grandes ciudades, ni siquiera Bilbao, Pamplona o Vitoria.

Con el lema “Dios, Patria, Fueros y Rey”, la ideologí­a carlista es favorable al absolutismo regio y el mantenimiento de las jerarquí­as y privilegios sociales estamentales, al integrismo religioso y la defensa plena de todos los intereses de la Iglesia, al mantenimiento de los fueros vascos y navarros y un concepto de «patria» como un conjunto de tradiciones y costumbres heredadas. Los carlistas se resistí­an al avance de la industrialización y del capitalismo.

Los Isabelinos: La causa de Isabel II enseguida se identificó con el liberalismo moderado. Recibió el apoyo de una minorí­a selecta e influyente de la sociedad: propietarios acomodados y grandes terratenientes que aumentaron sus posesiones con la polí­tica desamortizadora; los industriales y hombres de negocios; los intelectuales que manejaban la opinión pública; el alto clero;  los profesionales libres, funcionarios, la oficialidad del ejército casi sin excepción y la mayor parte de la nobleza, a quienes benefició enormemente la conversión del señorí­o en propiedad individual.

Las zonas de influencia fueron sobre todo las ciudades, además de la mayor parte de España, excepto las zonas forales, Cataluña, el Maestrazgo, y núcleos del Levante y Castilla.  Ideológicamente los liberales moderados pretenden una monarquí­a constitucional, basada en la soberaní­a nacional, libertades públicas y polí­ticas, separación de poderes, igualdad ante la ley, ideales propios de la ilustración. Pero además la liberalización de los bienes de la nobleza, la desamortización de los de la Iglesia y la incentivación de la industria nacional.

La primera Guerra Carlista (1833-40) pasó por diferentes etapas destacando en ella don Tomás Zumalacarrregui, muerto en el sitio de Bilbao, las expediciones por toda España y el Pacto de Vergara (Agosto de 1839).  Con este pacto se inicia el fin de la contienda. Está firmado por el carlista Rafael Maroto (a espaldas de don Carlos) y el isabelino Baldomero Espartero.  En él, los carlistas reconocí­an a Isabel como reina y los liberales, además de admitir en el ejército liberal a los oficiales y a los soldados carlistas que lo quisieran con todos sus grados y condecoraciones, se comprometí­an a defender los fueros vascos y navarro ante las Cortes Generales. Al convenio se adhirieron la mayorí­a de los carlistas castellanos y vascos, pero los navarros prefirieron seguir a D. Carlos a Francia. Las Cortes Generales, a instancias del general Espartero, mantendrán vigentes los fueros “sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquí­a”.

La segunda de las Guerras (1848-1849) no tuvo ninguna repercusión en el paí­s Vasco y no afectó, por tanto, a la cuestión foral.

La tercera guerra carlista (1873-1876) siguió unos derroteros parecidos a las anteriores: algunos éxitos iniciales de los carlistas (que en esta ocasión habí­an añadido a su programa la defensa del catolicismo) y su derrota final. Los carlistas no consiguieron apoyos fuera de las zonas rurales del norte del Ebro y por eso estaban condenados al fracaso a medio plazo, a pesar del éxito obtenido en varias batallas. En febrero de 1876, Carlos VII cruzo la frontera para no volver. Sus consecuencias fueron funestas para el Paí­s: una fuerte sangrí­a demográfica (300.000 ví­ctimas), un enorme gasto de recursos económicos, un factor ralentizador en el proceso de crecimiento económico para determinadas zonas del paí­s y un retroceso en la industrialización de España.  Tras esta Tercera Guerra  y con la Restauración de Alfonso XII, el sistema canovista elimina todos los fueros vasco-navarros (incluidas las diferencias fiscales) y el carlismo se incorpora al sistema democrático. Poco después, como compensación a los fueristas liberales, se pondrá en vigor la parte económica de los Fueros bajo la denominación de Concierto Económico. Entonces toma fuerza un movimiento de carácter romántico y conservador que reivindica dichos fueros, además de la lengua y la cultura vascas, frente a la inmigración que supuso la industrialización: el movimiento nacionalista vasco, aglutinado por el PNV que fue creado en 1894 por Sabino Arana.

3.- La Cuestión Foral en el siglo XX

Durante el s. XX, con el regeneracionismo de Maura y Canalejas, se hace una polí­tica de concesiones y apaciguamiento del nacionalismo con el único resultado de su radicalización. Fruto de  esta polí­tica será la creación de las Mancomunidades. De igual manera, la Constitución de la 2ª República, en 1931, permitió la creación de estatutos de autonomí­a y gobiernos autonómicos, aprobándose el de Cataluña y, ya durante la Guerra Civil, el del Paí­s Vasco. Este Estatuto estuvo vigente únicamente durante nueve meses en el territorio de Vizcaya. La Dictadura que entonces se impuso en España suprimió los Estatutos de Autonomí­a y, en lo que respecta al Paí­s Vasco, sólo dejó vigente el “Concierto Económico” en Navarra y ílava.

Tras el franquismo, que persigue todo nacionalismo y con el carlismo incluido en el sistema polí­tico franquista de FET, viene la Transición y la Constitución de 1978, en la que se generaliza la idea de las autonomí­as y se crea un mapa autonómico para toda España, mediante el cual, aunque con algunas diferenciaciones, se llevó a cabo un proceso de descentralización administrativa para toda España y se recuperó el “concierto económico” como medio de financiación autonómica para el Paí­s Vasco y Navarra, respondiendo así­ a las aspiraciones nacionalistas y forales.

En los albores del s. XXI se ha iniciado una profunda revisión de los Estatutos de Autonomí­a aunque en lo que respecta al de Euskadi dicha revisión está actualmente paralizada.

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1 respuesta

  1. febrero 6, 2013

    […] civiles) y otros acontecimientos directamente relacionados con dicha organización territorial (Guerras Carlistas). El año 1873 verá el primer intento de articulación federal en España a través del Proyecto […]

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