BIOGRAFíA: Miguel Primo de Rivera y Orbajena

Nace en Jerez de la Frontera (Cádiz) en el seno de una numerosa e ilustre familia gaditana. Ingresó muy joven en el ejército (1884). Fue el primer general de su promoción de la Academia General. Al terminar sus estudios fue enviado a Marruecos, en donde, en 1893, ganó la laureada de San Femando y fue ascendido a capitán. En 1895 marchó a Cuba como ayudante de Martí­nez Campos, y allí­ consiguió el grado de comandante. En 1897, su tí­o, Femando Primo de Rivera, I marqués de Estella, al ser nombrado capitán general de Filipinas, le llevó consigo. Su no fácil paseo por los restos del imperio español, le hace ponerse en contacto con gran parte de las circunstancias que van a influir en el 98 español. En 1902 contrae matrimonio con Casilda Sáenz de Heredia. Tendrán seis hijos, entre ellos José Antonio, el primogénito, que fundará más adelante Falange Española. Enviudó en 1908. En ese mismo año consiguió el ascenso a coronel. Participó de nuevo en combates en Melilla y, en 1912, fue nombrado general de Brigadar Durante la l Guerra Mundial fue enviado por el gobierno español para visitar los frentes en guerra, especialmente el francés y el británico. Africanista por los hechos pero no por las ideas, tuvo varios problemas a lo largo de su vida por expresar éstas. La primera vez fue el 25 de marzo de 1917, con motivo de ser recibido por la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, Allí­ dijo: “Marruecos ni parte alguna de ífrica es España misma; la generosa y abundante sangre en ífrica derramada no podrá tener nunca justificación más honda y más útil que la de habernos puesto en posesión de algo que sirva para recuperar Gibraltar”.

En julio de 1919 ascendió a teniente general y fue nombrado capitán general de Valencia, y poco después de Madrid. En noviembre de 1921, en el curso de las discusiones en el Parlamento sobre la tragedia de Annual, Primo insistió en sus posturas abandonistas: “Yo estimo, desde un punto de vista estratégico, que un soldado más allá del Estrecho, es perjudicial para España”. A causa de esto fue relevado de la Capitaní­a General de Madrid, pero, poco después, en mayo de 1922, se le destinó a la de Barcelona, El ambiente barcelonés le dio la prueba definitiva para intervenir, muy directamente, en la obra de la salvación de España, tal y como él la entendí­a. Primo de Rivera está en estos momentos en la década de los cincuenta en edad, y lleno de energí­a. En Barcelona cristalizan los valores ideológicos que, adquiridos primero en el Casino de Jerez, y después en el mundo castrense, va a intentar poner en práctica: eficacia, disciplina, amor a la patria. El general también se reclamará hijo del regeneracionismo de su época, regeneracionismo, no obstante, bastante sui generis. En la preparación del golpe de Estado, que dará el 13 de septiembre de 1923, la tarea más dificultosa fue la de intentar quizá conseguir la unidad de un ejército tan dividido y, sobre todo, convencer a junteros y africanistas de que él era su mejor portavoz. Conseguido esto, y consumado el golpe, ese mismo dí­a 13 vio la luz su palabra más rotunda el Manifiesto que acompañaba al hecho militar.
El golpe contó con el consentimiento pleno del rey Alfonso XII. Nombrado jefe de gobierno, organizó un Directorio Militar y suprimió las libertades democráticas, suspendiendo la Constitución de 1876. Hasta 1925 se sucedieron años de destrucción de la polí­tica del régimen anterior. Se autoconvirtió en el cirujano de hierro del que hablaba Joaquí­n Costa. Incluso en estos años, dedicados a la destrucción de la polí­tica anterior, comenzaron, aunque débilmente, los intentos de la reconstrucción: la aparición del que iba a ser el partido único dictatorial, la Unión Patriótica, el desarrollo de la nueva administración etc. No obstante, ni su Dictadura ni él mismo pueden ser considerados fascistas. El enfrentamiento de clases no habí­a alcanzado en España la magnitud que se necesita para ello y el talante de don Miguel tampoco era propicio. José Antonio, su hijo, se encargarí­a, más adelante, de la reivindicación, y también de la crí­tica, de la obra de su padre. El desembarco de las tropas en la bahí­a de Alhucemas (1925), una operación conjunta franco-española, acabó con la pesadilla de la guerra marroquí­ y el general Primo de Rivera se vio convertido en el “pacificador”. El éxito le permitió implantar un Directorio Civil, con el que iba a intentar la institucionalización dictatorial. Este fue el comienzo de la creación de un “régimen nuevo”, ayudado por la organización de la Asamblea Nacional Consultiva, pseudoparlamento aconsejado por Mussolini.
A partir de 1928 comienza el declive dictatorial: malas relaciones con el rey, plasmadas en su conocida frase: “a mí­ no me borbonea nadie”; aumento de los grupos de oposición y de la organización de los republicanos. Paralelo a esto, el general intenta remediar su soledad de viudo: las relaciones con Niní­ Castellanos, sin embargo, no llegan a buen fin. El año 1929 y los comienzos del treinta significan el fracaso de la Asamblea Nacional Constitutiva y de la non nata Constitución de 1929. Y con ellas la del régimen. El hundimiento dictatorial acabó por llegar. El rey y el ejército ya no tienen suficientes puntos de acuerdo con el general que implantó la Dictadura. En enero de 1930 Primo de Rivera dimitió y comenzó su exilio en Parí­s. Allí­ tuvo que sufrir no sólo achaques fí­sicos, sino perplejidad moral. Murió el 17 de marzo. Su entierro constituyó una importante manifestación de duelo que contrastó con el casi mutismo oficial.

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