Una Hija de la Caridad de san Vicente de Paúl, de 118 años,  es ya la persona más anciana del mundo

Tenía 10 años cuando empezó la Primera Guerra Mundial, 14 en la famosa pandemia de gripe, 35 cuando Hitler invadió Francia, 64 años cuando el famoso «mayo francés» y su «amor libre», 96 cuando se acabó el milenio, y con casi 117 años supero el coronavirus.

Se trata de la hermana André, cuyo nombre civil es Lucile Randon, monja francesa de 118 años y religiosa de la diócesis de Toulon, y en este momento la persona más anciana del mundo.

Esta monja sustituye en esta clasificación a Kane Tanaka, japonesa que falleció el pasado 19 de abril a los 119 años. Sobrevivió al cáncer dos veces, a dos guerras mundiales, a la gripe española de 1918 y a la pandemia de la COVID-19. Fue seleccionada para portar la antorcha olímpica de Tokio 2020, pero su participación se canceló debido al coronavirus.

Desde entonces la hermana André encabeza esta centenaria lista. Nació el 11 de febrero de 1904 y aunque está ciega desde hace años mantiene una gran lucidez mental.

Su historia es la de una conversión ya de adulta, que la llevaría después a entregar su vida a Cristo. Después de perder a su hermana gemela muy joven, Lucile entró a la Iglesia Católica a la edad de 26 años. “Era todo dulzura y consuelo. Una gran ayuda”, contaba la religiosa, tal y como recoge Famille Chretienne.

Creció en una familia protestante, con un abuelo pastor, pero eligió bautizarse en la Iglesia católica, concretamente en la iglesia de Saint-François-Xavier (París). Acompañaba a su hermano mayor Andrew al templo los domingos. “Cuando me convertí, André lloró, estaba enojado conmigo. Entonces me aceptó”, recuerda quien tomó como nombre religioso el nombre de pila de su amado hermano mayor. Él lo era todo para ella, “padre y madre a la vez”.

Si su conversión fue ya siendo adulta no lo fue menos su vocación. No fue hasta hasta que tenía 40 años en 1944, año del desembarco de Normandía en plena II Guerra Mundial, cuando ingresó en la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en la rue du Bac en París, conocido mundialmente por la Medalla Milagrosa.

En 1945 fue enviada al hospital de Vichy, donde permaneció veintiocho años. La hermana André se ocupaba entonces de cuarenta huérfanos, algunos de los cuales la pudieron encontraron mucho más tarde gracias a Internet. Desde que vive en Toulon, la monja supercentenaria nunca se pierde la misa diaria.

“Hablo con Dios todo el tiempo. ¡Cuando las cosas no van bien, se lo digo y a veces lo regaño por abandonarme! Oye, ¿por qué no puedo escucharte hoy?», explicaba esta religiosa recientemente.

Y añadía: “Nunca me aburro porque rezo en el tiempo que tengo libre”. Además, esta hermana admite que no le teme a la muerte y hasta la “desea”.

Tomado de www.religionenlibertad.com

 

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: