abr 032010
 

Los “mitos” son fábulas dramáticas que forman un fuero sagrado gracias al cual se autoriza la continuidad de creencias, ritos, costumbres e instituciones antiguas en la región donde son corrientes, o se aprueban las alteraciones. La palabra “mito” es griega, la mitología es un concepto griego y el estudio de la mitología se basa en ejemplos griegos. Los escrupulosamente exactos que niegan que la Biblia contiene mitos están, hasta cierto punto, justificados. La mayor parte de los otros mitos se relacionan con dioses y diosas que intervienen en los asuntos humanos, favoreciendo cada uno de ellos a los protagonistas rivales, en tanto que la Biblia no reconoce más que a un solo Dios universal.

A continuación señalaremos algunos elementos en común entre la versión hebrea del Diluvio, y las presentadas mediante los mitos súmero-acadio y griego.

El Diluvio según el Génesis

Cuando nació Noé (del heb. “consuelo”), lo que coincidió con la muerte de Adán, el mundo mejoró mucho. Hasta ese entonces, cuando segaban el trigo, la mitad de las cosechas era de espinos y abrojos. Entonces, Dios levantó su maldición. Hasta ese momento, los trabajos se habían realizado sólo con las manos; Noé enseñó a los hombres a hacer hachas, hoces, arados y fabricar otras herramientas (Enoc. CVI, 278; Génesis Apocyphon 40; Jubileos IV, 28). Algunos atribuyen la invención del arte de la forja a Tubal Caín, su hermano difunto (Gén. IV: 22). “Tubal Caín” significa “el quenita que trabaja el metal” y fue un herrero que proporcionaba a Tiro objetos de bronce y esclavos (Ezequiel XXVII: 13).

Noé se casó con Naamá, la hija de Enoc. Sus hijos fueron Sem, Cam y Jafet, y cuando éstos crecieron, Noé los casó con las hijas de Eliakim, hijo de Matusalén.

Un día Dios dijo a Noé: “He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos. Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda en que haya espíritu de vida debajo del cielo” (Gén. VI: 13-17).

Advertido por Dios de que se acercaba el Diluvio, Noé difundió la noticia entre la humanidad, y predicaba el arrepentimiento a dondequiera que iba. Aunque sus palabras quemaban como el fuego, la gente se burlaba de él: “¿Qué es ese diluvio? Si es un diluvio de fuego, tenemos amianto (?) (alitha) que es inmune a él; si es un diluvio de agua, tenemos láminas de hierro para contener cualquier inundación que pueda afluir de la tierra. Contra el agua del cielo podemos usar un toldo (?) (aqeb)” (PRE, c 22, fin). Los hombres se jactaron nuevamente de Noé y desafiaron sus palabras.

Dios ordenó a Noé que construyera y revistiera con brea un arca de madera lo suficientemente grande para él, su familia y especies elegidas de todas las criaturas que habitaban la tierra. Debía tomar dos animales y pájaros de cada especie pura, dos de cada especie impura y dos de cada especie de animal que se arrastrara. Asimismo, debía llevar alimentos de toda clase (Gén. VI: 14-21; VII: 1-3). Según el Génesis, Noé pasó 52 años construyendo el arca; trabajaba lentamente con la esperanza de demorar la venganza de Dios (VI: 14-22).

Dios mismo diseñó el arca, que tenía tres cubiertas y medía trescientos codos de proa a popa. Cada cubierta estaba dividida en cientos de camarotes; la primera cubierta alojaría a los animales salvajes y domesticados; la segunda a todas las aves; y la tercera a todos los reptiles y además a la familia de Noé (Vs. 15-16).

Ciertas ánimas errantes también entraron en el arca y se salvaron. Un par de monstruos demasiado grandes para cualquier camarote sobrevivieron: el Reem, que nadaba detrás, con el hocico apoyado en la popa, y el gigante Og.

Noé se sintió desanimado ante la inmensa tarea de reunir a todas las criaturas. Sin embargo, todos los animales fueron conducidos al arca, de modo que cada uno pareció haber sido guiado por su propia inteligencia natural. Llegaron el mismo día en que murió Matusalén a la edad de 969 años, una semana antes que comenzara el Diluvio.

Fue ordenado a Noé que se sentara junto a la puerta del arca y observara a cada criatura, debiendo admitir sólo a aquellos que inclinaran su cabeza en señal de arrepentimiento.

La tierra se estremeció, sus cimientos temblaron, el sol se oscureció, comenzó a relampaguear y a tronar y una voz ensordecedora rodó a través de colinas y llanos. A pesar de ello, Dios no logró aterrorizar a los malos, e hizo que se juntaran las Aguas de Arriba y las de Abajo y destruyeran el mundo.

Cuando Noé tenía 600 años de edad comenzó el Diluvio. Luego de entrar al arca él y su familia, el mismo Dios cerró sus puertas (Gen. VII: 11-16).

La tierra fue cubierta rápidamente por las aguas: “Y fue el Diluvio 40 días sobre la tierra” (v. 17). Aquellos que no pudieron entrar al arca comenzaron a gritar y ante la negativa de Noé, intentaron volcar el arca.

Una vez en el arca, Noé y su familia llevaron cuenta de los shabats, ya que la perla que colgaba del techo del arca indicaba cuando había llegado el día y cuando se acercaba la noche, de acuerdo a la intensidad de su brillo. Algunos sostienen, no obstante, que esa luz provenía de un libro sagrado que el arcángel Rafael dio a Noé, encuadernado en zafiro, y que contenía todos los conocimientos de la época relacionados con los astros, el arte de curar y el dominio de las fuerzas del mal. Noé habría legado ese libro a Sem, de quien pasó por medio de Abraham a Jacob, Leví, Moisés, Josué y Salomón (PRE, c. 23).

La labor de Noé y su familia fue ardua, ya que debieron alimentar a los animales: el camello necesitaba paja; el asno, centeno; el elefante, sarmientos; el avestruz, vidrios rotos. Pero, según un relato, todos los animales aves y reptiles y el hombre mismo subsistieron sólo con pan de higo (Gén. Rab. 287).

Al ver que el fénix se hallaba acurrucado en un rincón, Noé le preguntó: “¿Por qué no has pedido tu alimento?”, a lo que el ave respondió: “Señor, tu familia está ya bastante ocupada y no quiero causarle molestias”. La bendición de Noé que siguió al diálogo revela el mito tradicional que atribuye al ave Fénix la posibilidad de revivir, aún después de morir, por y para siempre: “¡Quiera Dios que nunca mueras!” (B. Sanhedrin 108 b).

Luego de un tiempo, el diluvio fue disminuyendo lentamente: el décimo séptimo día del séptimo mes, el arca se asentó sobre el monte de Ararat (Gén. VII: 24).

A fin de que trajera noticias del exterior, Noé envió a una paloma, la cual, como no halló ningún árbol donde posar sus patas, se volvió al arca. Siete días más tarde soltó otra vez la paloma, que volvió a él, “trayendo en el pico una ramita verde de olivo”, símbolo popular de la paz (Gén. VIII: 8-11).

La primera actividad que realizó Noé al desembarcar fue la de erigir un altar con piedras. Dios bendijo a Noé y sus hijos: “¡Fructificad y multiplicaos; y llenad la tierra” (Gén. VIII: 20; IX: 1).

Dios dijo que a pesar de la mala predisposición del hombre no volvería nunca más a usar agua para destruirlo: “¡Mientras la tierra permanezca, no cesarán la cosecha y la siega; el invierno y el verano; el día y la noche” (Gén. VIII: 22). En el Génesis, se relata que Dios colocó en el firmamento el arco iris para recordar su promesa. “Mi arco (iris) he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mi y la tierra (…) ¡No habrá más diluvio para destruir toda carne!” (Gén. IX: 13; 15-17).

El Diluvio en la Epopeya de Gilgamesh

Dos mitos antiguos son similares al Diluvio del Génesis: uno griego y otro acadio. El acadio, que se encuentra en la “Epopeya de Gilgamesh”, era también corriente entre los súmeros, hurreos y heteos. En él, Ea, dios de la Sabiduría, advierte al protagonista Utnapishtim que los otros dioses proyectan un diluvio universal y que él debe construir un arca. El motivo de Enlil, el Creador, para destruir a la humanidad parece haber sido su omisión de los sacrificios y libaciones de vino de Año Nuevo. Cuando comienza a caer una lluvia arrebatadora, él, su familia, los artesanos y asistentes, y numerosos animales y aves, entran en el arca.

El Diluvio continúa durante seis días, pero cesa el séptimo. El arca es llevada por la corriente al Monte Nisir, donde Utnapishtim envía afuera una paloma, la cual, al no encontrar donde posarse, vuelve al arca. Finalmente, un cuervo es enviado y nunca vuelve.

El Creador grita airadamente: “¡Ningún hombre debía sobrevivir a mi diluvio!”, aunque luego se apacigua y bendice a todos los integrantes del arca y los envía al Paraíso.

En una versión súmera fragmentaria el protagonista del Diluvio es el piadoso rey Ziusudra (llamado Xisuthros, en la “Historia Babilónica” de Beroso del S. III a.C.). Este desentierra ciertos libros sagrados, que había enterrado previamente en la ciudad de Sippar.

El “mito del Génesis” está compuesto de -por lo menos- tres elementos diferentes. El primero es el recuerdo histórico de un turbión en las montañas de Armenia, que -según Woolley, en “Ur de los Caldeos”- hizo que se desbordaran el Tigris y el Eufrates hacia el año 3200 a.C., cubriendo las ciudades súmeras con lodo y piedras. Sólo unas pocas ciudades situadas a gran altura o protegidas por murallas se salvaron de la destrucción.

Un segundo elemento es la fiesta de la vendimia de Año Nuevo, que se celebraba durante el otoño en Babilonia, Siria y Palestina, en la que el arca era una nave en forma de media luna creciente, que contenía los animales destinados al sacrificio. Esa fiesta se celebraba en la luna nueva más próxima al equinoccio de otoño con libaciones de vino para estimular las lluvias invernales.

Restos del arca en el Ararat -”Monte Judi, cerca del lago Van”- son mencionados por Flavio Josefo, quien cita a Beroso y otros historiadores. Beroso había escrito que los kurdos locales todavía sacaban de ella trozos de betún para emplearlos como amuletos. Una expedición americana reciente sostiene haber hallado maderas casi fosilizadas del ca. 1500 a.C. Un historiador armenio, Moses de Chorene, llama a este lugar “el primer lugar de descenso” (o “Nachidsheuan”). El término “Ararat” ya aparece en una inscripción del rey asirio Salmanasar I (S. XIII a.C.) como “Uruartri” o “Uratri”. Posteriormente, se convierte en Urartu y hace referencia a un reino independiente que rodeaba al lago Van y al que los hebreos de la época bíblica llamaban la “Tierra de Ararat” (2 Reyes XIX: 37; Isaías XXXVII: 38).

El mito griego del Diluvio

Según el mito griego, el dios Zeus desencadenó un gran diluvio en la tierra, con el propósito de exterminar a toda la raza humana, pero Deucalión, rey de Ptía, prevenido por su padre Prometeo, construyó un arca.

Luego, el mundo entero quedó inundado, pero el arca flotó durante nueve días, hasta que se posó en el Monte Parnaso o, según dicen algunos, en el Monte Etna. Otros sostienen que fue en el Monte Atos, o en el Monte Otris (en Tesalia).

Cuando desembarcaron ofrecieron un sacrificio a Zeus y oraron en el templo de la diosa Temis, Esta les ordenó: “¡Cubríos la cabeza y arrojad los huesos de vuestra madre a vuestra espalda!”. La diosa hacía referencia a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las piedras que había a orillas del río. Esas piedras se convirtieron en hombres o mujeres según las arrojara Deucalión o su esposa Pina. La humanidad se renovó, y desde entonces “un pueblo” (laos) y “una piedra” (laas) han sido casi la misma palabra en muchos idiomas.

En la versión griega, importada a Grecia desde Canaán, la diosa Temis (“orden”) renueva al hombre; y lo mismo hizo Ishtar, la Creadora, en una versión de la “Epopeya de Gilgamesh”. Helén, el hijo de Deucalión, era el supuesto antepasado de todos los griegos, y “Deucalión” significa “Marinero de vino nuevo” (deuco-halieus), lo que establece una relación con Noé, inventor del vino. Helén era hermano de la Ariadna de Creta, que se casó con Dioniso, el dios del vino. Dioniso viajó también en una nave en forma de luna nueva llena de animales.

Las dimensiones del “arca” bíblica contravienen los principios de la construcción naval: una nave completamente de madera, tres cubiertas y 450 pies de largo se habría quebrado con la más ligera oleada. La madera utilizada por Noé no era de cedro, como sostienen la mayor parte de los eruditos, y el “árbol de madera amarilla” del Génesis puede haber sido madera de acacia. Aunque no es mencionado en los mitos griego y mesopotámico, el “arco iris”, como una seguridad de que no se producirán nuevas tormentas, aparece en el folklore europeo y asiático.

Los “cuervos” eran venerados y rehuidos por los hebreos (Salmos CXLVII: 9 y Proverbios XXX: 17). En el Cantar de los Cantares V: 11, se elogian los rizos de Salomón por ser negros, como las alas de un cuervo. Es posible que en una versión anterior el cuervo, y no Cam, fuera ennegrecido como castigo, pues los descendientes de Cam eran los cananeos no negroides. En el mito griego, el cuervo es convertido de blanco en negro por Atenea, por llevarle la mala noticia de la muerte de su sacedotisa.

La “perla” es un símbolo gnóstico del alma del hombre, como en el apócrifo “Himno de la Perla” (“Hechos de Santo Tomás”), y en la “Kephalaia” maniquea.

El “Libro de la sabiduría” que Rafael (sic “Raziel”) dio a Noé ha sido omitido en el Génesis, aunque el libro sagrado de Sippar mencionado por Beroso demuestra que formaba parte del mito del Diluvio babilonio primitivo.

Las “Pléyades” estaban asociadas -como otras constelaciones- con la lluvia porque su aparición y su puesta marcaban los límites de la estación de navegación en el Mediterráneo. Una de ellas parece, según el mito griego, que se extinguió a fines del II Milenio a.C.

En conclusión podemos observar que existen elementos en común entre la versión hebrea del “Mito del Diluvio” del Génesis y las versiones halladas en los mitos acadio y griego, y en otras tradiciones súmeras, hurreas y heteas.

 Publicado por en 3:01 am

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