abr 062010
 

La cuestión se presenta así: ¿por qué un régimen de libertades, y por tanto abocado a la democracia, terminó derrumbándose sin alcanzar su meta? A esta pregunta se ha contestado muy a menudo destacando los defectos del régimen e ignorando sus virtudes. Tal es la tradición predominante, ya desde antes de Tuñón de Lara, pues las derechas franquistas compartían con las izquierdas una crítica frontal al liberalismo. La imagen ofrecida por tales explicaciones resulta forzosamente desequilibrada y confusa.

Las debilidades de la Restauración han sido muy invocadas: un constante alternar de gobiernos que impedía una labor política continuada, el fraude electoral, la escasa atención a la enseñanza pública, la mediocridad, las intrigas y el escaso sentido del estado por parte de la mayoría de sus líderes, etc. Todo ello es básicamente cierto, aunque ha solido exagerarse un tanto. En cambio, quedan con frecuencia olvidados o desdeñados los puntos fuertes del régimen: las libertades, una relativa estabilidad que eliminaba las convulsiones del anterior ciclo histórico, un progreso económico modesto pero sostenido y de ritmo creciente. Esas virtudes permitían esperar que la experiencia, el tiempo y el efecto natural de las libertades permitieran ir corrigiendo las flaquezas.

Y así fue como ocurrió, en parte, pues la Restauración duró medio siglo y aplicó numerosas reformas. Pero finalmente se mostró incapaz de integrar a las nuevas fuerzas políticas que cobraban impulso a principios del siglo XX: el PSOE, los anarquistas, el republicanismo, los separatismos catalán y vasco… cuya acción, concertada o dispersa, terminó hundiendo el sistema. La mayoría de los analistas subrayan este fracaso bajo la suposición implícita de que aquellas nuevas fuerzas avanzaban en la “modernización” del país y representaban de un modo u otro la democracia, frente a un sistema liberal obsoleto y representativo de una oligarquía reaccionaria, incapaz de ceder en sus privilegios y de aplicar las reformas exigidas por los tiempos.

Este punto de vista, tan extendido incluso entre algunos defensores de la Restauración, asume las acusaciones de los enemigos del régimen de forma un tanto acrítica. El problema radica más bien en establecer si aquellas nuevas fuerzas, minoritarias pero muy virulentas, representaban realmente un impulso democratizador y si eran compatibles o integrables en un sistema de libertades. Rarísimamente se ha abordado el problema desde este ángulo, que no sólo completa el anterior sino que explica mucho mejor, a mi juicio, la evolución histórica de España hasta la Guerra Civil.

Algo de eso he tratado en dos o tres libros, y más recientemente en Una historia chocante, sobre los nacionalismos vasco y catalán, pero nos sigue faltando una historia de cierto nivel sobre el PSOE o el anarquismo, por ejemplo. Algo puede decirse con claridad, no obstante: ni estos movimientos obreristas –que no obreros–, ni los nacionalismos citados ni la corriente mayor republicana constituían movimientos integrables en una democracia. Se trataba de movimientos mesiánicos, a su propio juicio representantes metafísicos del “pueblo” –fuera el español en general, o el vasco o el catalán en particular– o de “la clase obrera”, y aspiraban a derrocar la Restauración.

Todos tenían en común objetivos contrarios a las libertades, despreciadas como “burguesas” o como una engañifa, pese a que las mismas les permitían organizarse, hacer propaganda y presentarse a las elecciones, en las cuales solían cometer los mismos fraudes que los partidos del sistema. Todos ellos eran violentos o simpatizaban con la violencia, en especial con el terrorismo anarquista, a cuya represión legal ponían mil trabas. Fomentaron explosiones como la Semana Trágica o la huelga llamada de “La Canadiense“, de carácter revolucionario, u organizaron la huelga insurreccional de 1917. Estos movimientos y explosiones sociales frenaron o liquidaron diversas reformas integradoras y democratizadoras propuestas por los políticos del sistema, en especial por los conservadores.

Tales fenómenos suelen presentarse, siguiendo la propaganda izquierdista, como efecto natural de algún misterioso “movimiento obrero”, “descontento popular”, etcétera, en lugar de estudiarse en relación con las mucho más concretas ideologías, líderes y organizaciones en juego. Estas organizaciones eran muy minoritarias y crecieron lentamente, pero tenían una capacidad de perturbación desproporcionadamente grande, debido a su rebeldía esencial, a su agitación permanente y a su utilización perversa de unas libertades que, de un modo u otro, pretendían abolir.

Vale la pena detenerse, aunque sea de forma breve, en estas fuerzas que alcanzarían un protagonismo decisivo durante la República, determinando su destino. En el caso anarquista, apenas hace falta recordar su concepción mesiánica y arbitraria, opuesta radicalmente a cualquier poder estable que no fuera el suyo, supuestamente emancipador. El anarquismo cobró cierta fuerza de masas desde la fundación de la CNT, en 1910, que continuó y aumentó la tradición de atentados que conmocionaban una y otra vez al país. Varios de esos atentados se orientaron con llamativo acierto contra los políticos más reformistas y capaces del régimen, como Cánovas, Canalejas, Dato o Maura, consiguiendo asesinar a los tres primeros. Alfonso XIII fue objeto también de repetidos intentos.

La influencia del terrorismo ácrata, relacionado a veces con la masonería, aumentaba mucho porque numerosos intelectuales le prestaron cobertura moral, incluso políticos del sistema, como Romanones, jugaron a impedir su represión.

En cuanto al PSOE, pudo quizá haber tenido una orientación socialdemócrata de la mano de Jaime Vera, pero pronto se impuso el extremismo de Pablo Iglesias. El partido y su sindicato, UGT, de carácter marxista radical, crecieron con mayor lentitud que su rival anarquista, la CNT. La rivalidad por atraerse clientela obrera no les impedía emprender acciones comunes contra el sistema, en particular la huelga revolucionaria de 1917. Esa huelga marca un punto decisivo en la evolución de la Restauración y muestra sus debilidades, mereciendo por ello alguna atención.

Vaya por delante la extraordinaria similitud de la acción revolucionaria de agosto del 17 con la emprendida diecisiete años más tarde, en octubre del 34, contra la legalidad republicana. En los dos casos el golpe vino precedido por un rápido proceso de maniobras subversivas, que crearon la impresión de una descomposición definitiva del régimen y hasta del propio país; y las fuerzas comprometidas, aunque con variaciones de intensidad y protagonismo, fueron casi las mismas: socialistas, nacionalistas catalanes, republicanos de izquierda y anarquistas, incluso algunos sectores militares.

Pese a su apariencia abrumadora, tanto las maniobras subversivas como la huelga insurreccional del 17 fueron sofocadas con aparente facilidad gracias a la diestra firmeza de Dato, uno de los pocos políticos del momento con verdadera talla de estadista. Pero, como había ocurrido con Maura después de la Semana Trágica, Dato cayó víctima de intrigas y campañas de desprestigio, y el rey lo sustituyó por políticos de un nivel muy inferior. Los líderes del movimiento revolucionario fueron indultados, y a los pocos meses estaban en las Cortes exigiendo responsabilidades por la represión de su propia y sangrienta intentona. Dato, exasperado, les replicaba:

Los autores de un movimiento revolucionario que tenía por fin derribar al régimen, los que se lanzaron o lanzaron a los demás por caminos de perturbación, considerando que la amnistía no es el perdón, sino una apoteosis del delincuente, vienen aquí a acusar a aquellos gobernantes que en los días negros y amarguísimos del mes de agosto tuvieron que defender el orden social. Vosotros, deteniendo proyectos de ley que a esas clases trabajadoras se refieren, habéis pasado sesiones y sesiones hablando ¿de qué? ¿De aquello que puede unirnos para una colaboración común tan indispensable en los momentos por que la Nación está atravesando? No; para sembrar aquí rencores, para establecer antagonismos, para continuar aquí la obra revolucionaria de que estáis encargados“.

Si miramos atentamente este episodio podemos percibir la inmensa dificultad, por no decir imposibilidad, de integrar a partidos como el socialista de entonces –no digamos la CNT– en un régimen de libertades. En un próximo artículo examinaré las actitudes de los republicanos y los nacionalismos vasco y catalán.

 Publicado por en 3:49 am

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