Una semana sin móvil: lo hemos probado y así lo hemos vivido, disfrutado… y sufrido. ¿Serías tú capaz?

Soy Carla, tengo 19 años y estudio Publicidad y Márketing (bilingüe) en el CEU, en Madrid. Hace unas semanas se puso en contacto conmigo una de mis profesoras con un mensaje desde la revista YO DONA, la posibilidad de participar en un experimento: vivir una semana entera sin móvil y contarlo. Dije que sí y, como pactamos, el viernes por la noche mi teléfono quedó confinado en una caja de plástico. A partir de ahí tenía que buscarme la vida para comunicarme con mis amigos y mi familia, y realizar tareas para las que suelo usar el teléfono. Aquí empieza el relato de mi día a día.

DÍA 1, HORA CERO

El viernes por la noche empieza todo. Llevo días pensando en este reto y, aunque al principio me parecía algo divertido, a medida que se acerca el momento me da cada vez más respeto. Soy de esas personas que utilizan el móvil absolutamente para todo, así que pasar una semana sin él no parece fácil. Sé que me va a costar, pero también creo que puede ser una oportunidad para experimentar otra forma de vivir.

Esa noche salgo de fiesta con mis amigas y decido que el experimento empieza exactamente a las 00.00 h. Entonces pido a mi mejor amiga, Carlota, que me quite el teléfono y lo guarde. Así no hay marcha atrás. Antes aviso a mis amigos, mi familia e incluso a los padres de las niñas a las que cuido por las tardes. No quiero que nadie piense que he desaparecido sin más del mapa. Estamos en una fiesta que ha organizado mi novio, Javi. Cuando estoy con mucha gente intento no usar demasiado el teléfono, pero justo a esa hora normalmente estaría escribiendo a mis amigas para saber si ya están llegando. Además, siempre me gusta guardar recuerdos de las noches que salimos: fotos, vídeos, pequeños momentos para ver al día siguiente. Para poder hacer esto último, me llevo una cámara digital: salen fotos increíbles, más bonitas que las del teléfono.

Cada vez que veo a Carlota mirando su móvil me entran ganas de echar un vistazo o cogérselo un segundo. Mientras tanto, el resto de mis amigas se ponen a grabar TikToks. Yo también quiero. Pero al observar la escena desde fuera también me pregunto: ¿por qué hacemos estas cosas?

Conforme pasan las horas pienso cada vez menos en el móvil. Y tengo que admitir que es una de las noches en las que mejor me lo paso en mucho tiempo. Hablo de verdad, canto las canciones sin preocuparme por grabarlas y bailo muchísimo. Estoy simplemente allí. El problema llega cuando toca volver a casa. Ahí sí que echo de menos el móvil. Normalmente siempre pido un Cabify desde el teléfono, pero esta vez no puedo. Me entra un poco de ansiedad. Pero también pienso que en la época de mis padres los móviles no existían y aun así salían de fiesta y volvían a casa sin problema. Así que me digo: tocará buscar un taxi. Llega uno. Primer obstáculo superado.

DÍA 2. SIN GOOGLE MAPS

Al día siguiente, cuando me despierto, lo primero que siento es un impulso casi automático: coger el móvil. Tengo unas ganas tremendas de mirar las historias de Instagram de la noche anterior, de ver qué subieron mis amigas, de comentar los momentos de la fiesta. Normalmente, los días después de salir paso casi toda la mañana en la cama mirando el teléfono, repasando fotos, vídeos y mensajes. Hoy no puedo. Y como no tengo esa opción, hago algo que no suelo: levantarme. Aprovecho la mañana para pasar tiempo con mi padre. Mi madre se ha ido a comer con sus compañeras, así que decidimos hacer la comida juntos. Cocinamos, comemos tranquilos y después vemos una película. Hacía tiempo que no hacíamos un plan así los dos solos. A él le hace ilusión y, la verdad, a mí también.

Por la tarde, Carlota pasa por mi casa a recoger un top que me había dejado. Cuando llega la hora de irse porque ha quedado con su novio, le digo: «Venga, te llevo». Es el segundo reto del día: llegar hasta allí sin usar Google Maps. Me sorprendo bastante porque, aunque al principio me agobio un poco, consigo llegar. Y lo mejor es que también sé volver a casa. Puede parecer una tontería, pero me hace ilusión comprobar que soy capaz de orientarme sin el móvil. Aprovecho la tarde para adelantar tareas de la universidad. También me ducho y, en ese momento, echo muchísimo de menos algo muy concreto: poner música desde el móvil mientras estoy en la ducha. Son pequeños hábitos que ni siquiera sabía que tenía tan integrados. Cuando llega mi madre por la tarde nos sentamos a hablar. Me cuenta todo lo que ha hecho con sus compañeros de trabajo y lo bien que se lo ha pasado. Yo le cuento la fiesta del día anterior. En un momento empezamos a jugar un poco y acaba haciéndome cosquillas, como cuando era pequeña. Es una conversación cotidiana, un momento sencillo. Pero mientras la escucho me viene un pensamiento: si hubiera tenido el móvil en la mano, quizá no estaría prestándole tanta atención. En cambio ahora siento que la escucho de verdad. Y creo que ella también lo nota.

De repente suena el teléfono fijo. Es Carlota. Me propone ir a cenar pizzas a casa de nuestro amigo Pepe. Cojo el coche y voy hasta allí. Esta vez llego bien porque ya he ido muchas veces. En la cena, aunque algunos miran el móvil de vez en cuando, curiosamente no me dan muchas ganas de cogerlo. Más tarde dejo a mis amigas en sus casas (ahí sí que tienen que guiarme ellas un poco) y vuelvo a casa. Antes de dormir pienso en el día. Noto algo distinto. He estado más presente, más atenta a lo que pasa a mi alrededor. Más real.

DÍA 3. UN VACÍO

Domingo tranquilo, nada destacable. Por la mañana, plan sencillo en familia: salir a comprar un par de cosas y a tomar algo, y el resto del día estudio y descanso. Aun así, lo más presente ha sido esa sensación constante de querer coger el móvil. Sobre todo después de comer o al cansarme de estudiar. Ese gesto casi automático de mirar la pantalla ha estado ahí todo el día, un runrún constante de fondo que hace que todo se sienta un poco distinto.

DÍA 4. SIN TIKTOK

El lunes empieza fuerte. Me despierto a las 08:30 h y, por una vez, no es el móvil el que me despierta. Menos mal que mi padre también se levanta a esa hora y me avisa, porque si no… ese examen no lo hago. Llego a la uni medio zombie, hago el examen y, aunque me parece difícil, salgo con esa sensación rara de «creo que bien…». Después me quedo con Ana (mi amiga de la universidad) esperando la siguiente clase. Hace sol y obviamente salimos fuera, porque no hay plan mejor en la vida. Me pongo al sol feliz como una perdiz y acabo roja como un tomate mientras Ana se pone a ver TikToks. Honestamente, no puedo evitar sentarme a su lado «sólo un momento». Es increíble lo automático que es. Como si mi cerebro dijera: «Mira, esto sí se puede».

Empezamos a hablar del viaje a Canarias de este viernes. Estamos emocionadísimas. Isa, otra amiga de la uni que es de allí, nos ha invitado a irnos a Las Palmas para celebrar los carnavales de su zona y ya estamos a tope planeando outfits. Vamos a ir de indias y vaqueras y, claro, necesito inspiración. No tengo móvil, pero tiramos del de Ana y solucionado. Trabajo en equipo. Luego clase, y a casa.

Por la tarde me acuerdo de que tengo que hacer un proyecto de Televisión y Vídeo con las chicas del Erasmus. Momento crisis: ¿cómo me comunico? Solución: WhatsApp Web en el ordenador. Funciona. Estamos como una hora organizando todo y sacando tareas. Después tengo clase de italiano. Me estoy preparando para el examen B2 porque quiero irme de Erasmus a Milán el año que viene y es un requisito que piden. ¡Mamma mia! Me imagino paseando por la Galleria Vittorio Emanuele II, tomándome un cappuccino con vistas al Duomo, haciendo aperitivo con amigos al estilo milanés y, por supuesto, cotilleando las últimas colecciones en Via Montenapoleone… ¡Tengo tantísimas ganas de que llegue ese momento glamuroso!

De repente aparece Carlota en mi casa por sorpresa para recoger su tarjeta del metro que se dejó el sábado. No sé cómo tenemos la cabeza, de verdad. Con tantos estímulos, tantas cosas, no nos enteramos de nada…, seguro que estaba distraída mirando el móvil y por eso se le olvidó.

Luego me voy al gimnasio, pensando en Canarias y en el bikini. Echo de menos la música del móvil, pero acabo hablando con una chica majísima con la que me turno en una máquina. Le cuento lo del reto y flipa. Me dice que ella no duraría ni un día. Vuelvo a casa, me ducho, ceno… y estoy tan cansada que, por primera vez, casi ni pienso en el móvil.

Y eso sí que es raro

DÍA 5. REGRESO AL OLD FASHION MODE

Mi madre, que siempre se despierta antes que yo, decide rescatar su despertador antiguo y ponérmelo a las 08:00 h. Error. Cuando suena, casi muero del susto. Y lo mejor: no tengo ni idea de cómo apagarlo. Diez minutos de lucha absurda, medio dormida, hasta conseguirlo. Luego ya todo normal: voy a clase, hago el examen (me va genial) y después como en la uni con Carlota mis macarrones de casa. Por la tarde voy a por las niñas que cuido y las llevo a pádel. Mientras juegan estoy en plan «el móvil un rato»… Pero no. Me voy al gimnasio, a una clase nueva que me deja destrozada pero me encanta. Vuelta a casa, ducha, tentaciones de coger el móvil… y, al final, sofá y tele con mis padres. Sin más. Y así se termina el día.

DÍA 6. PROBLEMAS DE COMUNICACIÓN

Hoy me despierto antes de que suene el dichoso despertador (milagro). Me arreglo medio dormida pero con una idea clarísima: como mi novio va a dar clases de esquí a La Masella, voy a aparecer por sorpresa antes de ir a clase.Cojo el coche y paso a por su galleta favorita: una para él y otra para su hermano Pepe. Eso sí, se me olvida coger efectivo y, claro, con el móvil no puedo pagar… Pero tengo la tarjeta física en la cartera. Llego, llamo al timbre y suelto: «Paquete para Javiiii»… y me entra la risa. Me abre su madre (maravilla de suegra), dejo las cookies y, cuando ya me voy, me invita a un café. Ni siquiera hablamos (en parte porque no tengo móvil, me faltan cosas que comentar). Total, que nos damos un abrazo muy fuerte y nos despedimos. Y no sé muy bien por qué, pero en cuanto llego al coche me vienen ganas de llorar…

De repente miro la hora y veo que son las 11:30 h… y aún me queda dejar el coche en casa porque mi padre me lo ha pedido. Todo esto, claro, antes de clase. Así que entro en modo urgencia máxima: conduzco de vuelta sintiéndome Rayo McQueen. Dejo el coche, cojo el metro y llego a clase. Hoy toca edición de vídeo: interesante pero intensa. Por la tarde recojo un vestido que había llevado a arreglar y, cuando por fin subo a casa, mi padre suelta: «Te he escrito para ver si podías comprar pan del Carrefour». Y yo: «Papá, que estoy sin móvil». Resultado: vuelta a bajar. Luego italiano y hago muy bien las pruebas de examen, así que me pongo contenta, pero después me entran ganas de encender el móvil sólo para ver fotos con mi novio; lo echo de menos. Entonces me acuerdo del marco que me regaló, lleno de fotos impresas escondidas detrás. Y me quedo ahí un rato mirándolas. Ceno y veo la tele con mis padres. Mi madre me hace mimos y me hago el skincare. Me lavo los dientes… y a dormir.

DÍA 7. VOLVER A IMPRIMIR

Es viernes y el día arranca deprisa: mi padre me despierta y salgo directa a la universidad. Después, comida en 80 Grados con mi madre y Carlota. Como voy sin móvil, me toca mirar la carta por QR en el de ellas. La tarde sigue en casa: maleta, billete impreso porque voy sin móvil y algunas fotos más. Luego, al aeropuerto con mi madre y Carlota, despedida y vuelo a Canarias. Al llegar, el móvil de Ana es el que se encarga de avisar a mis padres de que he llegado sana y salva. Y directa a dormir.

DÍA 8. ACABA EL EXPERIMENTO

Es sábado y nos despertamos con ganas de playa. Pero el cielo tiene otros planes: aparecen nubes y, de repente, lluvia. Sin dramas, cambiamos de plan y acabamos en casa de la abuela de Isa, donde todo sabe mejor. Hacemos una ensalada y, cuando el tiempo mejora, volvemos a la playa. Cae un crêpe con Nutella. Luego nos vamos al sur, a la otra casa de Isa. Llegamos, hacemos unas compras rápidas y nos ponemos guapas. Cenamos espaguetis con tomate y, cuando estamos listas, llegan más amigas. A bailar a Chester, sin fotos ni stories. Los recuerdos se quedan en la memoria, no en la pantalla. Acabamos agotadas y felices.

Esta semana sin móvil ha sido toda una experiencia: aprendo a valorar más el tiempo con las personas, a disfrutar más de lo que está delante y a desconectar sin sentir que me pierdo algo. Echo de menos hablar con mi abuela que vive Barcelona, con mi novio para avisarle de todo lo que estoy haciendo, con mi mejor amiga y con mis padres, pero la verdad es que estar presente, aquí, es oro.

Tomado de www.elmundo.es

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