Una visión implacable sobre Alfonso XIII: «Fue un Rey criticado, polémico, que intervino mucho en política»

Cuando Alfonso XIII era solo un adolescente anotó en su diario íntimo sus mayores preocupaciones: «Yo puedo ser un Rey que se llene de gloria regenerando la patria… pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera». Palabras inocentes que, a la postre, le revelarían como un maestro de las profecías. Porque sí, el Rey encarnó el papel de regenerador y jamás se dejó pisar por sus ministros, más bien al contrario, pero también acabó su reinado de la peor forma.

«Tenía una personalidad compleja y con muchas vertientes como político, diplomático, militar, aristócrata, etc, pero quizá su principal vocación es que estaba imbuido desde pequeño de la misión de ser un factor clave en el progreso del país», explica Javier Moreno Luzón, catedrático de Historia del Pensamiento en la UCM, que acaba de publicar ‘El rey patriota: Alfonso XIII y la nación’ (Galaxia Gutenberg) para explicar cómo un Monarca que empezó su reinado saludado incluso por el ala progresista lo acabó consagrando el país al Sagrado Corazón de Jesús en un acto repleto de reminiscencias del Antiguo Régimen.

–Dice usted que el Rey encarnó muchos papeles, desde el soldado valeroso al aristócrata a la moderna, a lo largo del reinado, pero, ¿quién era el verdadero Alfonso XIII?

–En cuanto a personalidad, es un hombre que podríamos definir como alguien inteligente. Agudo, rápido de pensamiento, capaz de hacerse cargo de las situaciones y tomar decisiones. Muy simpático. Encantador. Podríamos decir incluso que pecaba de superficial, frívolo a veces. También era una personalidad contradictorio. Solía decir a su interlocutor lo que él pensaba que el interlocutor quería oír. Y eso llevó a situaciones conflictivas desde el punto de vista político, un campo que le gustaba mucho. Él dijo de sí mismo que si no hubiera sido Rey habría sido un político muy apasionado, pues le gustaba el juego político en todas sus vertientes. Además, se veía a sí mismo como un hombre señalado por la Providencia para conseguir el bien de España y regenerar el país después del Desastre de 1898.

–También era un hombre fascinado con el Ejército…

–Se puede hablar no ya sólo del Rey soldado, sino del soldado Rey en muchos momentos de su actuación pública. Era un defensor de los intereses del Ejército frente a los políticos civiles, lo que le hacía un hombre muy volcado en toda clase de actividades militares, muy amante de los desfiles, las juras de bandera, la visita a los cuarteles. Era un verdadero maniático de que todo el mundo estuviera bien uniformado y podía provocar un incidente si alguien no vestía correctamente en el ámbito castrense.

–Un aristócrata a ‘la moderna’, le define usted. ¿Qué significaba eso?

–Pues que era un hombre con la mentalidad habitual en la nobleza española e incluso internacional. Muy aficionado a los deportes de élite, como el polo, la caza, la navegación a vela, así como a innovaciones tecnológicas tales como el automóvil o la aviación. Hombre muy relacionado con los círculos de la élite aristocrática española. Si se puede hablar de algún amigo del Rey, en tanto en cuanto el Rey podía tener iguales, tendríamos que buscarlo, sobre todo, en ese ámbito de la aristocracia. Por ejemplo, el Marqués de Viana, que fue el caballerizo mayor de palacio y sirvió al Rey como enlace con diversos mundos.

–¿Cómo pasa una persona con una visión tan moderna a postulados tan conservadores?

–Una de las principales novedades de este libro es analizar la evolución personal, ideológica y política del personaje. Tradicionalmente, la literatura sobre Alfonso XIII ha tendido a ver al personaje como alguien fiel a sí mismo, que apenas había variado a lo largo de los 30 años de reinado. Pues bien, este libro lo que hace es recorrer el reinado con la mayor profundidad posible a través de las fuentes de las que disponemos. Al principio formó parte de un proyecto de regeneración nacional que mantenía el equilibrio entre las diversas tendencias políticas de la época y que, además, era capaz de colaborar de manera entusiasta con los liberales de la izquierda monárquica e incluso de atraerse hacia la monarquía a los republicanos más moderados. Hay un momento que me gusta especialmente, en 1913, cuando realizó un acercamiento hacia las personas involucradas en el proyecto de la Institución Libre de Enseñanza. Pero luego giró hacia posiciones conservadoras, contrarrevolucionarias e incluso autoritarias de la mano de un catolicismo muy integrista.

«Tras la Revolución rusa, reforzó sus lazos con el Ejército, al que veía como su principal sostén y cimiento, la principal garantía de la existencia de la monarquía en España»

–¿Por qué se produjo ese cambio que acabó desembocando en el apoyo a la dictadura de Primo de Rivera?

–El momento clave es la Primera Guerra Mundial, especialmente en 1917 con la Revolución Rusa, porque ahí se vio muy claro que en la guerra estaban perdiendo terreno e incluso desapareciendo muchos imperios y monarquías. A Alfonso le impresionó esta situación, especialmente la abdicación del Zar. Tras ello reforzó sus lazos con el Ejército, al que veía como su principal sostén y cimiento, la principal garantía de la existencia de la monarquía en España. Esto le llevó a aliarse con los sectores más conservadores de la sociedad y luego a apostar por una salida autoritaria al régimen liberal, en la que incluso él llegó a pensar en erigirse en dictador personalmente.

–¿Por qué crees que renunció al impulso de encabezar una dictadura real?

–Era un paso muy arriesgado. En el periodo de entreguerras hubo países como Yugoslavia, por ejemplo, donde el Rey acabó siendo el dictador. Había una crisis del liberalismo y de la democracia en toda Europa donde la excepción terminaron siendo los países con democracias vivas. Y es en ese momento cuando efectivamente el Rey pensó, sobre todo a finales de 1922 y en 1923, que podría él encabezar una solución autoritaria. Esto sonó, desde luego, como algo disparatado cuando se lo contó a mucha gente y, sin duda, representaba un riesgo enorme para la Corona. Finalmente acabó descartando esa posibilidad y apoyando a Primo de Rivera y sus círculos militares. Es decir, era demasiado arriesgado e incluso él supo verlo.

–¿Alfonso tenía un proyecto para España o simplemente fue improvisando?

–Tenía una formación en la que predominaban los tintes religiosos y patrióticos. Entre sus preceptores y sus profesores, hubo muchos militares y todos ellos le infundieron esa idea de que sobre sus hombros descansaba el futuro de España. Creía en la monarquía como depósito de una misión providencial señalada por Dios, y también compartía con los militares la idea de que eran los principales garantes de la unidad y la pervivencia de España. En definitiva, el Rey se cree el factor fundamental para la custodia de los auténticos valores nacionales.

Alfonso y su prometida, la futura Reina Victoria Eugenia. ABC

–¿Pero hay dos Alfonsos en su reinado?

–Sí, como te decía al principio yo sigo la evolución del Rey e identifico, al menos, dos proyectos muy distintos a lo largo del tiempo: un primer proyecto regeneracionista pero liberal, y un segundo proyecto, a partir del momento de la Revolución rusa, también nacionalista pero autoritario y confesional. Una de las novedades de este libro es el estudio de la sociedad civil monárquica, la gente que se agrupó en torno a la Corona, por ejemplo, la organización de los Exploradores de España, los scouts españoles que el Rey impulsó con ayuda de los militares, o asociaciones como el Tiro Nacional. El Rey se apoyó mucho en la aristocracia y en esa sociedad civil monárquica para llevar a cabo su segundo proyecto.

–Dentro del relato clásico de Alfonso como Rey Patriota se suele repetir que dejó el trono para evitar la confrontación entre los españoles y que cedió a la dictadura de Primo de Rivera por esto mismo. ¿Es cierta esta imagen que ha quedado?

–Esa es la principal defensa que se ha hecho durante muchos años de la figura de Alfonso. Ese patriotismo a ultranza, como dijo algún historiador, que nunca confundió a España con la Constitución. Sinceramente creo que una guerra civil no era probable en vísperas del golpe de Primo de Rivera. Para que haya una guerra civil tiene que dividirse el Ejército, el cual estaba en su mayor parte a las órdenes del Rey. Por otro lado, en el caso del exilio de 1931, hay algunas voces que le pidieron resistir, pero son voces muy minoritarias, muy tardías. Había un consenso bastante generalizado en que los republicanos, a pesar de que las elecciones fueran municipales, habían ganado en los sitios donde eran auténticas y, por lo tanto, había habido un plebiscito contra la monarquía. La causa estaba perdida y lo que convenía mejor al Rey era marcharse. Se quedó solo.

–Al principio de la Guerra Civil, el Rey no dudó en alinearse con el bando nacional. ¿Hay un hilo conductor entre la España de Franco y la de Alfonso XIII?

–Sí, porque ese nacionalismo católico contrarrevolucionario y militarista va a nutrir en buena medida el ideario del bando rebelde y luego franquista durante la Guerra Civil. Buena parte de los militares que encabezaron esa rebelión contra la república en el verano del 36 tenían relaciones con el Rey e incluso en algún caso, como Franco, habían sido favoritos suyos. El Rey apoyó desde el primer momento el golpe de Estado e incluso hay testimonios de sus gestiones para la ayuda exterior financiera a favor del bando franquista. Alfonso muestra abiertamente su apoyo a la victoria de Franco en la guerra, pensando que va a restaurar la monarquía y que él va a poder volver a España.

–Pero no se produce ni una cosa ni la otra.

–Porque Franco no estaba dispuesto a perder su poder ni a tolerar una figura que le hiciera sombra. De hecho, el heredero, Don Juan, intentó entrar en España durante la guerra y le obligaron a marcharse. Entonces, yo creo que hay una continuidad clara. ¿Eso quiere decir que Alfonso XIII era un fascista? Yo creo que sí, que fue simpatizante del régimen fascista italiano, que le parecía un régimen de orden, que venía a frenar la revolución o las amenazas revolucionarias en Italia y que en España Primo de Rivera tenía que hacer algo parecido, pero todo lo que el fascismo o el nazismo tuvo de revolución novedosa ya le quedaban lejos al Rey porque él era un hombre de otra época. En cuanto al militarismo y al nacionalismo católico, sí. En cuanto al fascismo como pensamiento, no.

–¿Hubiera tolerado en España los niveles de violencia de la Guerra Civil sin protestar?

–Bueno, yo creo que en cierto modo la decisión de apoyar abiertamente a uno de los bandos en la Guerra Civil hacía muy difícil que se pudiera convertir en un Rey que representara una política de reconciliación nacional.

–Cuando llega la Segunda República, se hacen juicios sobre posibles casos de corrupción del Rey sin llegar a grandes conclusiones. ¿Cómo es esta relación con los negocios privados del Rey?

–A partir de cierto momento, en los años veinte, hay rumores de que el Rey estaba implicado en casos de corrupción. Sobre todo en casos de cobro de comisiones por la concesión de determinadas líneas de ferrocarril y licencias para explotar negocios como apuestas. Y esos rumores van creciendo durante la dictadura y tuvieron una influencia relevante en la caída de la monarquía, porque supusieron, cuando salieron a la luz las acusaciones de corrupción, un deterioro de la imagen del personaje y de la institución. El Gobierno provisional republicano puso en marcha una investigación para, a partir de esos indicios de corrupción, determinar si se habían afectado los caudales públicos españoles, pero no se llegó a ninguna conclusión clara sobre la materia. Entiendo que la corrupción no suele dejar huellas muy claras…

–¿Atesoró durante su reinado una gran fortuna?

–Tenía una fortuna notable que procedía de lo que su madre había conseguido con inversiones y que él complementó. Buena parte de esa fortuna estaba fuera de España y le permitió vivir con bastante decoro en el exilio, aunque no como a él le hubiera gustado en hoteles de cinco estrellas. Digamos que no era una fortuna enorme, pero sí que le permitía mantener un mundo de relaciones y un nivel de vida aceptable para un Rey destronado.

«El Gobierno republicano puso en marcha una investigación para determinar si se habían afectado los caudales públicos españoles, pero no se llega a ninguna conclusión clara»

–Ha quedado la imagen de un rey débil y, sin embargo, es un rey que se mantuvo durante 30 años en el poder. ¿Hay que revisar esta imagen?

–Sí, desde luego. Yo no tengo esa imagen de una monarquía débil, ni frágil, aunque hubiera siempre latente alguna posibilidad revolucionaria. En la corte española estaban preocupados por la existencia de grupos revolucionarios, republicanos o anarquistas, pero la monarquía de Alfonso resultaba bastante popular entre gentes muy diversas, desde la derecha católica a algunos sectores del republicanismo. Piensa, por ejemplo, que seguramente con el gobernante que mejor se llevó fue con José Canalejas, que era el líder de la izquierda monárquica, que tenía un programa intervencionista e incluso anticlerical. Fue un rey criticado, polémico, que intervino mucho en política y cuyas decisiones se discutieron en la arena pública. Eso no es muy bueno para alguien que quiera mantenerse por encima de las batallas cotidiana, pero para su fortuna la alternativa republicana estaba fuera del horizonte hasta más adelante. Cuando él se identificó plenamente con la solución de la dictadura militar de Primo de Rivera, muchos sectores se desencantaron y se hicieron republicanos. El modelo de Alfonso terminó siendo incompatible con la democracia.

–En sus años en el exilio, ¿llegó a arrepentirse de sus decisiones?

No tuvo ningún arrepentimiento. De hecho, cuando se fue de España no dejó de reafirmarse en sus decisiones. Dijo que la decisión clave que le había costado el trono es haber apoyado a Primo de Rivera, pero que la consideraba correcta porque la mayoría del país estaba de su parte. Alfonso tenía un sesgo populista en el sentido de pensar que se comunicaba mejor que nadie con el pueblo. Lejos de mostrar arrepentimiento, dijo que incluso debería haber actuado antes y habría evitado los males que vinieron después.

-Durante su reinado se desarrolló la Edad de Plata de la cultura española, ¿esta eclosión intelectual fue de espaldas a Alfonso?

–La relación del Rey con los intelectuales no era una relación estrecha. No era un hombre de muchas lecturas, ni un pensador para nada. Era más bien un político, un militar, un aristócrata, como te decía antes. Pero, durante una gran parte del reinado sí que tuvo múltiples relaciones no ya sólo con intelectuales, sino también con artistas y gente del mundo de la cultura. Piensa, por ejemplo, en la figura de Miguel de Unamuno, rector de Salamanca, una persona muy conocida, muy influyente, un gran escritor, uno de los intelectuales más importantes de la época, que tenía una visión positiva del Rey. En 1913 dijo que es la esperanza de España, que podía ser el mejor amigo de los españoles. Luego, sin embargo, la visión de los intelectuales progresistas fue cada vez más negativa. El propio Unamuno se convirtió en una especie de antagonista del Rey, como Blasco Ibáñez también. Es decir, que los lazos entre la monarquía y la intelectualidad fueron oscilantes.

Tomado de www.abc.es

 

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