La herida que no debemos olvidar. 29 años sin Miguel Ángel
Hay fechas que una sociedad no consigue olvidar. Fechas que cuando regresan a la memoria devuelven a millones de personas al mismo lugar, a las mismas conversaciones y a las mismas emociones. Fechas que dejan de pertenecer al calendario para convertirse en memoria colectiva.
Una de ellas fue la de aquellos días de julio de 1997. Del 10 al 12 de julio. Y un nombre: Miguel Ángel Blanco.
Durante aquellas 48 horas, una generación entera perdimos parte de nuestra inocencia. Muchos jóvenes descubrimos entonces el rostro más cruel de la MALDAD; sí, con mayúsculas. La maldad organizada bajo un acrónimo que me seguirá produciendo el mismo rechazo mientras viva: ETA.
España entera contuvo la respiración. En universidades, oficinas, hogares, plazas y calles se siguió minuto a minuto la cuenta atrás de un ultimátum inhumano. Recé con todas mis fuerzas para que Miguel Ángel regresara con vida. Rezamos, esperamos y confiamos en que regresara. Pero eso no ocurrió. Nos invadió la conmoción, la rabia y las preguntas. ¿Cómo podía utilizarse la vida de una persona inocente como moneda de cambio? ¿Cómo podía existir semejante grado de crueldad? Recuerdo la interminable espera en la sede del Partido Popular de la calle Génova, 13, aguardando un desenlace que nunca debió llegar.
Aquellos días marcaron un antes y un después. Muchos comprendimos definitivamente que quienes habían secuestrado y asesinado a Miguel Ángel Blanco no eran luchadores por ninguna causa. Eran terroristas. Eran asesinos capaces de convertir el sufrimiento humano en una estrategia de chantaje. Eran psicópatas con los que no cabía el diálogo ni las excusas ni la comprensión mal entendida. Solo cabía la firmeza democrática, el Estado de derecho, la acción de la Justicia y la defensa de la libertad.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco no solo segó la vida de un joven concejal. Aquellas horas nos hizo madurar de golpe a toda una generación y sacudir la conciencia de todo un país. Millones de personas nos uníamos en una respuesta cívica sin precedentes, en una marea blanca. Fue el momento en el que muchos españoles dijimos «basta» de manera clara y definitiva.
Han pasado casi tres décadas, pero el eco de aquellos días ha de permanecer. No solo por el recuerdo de una víctima inocente, sino porque representa una lección que una generación apr endió para siempre: no hay causa que justifique el terrorismo, no hay proyecto político que legitime el asesinato y no hay democracia que pueda permitirse el lujo de olvidar.
Precisamente por eso resulta inquietante comprobar cómo el tiempo va borrando recuerdos que parecían imborrables. Una encuesta elaborada por GAD3 en 2020 reveló que alrededor del 60 % de los jóvenes españoles no sabía quién era Miguel Ángel Blanco.
Conviene recordarlo. Miguel Ángel era concejal del Partido Popular en Ermua. Pero durante aquellas 48 horas dejó de pertenecer únicamente a un partido para convertirse en el concejal de toda España. Millones de españoles compartimos la misma angustia, la misma esperanza y, finalmente, el mismo dolor. Miguel Ángel fue ejecutado. Le asesinaron. Le arrebataron lo más valioso que posee un ser humano: su vida.
España protagonizó hace medio siglo una Transición admirada en todo el mundo, basada en la reconciliación y la convivencia. Mientras se difumina la memoria de las víctimas del terrorismo, otros se empeñan en reabrir viejas heridas de nuestra historia reciente. Desde la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno, esa convivencia se ha visto sustituida, a mi juicio, por una política basada en la división. Mientras tanto, los casi mil asesinatos de ETA y el sufrimiento de sus víctimas parecen relegados al silencio, como si recordarlos resultara incómodo porque los votos de Bildu son imprescindibles para sostener al Gobierno.
Por eso conviene recordar también que en aquellos días de julio del 97, ETA lanzaba un ultimátum al Estado: si no se acercaba a los presos etarras al País Vasco en 48 horas, asesinaría a Miguel Ángel Blanco. El Gobierno de José María Aznar, respaldado por el conjunto de las fuerzas democráticas, rechazó aquel chantaje. Fue una de las decisiones más difíciles que puede afrontar un gobierno democrático, pero aceptarlo habría supuesto la derrota del Estado de derecho y la victoria del terror.
Hoy, sin embargo, el chantaje parece haberse convertido en una constante de nuestra vida política. Pedro Sánchez continúa en La Moncloa gracias al apoyo de quienes nunca han condenado la historia criminal de ETA. El terrorista Otegi descalifica a quienes defendemos el espíritu constitucional de 1978 mientras el Gobierno acepta las exigencias de Bildu. El acercamiento de todos los presos de ETA al País Vasco, los beneficios penitenciarios y la progresiva excarcelación de terroristas forman parte de ese precio político.
Y mientras tanto, el Gobierno ofrece a los jóvenes una colección de ropa sufragada con dinero público cuyo lema afirma: «Cuando te vistes, te posicionas». Uno también se posiciona cuando acepta un chantaje para mantenerse en el poder. Cuando pacta con quienes nunca han condenado el terror. Cuando contribuye a diluir la memoria de las víctimas. No hay campaña publicitaria capaz de tapar tanta indignidad.
Aquellos jóvenes de 1997 nos posicionamos de verdad. Llenamos las plazas, guardamos minutos de silencio, llevamos el lazo azul primero y el crespón negro después y gritamos, con rabia y con esperanza, «¡Basta ya!». Nos posicionamos defendiendo la libertad frente al terror porque la democracia no se lleva puesta, la democracia se defiende.
Se defiende recordando a quienes dieron la vida por ella, honrando a las víctimas y negándonos a aceptar que el paso del tiempo convierta el horror en olvido.
Han pasado 29 años, los mismos que tenía Miguel Ángel Blanco cuando fue asesinado por ETA.
No olvidemos aquel dolor ni aquel espíritu de Ermua que unió a un país entero. Porque un país que olvida a sus víctimas corre el riesgo de olvidar también las razones por las que merece la pena defender la libertad.
Por eso hoy no quiero recordar únicamente cómo asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Quiero recordar por qué vivió, por qué miles de españoles nos sentimos representados en él y por qué su nombre sigue siendo el símbolo de una España que nunca aceptó el chantaje del terrorismo.
Esa es la herida que no debemos olvidar.
Por Miguel Ángel.
Por todas las víctimas.
Por la libertad.
Tomado de www.larazon.es
