Fusilados, torturados y arrojados al mar: los 20 curas mártires de Ibiza que suben a los altares

La diócesis de Ibiza vivirá este sábado 17 de octubre una de las jornadas más importantes de su historia reciente con la beatificación de 20 sacerdotes asesinados durante la persecución religiosa de 1936. El Diario de Ibiza cuenta sus historias.

La ceremonia, que tendrá lugar en la catedral de Santa María, reconocerá oficialmente como mártires a unos hombres que fueron ejecutados exclusivamente por su condición de sacerdotes durante las dramáticas semanas que siguieron al desembarco republicano en las Pitiusas.

 

Treinta y ocho días de terror

La celebración llega noventa años después de unos acontecimientos que dejaron una profunda huella en la memoria de Ibiza y Formentera. Para comprender el significado de esta beatificación es necesario regresar al verano de 1936, cuando las islas vivieron uno de los capítulos más dolorosos de su historia.

Hasta el 7 de agosto de 1936, la Guerra Civil apenas había derramado sangre en Ibiza y Formentera. Tras el levantamiento militar del 18 de julio, ambas islas permanecieron inicialmente bajo control de los sublevados sin que se registraran asesinatos. Todo cambió con el desembarco de las fuerzas republicanas dirigidas por el capitán Alberto Bayo.

Durante los 38 días que transcurrieron entre el 7 de agosto y el 13 de septiembre, las Pitiusas quedaron sumidas en una espiral de violencia. Las ejecuciones, detenciones y represalias se sucedieron a un ritmo frenético. En aquel contexto, los sacerdotes se convirtieron en uno de los principales objetivos de los milicianos, que identificaban a la Iglesia como una institución vinculada al bando nacional.

La persecución fue especialmente intensa. Algunos religiosos fueron arrestados en sus parroquias, otros mientras intentaban esconderse en casas familiares, y varios acabaron concentrados en el Castillo de Ibiza, convertido en prisión improvisada. La mayoría serían asesinados sin juicio alguno.

 

El joven sacerdote arrojado al mar

El primero en morir fue Juan Torres Torres. Tenía apenas 24 años y llevaba poco más de dos meses ordenado sacerdote. Había celebrado su primera misa el 24 de junio de 1936 y estaba destinado como ecónomo en la parroquia del Pilar de Formentera.

El mismo día del desembarco republicano fue detenido junto al sargento retirado Lucas Ramón Cardona. Ambos fueron trasladados al puerto de la Savina, donde fueron fusilados. Después, sus cuerpos fueron cargados en una embarcación y arrojados al mar en es Freus con pesos atados para impedir que flotaran.

Su caso simboliza la tragedia de una generación de sacerdotes que apenas comenzaba su ministerio cuando se vio atrapada por la violencia de la guerra.

 

Fusilados junto a sus familias

La persecución no se limitó a los religiosos. En algunos casos alcanzó también a sus familiares. Así ocurrió con Antonio Tur Costa, párroco de Sant Carles, que tenía 32 años.

El 8 de agosto fue detenido junto a su padre, un agricultor de 65 años. Ambos fueron conducidos frente a la iglesia parroquial y fusilados bajo un gran algarrobo. Después, la iglesia fue saqueada y quemada.

La escena constituye una de las imágenes más impactantes de aquellos días: un sacerdote y su padre ejecutados juntos ante el mismo templo donde el primero había servido pastoralmente.

 

El sacerdote que murió gritando «¡Cristo Rey!»

Entre las historias más dramáticas destaca la de Antonio Roig Guasch, párroco de Sant Francesc Xavier de Formentera.

Tras ser detenido fue encarcelado y sometido a malos tratos. Cuando decidió trasladársele al Castillo de Ibiza, empezó para él un auténtico vía crucis. Desde el puerto hasta la subida de sa Carrossa fue insultado y humillado por una multitud y por sus propios custodios.

Diversos testimonios señalan que los milicianos intentaron obligarle a lanzar vivas a la República. Según los relatos conservados, respondió proclamando su fidelidad a Cristo. Finalmente fue abatido a disparos antes de llegar al Castillo.

Una caza sistemática por toda la isla

A medida que avanzaba agosto, la persecución adquirió un carácter cada vez más organizado. Los milicianos recorrieron pueblos y parroquias buscando sacerdotes que aún permanecían ocultos.

Antonio Cardona Vingut, párroco de Santa Gertrudis desde hacía dos décadas, pudo escapar inicialmente. Sin embargo, decidió regresar a su parroquia después de poner a salvo a su ama de llaves. Aquella misma noche fue detenido.

José Ramón Escandell, párroco de Sant Rafel, fue encontrado rezando cerca de la iglesia. José Torres Torres fue arrestado en ses Salines. Miguel Riera Bonet fue capturado en Sant Antoni. Antonio Ramón Orvay cayó en Sant Jordi.

Uno tras otro fueron ingresando en el Castillo de Ibiza, donde permanecerían recluidos hasta el desenlace final.

 

Ancianos, enfermos y sacerdotes jóvenes

El grupo de futuros mártires reflejaba toda la realidad del clero pitiuso de la época. Había jóvenes recién ordenados y sacerdotes veteranos que llevaban décadas al servicio de sus comunidades.

Entre estos últimos se encontraba Miguel Planells Tur, canónigo de la catedral y de 70 años de edad. Debido a una enfermedad apenas podía caminar. Cuando fue detenido, los milicianos le obligaron a avanzar pinchándole las piernas con bayonetas. Llegó al Castillo con graves heridas en tobillos y pantorrillas.

También estaba José Tur Bennasar, de 77 años, uno de los más ancianos del grupo.

Frente a ellos aparecían sacerdotes veinteañeros, como José Tur Ferrer o José Serra Ribas, que habían iniciado su ministerio apenas un año antes.

La violencia no distinguió edades ni trayectorias.

Uno de los episodios más conmovedores fue el protagonizado por Andrés Tur Tur.

Tras el desembarco republicano consiguió huir y ocultarse en la casa familiar de Jesús. Durante varios días logró evitar la detención. Sin embargo, los milicianos amenazaron con arrestar a sus hermanos si él no se entregaba.

Ante esa situación decidió presentarse voluntariamente. Sabía perfectamente cuál podía ser su destino. Fue encarcelado y acabaría muriendo con los demás sacerdotes el 13 de septiembre.

La matanza del Castillo

El momento culminante de la tragedia llegó el 13 de septiembre de 1936.

Ese mismo día Ibiza había sufrido un devastador bombardeo que causó la muerte de numerosos civiles. Horas después, en medio del caos y la tensión, se produjo una de las mayores matanzas de la Guerra Civil en Baleares.

Cerca de un centenar de prisioneros retenidos en el Castillo fueron ejecutados con fusiles, ametralladoras y explosivos. Entre ellos se encontraban los sacerdotes encarcelados durante las semanas anteriores.

De los 22 religiosos que estaban presos, solamente cuatro lograron sobrevivir. Uno de ellos fue Vicente Ferrer Guasch, quien incluso recibió el llamado tiro de gracia, pero milagrosamente sobrevivió fingiendo estar muerto entre los cadáveres.

Los otros diecisiete sacerdotes encarcelados fueron asesinados aquella noche.

 

Un legado de fe y reconciliación

La Iglesia sostiene que los 20 sacerdotes murieron por odio a la fe y no por actividades políticas o militares. Ese reconocimiento es precisamente lo que fundamenta su beatificación como mártires.

La catedral de Ibiza, situada a escasos metros de los lugares donde muchos de ellos encontraron la muerte, será ahora el escenario donde la Iglesia los proclamará beatos. Un reconocimiento que llega nueve décadas después y que convierte a estos veinte sacerdotes en uno de los grupos de mártires más significativos de la historia contemporánea de las Pitiusas.

Tomado de www.religionenlibertad.com

 

 

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