Pandemias de cólera del XIX: de la India a Londres

Hay una antigua enfermedad –que hay quien quiere remontar incluso a las descripciones de los grandes médicos de la época griega y romana, como Hipócrates y Galeno– con numerosas explosiones pandémicas a lo largo de la Edad Moderna. Me refiero al cólera, cuyo propio nombre viene de una palabra griega “khole”, que significa “bilis” y era uno de los cuatro fluidos corporales sobre los que se basaba la medicina hipocrática. La mortífera enfermedad, provocada por una bacteria identificada en siglo XIX, la “vibrio cholerae”, se extiende rápidamente en condiciones de insalubridad y provoca rápidamente la muerte por deshidratación. Hoy que estamos tan consternados por la nueva pandemia que ha asolado a la humanidad entera, nos damos cuenta de la diferencia abismal con las pandemias del pasado, tanto la peste como el cólera, sobre todo en cuanto a la velocísima difusión propia del mundo globalizado e interconectado en el que vivimos hoy.

Pero, por otro lado, también hay que destacar las analogías, tras identificar las diferencias, para tener claro lo que podemos aprender de las pandemias anteriores de la historia a la hora de gestionar la presente: un buen ejemplo es la necesidad de trazar un mapa socio-sanitario de contagios y expansión de la enfermedad, entre otras cosas. En ese sentido, me gustaría evocar estas semejanzas y diferencias al hilo de un interesante estudio sobre la epidemia de cólera de Londres en 1854 a cargo de Steven Johnson titulado “El mapa fantasma”. El libro, publicado en inglés en 2006, acaba de ser traducido al castellano (Swing 2020).

Empecemos por las diferencias. Hay que destacar, por ejemplo, que la peste que se desató en la Bizancio del siglo VI tardó casi un siglo en arribar desde Oriente a Occidente y que los brotes que comenzaron en Asia fueron probablemente mucho más remotos. Otro tanto ocurre con la expansión pausada de la segunda gran pandemia de “yersinia pestis”, que asoló la Europa medieval en torno al siglo XIV o con la tercera, que se produjo a mediados del siglo XIX sobre todo en Asia, aunque también provocó casos décadas más tarde en lenta progresión. Unas y otras siguen rutas y mapas que corren parejas, lógicamente, con las redes y transportes del momento.

En cuanto al cólera, su primera aparición confirmada data probablemente de la expedición de Vasco de Gama a la India, a finales del siglo XV, pero no nos consta un brote bien atestiguado fuera de la India hasta mediados del XVII. Tardará mucho en extenderse por otros lugares hasta el siglo XIX, como reza el famoso título de García Márquez, una centuria que supone realmente “los tiempos del cólera”. Se suele situar la primera de las tres grandes pandemias de esta enfermedad a comienzos de siglo (1817) en la India, pasando a una segunda gran pandemia que empieza en 1829 en Oriente Próximo y otro en 1852 de nuevo en la India. Nada que ver, como es obvio, con la vertiginosa velocidad de trasmisión del coronavirus en un mundo hiperglobalizado como el nuestro.

Endémico de diversos países del mundo ha producido tremendas epidemias que se han extendido de forma universal. Su relación con las condiciones de vida insalubres de lugares donde las aguas fecales no son convenientemente tratadas o donde la población no tiene fácil acceso a suministros de agua potable y limpia, fue identificada ya desde esas pandemias. Filippo Pacini aisló por primera vez el bacilo en el 1854, el mismo año en que John Snow, como relata el libro de Johnson, demostró de forma fehaciente la relación del cólera con las aguas contaminadas por materias fecales en la terrible epidemia londinense. Es impresionante lo mucho que tardó en llegar la vacuna: algunas décadas después fue Robert Koch, el celebre descubridor del bacilo que lleva su nombre, el de la tuberculosis, quien pudo difundir la identificación de la bacteria y dar pie a los estudios que llevarían a una vacuna.

Es muy interesante considerar el caso de Londres, como hace Johnson, que era en 1854 la ciudad sin duda más avanzada el mundo, cabeza de un orgulloso imperio, pero que fue golpeada sin misericordia por esta pandemia. Y es que hay momentos en que los países avanzados tienen más papeletas realmente que muchos otros para una mayor mortalidad, como se ha demostrado en la reciente pandemia del coronavirus. Y aquí vienen las semejanzas, en este mundo en protoglobalización que fue el del imperialismo victoriano. En este caso, Londres unía su enorme desarrollo industrial y su condición de capital del Imperio al hacinamiento de la clase más desfavorecida junto con el problemático tratamiento de las aguas residuales de una urbe que había crecido exponencialmente por la inmigración de trabajadores y era muy complicado de solucionar.

La Commonwealth de transporte y comercio del Imperio Británico, con dominio sobre la India, favoreció la entrada y la difusión de la enfermedad por todas sus posesiones. Puede decirse que la relación de Inglaterra con la India –y con el Lejano Oriente en general–, cambió el mundo en muchas variables culturales, científicas, lingüísticas, filológicas o antropológicas y llevó el mundo a una precursora globalización, con apertura de una parte del mundo que estaba hasta entonces poco conectada con Occidente. (En España también, “mutatis mutandis”, se difundió terriblemente esta enfermedad en brotes sucesivos a mediados del XIX, en la época de Isabel II y gracias a la relación con América por mar desde Canarias, donde hubo uno de los últimos brotes virulentos en 1893).

Lo que nos sugiere la experiencia del Londres de 1854 como mayor lección para la actual epidemia –que ha cambiado ya nuestras vidas de forma imborrable–, es la manera en que este científico, John Snow, con la inestimable colaboración de otros colegas, a veces inesperados, como el reverendo Whitehead, por entonces uno de los párrocos de la iglesia de San Lucas del Soho, emprendió un pionero estudio de observación científica y demográfica que fue esencial para sentar las bases de la moderna epidemiología. La del 1854 fue una epidemia que se cebó en los barrios bajos y luego se expandió sin misericordia trazando un terrorífico mapa de la muerte que se extendía entre los limpiadores de letrinas –era proverbial la cantidad de excrementos entre las que se movían los londinenses de la época– y las viviendas asignadas en torno a los muelles y en los barrios más pobres, por el contacto con aguas insalubres y contaminadas por bacterias fecales y el contacto estrecho entre poblaciones de riesgo en medio del calor y la humedad de finales de agosto en el Soho.

Hoy que se habla mucho de trazar un mapa del coronavirus, tanto en sus grandes líneas de desplazamiento entre los países como en una perspectiva más reducida de los contactos personales que han ido propagando la enfermedad, hay que acudir a este importante precedente histórico. Lo que ocurrió en el verano de 1854 en la gran metrópoli europea de aquella época, y que puede leerse casi como una novela social o de intriga médica, es muy sintomático de por dónde iban a ir los derroteros de nuestro mundo. En una ciudad de medio millón de habitantes en un reducido espacio y con una gran cantidad de población desfavorecida, apiñada en condiciones insalubres y malviviendo de la basura, el brote fue realmente trágico. Y hay que enmarcarlo en aquel mundo de la revolución industrial, germen de los movimientos sociales y que vivió el propio Marx.

El horror de médicos, sacerdotes o científicos sociales ante las condiciones de vida de los sin techo y los trabajadores más humildes era compartido y se convirtió en apropiado caldo de cultivo para el desarrollo de epidemias como aquella. Esa crisis puso en jaque a las autoridades sanitarias victorianas, por imprevisión, mala gestión, falta de planificación y descontrol social. ¿Era tan imprevisible como la de hoy? También en nuestros días el coronavirus ha desbordado a la ciencia y a las autoridades pero ¿sería hoy posible lograr un mapa global de la enfermedad, extrapolando la experiencia de estos pioneros? El problema de la pandemia actual es la expansión veloz y a nivel global, pero también contamos con tecnología avanzada –el llamado “big data”, sobre todo– que podría haber previsto, o al menos ayudar a prevenir en lo futuro, el desarrollo de nuevas pandemias o brotes de ella. Hagamos caso, de nuevo, a la voz de los clásicos, en este caso a Cicerón: “Historia lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae”. Leer estos ejemplos ilustra sobremanera.

Tomado de www.larazon.es

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