TEMA 19: Sí­ntesis del proceso histórico de urbanización en España

I.- La CIUDAD PREINDUSTRIAL

Esta etapa comprende un largo perí­odo que va desde la aparición de los primeros núcleos urbanos, hace más de 2.000 años, hasta los comienzos de la revolución industrial a finales del siglo XVIII.

1.- Ciudad prerromana

Existen pocos vestigios de las ciudades prerromanas españolas. Las primeras ciudades se fundaron cerca de las costas mediterráneas por los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses, como, por ejemplo, Cádiz o Adra. El rasgo caracterí­stico de estas ciudades era la falta de orden en su organización.

2.- Ciudad romana (siglos III a.C. hasta s. V)

La expansión del imperio llevó a los romanos a la fundación de ciudades, que mantuvieron una serie de caracterí­sticas comunes. El trazado de las ciudades romanas se basaba en la existencia de dos grandes ví­as, una que iba de norte a sur, llamada cardo, y otra que iba de este a oeste, el decumano. En el cruce de estas dos ví­as se localizaba el foro, que era el centro de la vida en la ciudad. Cerca de él se emplazaban los principales edificios, como el anfiteatro, las termas y las casas de las principales familias. El resto de las calles se trazaba constituyendo un plano ortogonal. La necesidad de defenderse propició la construcción de murallas que cerraban todo el perí­metro de la ciudad.

Hispania era una de las provincias más romanizadas. Era un importante centro comercial y militar dentro del imperio, por lo que los romanos consolidaron una amplia red urbana con ciudades que se comunicaban mediante calzadas. En la actualidad, se pueden contemplar restos del pasado romano en muchas ciudades españolas, entre las que destacan Mérida, Tarragona, Barcelona, León, Cartagena, Pamplona, Lugo, Sevilla, Cáceres, Astorga y Zaragoza.

3.- Ciudad medieval (siglos V-XIV)

En España, durante este perí­odo, confluyeron dos culturas diferentes, que tuvieron formas distintas de entender el urbanismo: la cultura cristiana y la islámica. Las huellas del pasado medieval de las ciudades españolas son mucho más visibles que las de etapas anteriores y marcan profundamente la morfologí­a de las urbes.

3.1. Las ciudades cristianas se desarrollaron, sobre todo, en la mitad norte de la Pení­nsula, en las zonas que se iban repoblando debido al avance de la Reconquista. Por ello, tení­an una fuerte función defensiva y religiosa, lo que determinó la aparición de dos elementos muy importantes en la ciudad medieval. Por un lado, las murallas, que daban a las ciudades aspecto de fortaleza, y por otro, las iglesias y catedrales. La religión estaba presente en todos los ámbitos de la vida cotidiana y la construcción de iglesias era, además de una muestra de poder, el elemento que estructuraba la ciudad, ya que ocupaban generalmente los lugares más notables e importantes dentro del plano urbano.

En las ciudades medievales se superponí­an diversos tipos de planos sobre la base heredada de etapas anteriores. Fue común el uso de planos radiocéntricos, en damero y lineales.

Durante la Edad Media muchas ciudades crecieron gracias a la función religiosa que cumplí­an. Es el caso de Santiago de Compostela, lugar de peregrinación. Otras aprovecharon su función religiosa para crecer y desarrollar actividades económicas, como las del Camino de Santiago; y, por último, hubo las que crecieron directamente a partir del comercio, como Medina del Campo en la que se celebraban importantes ferias.

3.2. Las ciudades islámicas se desarrollaron, sobre todo, en la mitad sur de la Pení­nsula, donde la influencia musulmana era mucho mayor. Las ciudades musulmanas tení­an una doble función, religiosa y comercial. Son ciudades con un plano irregular y laberí­ntico, con calles muy estrechas, muchas de ellas, llamadas adarves, sin salida. En su estructura se diferencian dos partes: el espacio más importante de la ciudad islámica era la medina (madinat), un recinto amurallado en el que se localizaban los principales edificios, como la mezquita mayor o aljama, el zoco o mercado, la alcazaba -el palacio de gobierno- y las viviendas de las principales familias; fuera de este recinto se disponí­an una serie de barrios, generalmente también amurallados, llamados arrabales. Estaban ocupados por viviendas, mezquitas de menor importancia y baños públicos; además de los talleres de los artesanos y comerciantes agrupados por oficios.

La herencia islámica está muy presente en las ciudades que estuvieron más tiempo ocupadas por los musulmanes, como Córdoba, Sevilla, Toledo, Guadix y Granada.

4.- Ciudad renacentista (siglos XVI-XVI)

La Edad Moderna se distingue por la transformación del espacio interno de las urbes, el crecimiento de nuevos barrios o arrabales fuera de las murallas y el desarrollo de la arquitectura como un importante elemento urbano.

Durante el Renacimiento se utilizó, sobre todo, el plano ortogonal o en damero con una trama urbana muy jerarquizada. En la plaza mayor se encontraban los principales edificios y en las calles adyacentes las viviendas y talleres de comerciantes y artesanos, que se agrupaban por gremios o profesiones distribuidos por calles: el gremio de los plateros, el de los toneleros, etc.

Las ciudades de esta época cumplí­an funciones muy diferentes: algunas poblaciones castellanas tení­an una importante función económica debido al desarrollo de la agricultura, la ganaderí­a, la artesaní­a y el comercio; en el sur destacaron varias ciudades debido, en algunos casos, al auge del comercio con América. Por su parte, Madrid y Valladolid fueron importantes centros polí­ticos debido a la presencia de la Corte.

5.- Ciudad barroca (siglos XVII-XVIII)

Las ciudades barrocas van a intentar reflejar el poder de los monarcas europeos, por lo que comenzará a establecerse una auténtica polí­tica urbaní­stica siguiendo unos principios básicos: la búsqueda de la monumentalidad; la utilización de la lí­nea recta para crear grandes perspectivas urbanas y el seguimiento de cierta uniformidad urbaní­stica. Además las ciudades se embellecen con fuentes, jardines y grandes plazas. En definitiva, se pretendí­a que la ciudad fuera una obra de arte más.

II.- LA CIUDAD INDUSTRIAL

La revolución industrial, que se inició en Inglaterra a fines del siglo XVIII y en el resto de Europa en el siglo XIX, produjo un rápido crecimiento de las ciudades. Estas tuvieron que acoger a la creciente mano de obra que acudí­a desde el campo a trabajar en las nuevas fábricas.

1.- Crecimiento urbano incontrolado

La revolución industrial supuso el paso de una economí­a fundamentalmente agrí­cola a otra industrial. Los campesinos fueron abandonando el campo y marcharon a las grandes ciudades a trabajar en las fábricas que iban surgiendo, lo que produjo un importante crecimiento de la población urbana.

Las nuevas ciudades se situaron junto a las minas, que proporcionaban materias primas y energí­a a las fábricas, y en lugares óptimos para el transporte de mercancí­as, como puertos y cruces de rutas y lí­neas férreas. La función industrial pasó a ser la fundamental actividad urbana.

Como consecuencia, la ciudad creció rápidamente y generó en seguida serios desajustes, como la especulación, debido a la fuerte competencia por el control de un suelo limitado, y el hacinamiento de la población procedente del campo. En general, estas personas viví­an en unas condiciones lamentables, en barrios sin pavimentar, sin servicios y en viviendas que no reuní­an las mí­nimas condiciones de higiene y salubridad. Asimismo, la multiplicación de las fábricas dentro de la ciudad empezó a ocasionar graves problemas de contaminación.

Sin embargo, los adelantos de la revolución industrial influyeron positivamente en el desarrollo de los servicios urbanos, como la canalización del agua, la construcción de cloacas, distribución de la electricidad, introducción de los medios de transporte, etc.

2.- La planificación de la ciudad

El rápido desarrollo de la ciudad que se produjo con la industrialización llevó a una falta de planificación urbana.

Las ciudades estaban todaví­a rodeadas de murallas, por lo que en una primera etapa se produjo una gran masificación, al apiñarse los nuevos habitantes en un espacio limitado y reducido.

En el siglo XIX, las murallas fueron derribadas y la ciudad se pudo extender. Se edificaron nuevos barrios:

Por un lado, los barrios obreros que se situaron junto a las industrias, en los lugares más contaminados. Eran barrios muy degradados donde se hacinaban las viviendas, que eran de pequeño tamaño, las calles no estaban empedradas y carecí­an de servicios públicos (distribución de agua, cloacas y medios de transporte).

Por otro lado, los barrios burgueses, destacando los ensanches que tení­an un trazado ortogonal, amplias avenidas y los mejores servicios. En los ensanches se daba una división social en alturas: las familias más pudientes habitaban las mejores viviendas, exteriores y situadas en los pisos primero y segundo (no existí­an ascensores), mientras que los más pobres viví­an en las buhardillas y pisos altos o en las numerosas viviendas interiores.

El deseo de mejorar las condiciones de vida llevó a planificar proyectos de ciudad-jardí­n y de ciudad-lineal (Arturo Soria en Madrid), con viviendas unifamiliares rodeadas de amplias zonas verdes y ajardinadas.

3.- Los cambios en el siglo XX

En el siglo XX se crearon nuevas ciudades, localizadas cerca de una aglomeración urbana importante con el fin de descongestionarla. Las nuevas urbes se han convertido en auténticas ciudades-dormitorio. Sus habitantes trabajan en la aglomeración principal y disfrutan de sus servicios, por lo que se genera un intenso tráfico entre ellas y están comunicadas por trenes, autobuses e incluso metro.

 

III.- LA CIUDAD POSTINDUSTRIAL

La ciudad postindustrial surge a partir de la década de los setenta del siglo XX especialmente en los paí­ses desarrollados.

El centro pierde funciones residenciales y tiende a una especialización mayor en las actividades terciarias. Para reducir la contaminación y congestión se peatonalizan calles y se fomenta el transporte público.

La  tendencia a la flexibilización del proceso productivo ha permitido desplazar parte de las fábricas a otras zonas. En la periferia se ubican polí­gonos industriales junto a parques empresariales, industriales y tecnológicos.

La facilidad del transporte y las comunicaciones permite el desplazamiento de la población a zonas cada vez más alejadas, pues lo que importa es la accesibilidad (tiempo) no las distancias.

Esto ha creado la urbanización difusa, es decir junto a zonas suburbanas (espacio periférico pero urbano)  aparecen zonas rururbanas con caracterí­sticas mixtas del ámbito rural y urbano pero bajo la influencia de la metrópoli.

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