LECTURA: Las colas del hambre en el Chamberí de Rockefeller

Frente al edificio que compró la millonaria familia en el paseo General Martínez Campos, sor Josefa Pérez recibe a pie de calle a las más de 400 personas que acuden cada día a por su bolsa de alimentos. Las Hijas de la Caridad tuvieron que cerrar el comedor por las medidas de distanciamiento

En el paseo General Martínez Campos, en el madrileño barrio de Chamberí, se derrumbó hace dos años un edificio de hiperlujo comprado por la millonaria familia Rockefeller para construir viviendas de 8.000 euros el metro cuadrado. El accidente se cobró la vida de dos obreros y desde entonces el proyecto urbanístico ha estado paralizado. Hasta hace un mes. En pleno Estado de Alarma la inmobiliaria Richeliu Development consiguió una nueva licencia de obras y, pese a la situación que atraviesa el país, ya tiene reservado el 20% de las viviendas. «Nos ha sorprendido», reconoce a este diario una de las comerciales. «En pleno corazón de Almagro, la zona más elegante del centro de Madrid, 19 Martínez Campos es una propuesta exclusiva reservada a muy pocas personas», se lee en la página web de la inmobiliaria. Vivir en este inmueble, asegura, es «un lujoso acierto». En efecto, sus inquilinos podrán disfrutar de spa, piscina, gimnasio, jardines y enormes balcones con vistas a las colas del hambre que se forman diariamente en la acera de enfrente.

En el número 18 funciona desde hace más de un siglo el comedor social de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl, pero con las medidas de distanciamiento e higiene que impone el coronavirus lleva cerrado casi tres meses. Lo que antes se servía en bandejas, ahora se mete en bolsas y sor Josefa Pérez tiene que organizar las recepciones desde la calle. «Aquí se le da a todo el que viene», asegura la directora del programa Vicente de Paúl mientras recorre la cola a toda velocidad pidiendo «por favor, poneos a un lado para no entorpecer el paso». «Es que luego me regañan», aclara. Ayer había aproximadamente 400 personas aguardando su menú, un tupper de patatas con carne, un bocadillo de tortilla, otro de sardinas y una fruta. Las Hijas de la Caridad han dado este servicio durante todo el confinamiento y a medida que han avanzado los días el número de bolsas repartidas ha ido creciendo. «La gente podía tener algo ahorrado, pero desde luego no para sobrevivir tres meses», afirma sor Josefa.

Hasta el 31 de mayo les proveía el catering de un chef famoso y desde el 1 de junio lo hace el Banco de Alimentos. «La mayoría de los que piden son hombres y el porcentaje de españoles se ha equiparado al de inmigrantes». Cuenta esta monja que están creando una base de datos con el perfil de los usuarios y que todas las mañanas pasan parte al Ayuntamiento de Madrid. «Me ha sorprendido la cantidad de mujeres, antes solo eran el 11%, ahora no sé el porcentaje, pero ya te digo que ha crecido» y lo achaca a «las chicas que estaban en habitaciones y a las internas que se han quedado sin trabajo». Eso mismo le ha pasado a Edita López, vecina del barrio de Chamberí desde 2012, cuando se instaló en la casa de la señora que cuidaba. Con el coronavirus, la anciana falleció y la hija ha obligado a Edita a abandonar el lugar que ha sido su residencia durante hace 8 años. «Me ha dado de plazo hasta el 10 de junio. No sé que voy a hacer, no tengo nada ahorrado porque todo el dinero lo he ido enviando a mi país, Paraguay. Si no tengo para hacer la compra, cómo voy a pagar un alquiler», lamenta mientras avanza en la fila de Martínez Campos.

Sor Josefa se puso al frente de este comedor en 2016, pero antes trabajó en otro y allí encaró la enorme recesión de 2008. Visto en retrospectiva, asegura que aquella crisis le parece menos grave que la que ya está en ciernes. «Esta es diferente a todas las demás. La de 2008 fue financiera y nada más. Ahora, además, es sanitaria. Ya no nos sirve el modelo que teníamos y no valen la música y los aplausos. Va a hacer falta reestructurar todo, hacernos más fuertes, pero siendo más sensibles».

Ya no nos sirve el modelo que teníamos y no valen la música y los aplausos. Va a hacer falta reestructurar todo, hacernos más fuertes, pero siendo más sensibles, nos dice Sor Josefa

Entre las hermanas de la comunidad, algunas muy mayores, comenta la directora que equiparan esta situación a la de la postguerra. Porque en el crack del 2008 «el que tenía una red familiar se salvó, no necesitó más. En esta pandemia la gente ha estado sola, los hijos no han podido volver con los padres ni enfrentar las penurias juntos». Es cierto que en España la gente ya no se muere de hambre como ocurrió después de la Guerra Civil, «pero hay muchas formas de pasar necesidad. Comerte un donut te quita el hambre, pero esa no es la solución», critica la monja. A las voces recelosas les responde que todo el que se pone en la cola para entrar al número 18 de Martínez Campos es por necesidad: «Lo que pasa es que muchos de los que se acercan no están preparados para afrontar la situación y pedir ayuda, pero la gente tiene que sentir que de esta crisis no son culpables».

El rostro de la pobreza se ha difuminado y en aquella fila del hambre lo mismo puede verse a una persona sin techo que a un autónomo. A estos últimos les reconoce «porque las primeras veces miran de lejos, esperando que avance la cola, se meten y se salen. Y no saben cómo funciona, muchos me enseñan el carné y les digo que aquí se atiende a todo el que venga, porque no conozco a nadie que no tenga la mala costumbre de comer todos los días».

En la puerta también hay varias bicicletas aparcadas. A lo largo de la acera se cuentan más de una decena de mochilas de riders esperando su hatillo. La antítesis que supone trabajar repartiendo comida a domicilio y alimentarse de la beneficencia. Jarrison acude casi todos los días a eso de la 13:00 horas, cuando se pone en marcha el reparto. Hace ocho meses que llegó de Perú para trabajar y poder enviar dinero a su familia, «pero ahora eso es imposible». Gana unos 400 euros «y casi todo se me va en el alquiler». Con lo que le dan las Hijas de la Caridad «me alcanza o hago que me alcance para el mediodía y la cena». «Mira, también me han dado este traje para la lluvia, estoy muy agradecido», cuenta mientras se pone en marcha rumbo al portal donde paran a almorzar otros compañeros.

El trasiego de usuarios es incesante y la crispación rompe a menudo el silencio. Algunos increpan al fotógrafo porque no quieren verse reflejados en esa imagen. «Yo soy español y andaluz, en Erte y con 10 euros en la cuenta», vocifera el único español dispuesto a contar por qué tiene que pedir.

Tomado de www.larazon.es

 

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