Halloween o la ignorancia histórica

Enterrar a los muertos es procurarles un refugio y darles protección. De todos los ritos que el hombre ha practicado a lo largo de la historia, seguramente, los funerarios han sido los primeros.

Los cadáveres insepultos pueden ser pasto de las aves carroñeras y de los perros. Enterrar a los muertos es procurarles un refugio, enviarlos al seno del fuego o de la tierra y darles protección. Sófocles pone estas palabras en boca de Antígona: “Para más tiempo me trae cuenta el agrado de los muertos que el de los vivos, pues con ellos eternamente he de reposar”. Y añade dirigiéndose a su hermana: “Tú, si así te parece mejor, sigue desestimando leyes que los dioses tanto estiman”, enterrar a los muertos.

Hoy como en tiempos de Sófocles, se hace lo posible por recuperar el cadáver de un pescador desaparecido en el mar, de un montañero aplastado por un alud de nieve, él del conductor de un coche arrastrado por una creciente, el cadáver de un minero enterrado en las entrañas de la tierra y él de los pasajeros de una catástrofe aérea

Según algunos autores cristianos Gregorio IV, fundándose en las visiones del Apocalipsis, instituyó la fiesta de Todos los Santos, para celebrar y honrar a los santos, y rescatar y dedicarles el templo romano. No obstante, autores modernos piensan que estas festividades de la Iglesia católica son la cristianización del Samhain celta.

El día uno de noviembre los celtas apaciguaban los poderes del otro mundo y propiciaban la abundancia de las cosechas con la celebración de la fiesta Samhain, la cual era, para unos, el comienzo del invierno y, para otros, el final de verano; el principio de una nueva gestación, y de un período de intensa comunicación entre los habitantes de este y del otro mundo. Se reunía una gran multitud en el nemeton, claro del bosque, porque era una fiesta obligatoria. Quien no asistía corría el peligro de perder la razón. La fiesta era para los celtas una concentración de lo sagrado en un tiempo y en un lugar determinados.

Los mitos afirman que era el momento en el cual se habían producido grandes acontecimientos cósmicos. Las ceremonias festivas actualizaban, celebraban y comentaban el origen mítico y la continuidad de mundo. La muerte no era una desaparición sino un paso. Los celtas no tenían templos en el sentido latino de la palabra; celebraban sus fiestas y sus ceremonias rituales en el nemeton, claro del bosque. El bosque y el templo eran, para los celtas, nociones equivalentes o intercambiables.

Por las mismas fechas, los romanos celebraban las saturnales. El mundo de los espíritus se entreabría y salían personajes de pesadilla, las almas tenues, los cuerpos que habían sido enterrados y las sombras. Todos se nutrían de los platos depositados sobre las tumbas. Durante la preparación de parentalia, los romanos ofrecían a sus muertos, que habitaban las profundidades de la laguna Estigia, granos de sal, el don de Ceres (pan), violetas esparcidas sobre las tumbas, ramas de árboles como el pino, pero sobre todo, piedad para con ellos.

El Samhain, como otros muchos ritos y celebraciones precristianos, perduró con nombres diferentes en lugares distintos. La tarde del primero de noviembre se celebra el magosto en Galicia, la castañada en Cataluña y la mauraca en Las Alpujarras que deberían celebrarse en el descampado, a poder ser el claro del bosque. En otros pueblos de Francia y el Pio Monte recibe otros nombres. El día del Samhain, los celtas encendían el primer fuego, origen de todos los fuegos. Con él se encendían todos los fuegos de la isla. El fuego y el vino son elementos constitutivos del Magosto, de la Castañada y de la Mauraca y de todo ritual con castañas. Las Constituciones Sinodales gallegas dicen que, en el velorio, el día de los Fieles Difuntos y en algunas otras ocasiones, los gallegos ponían mesas en las iglesias, comían hasta encima de los altares y bailaban. Y en el siglo XVI, el día de los Fieles Difuntos, los pobres comían, entre otras cosas, los restos de las castañas de los señores.

Hoy la muerte real es un tabú.

La enfermedad y la muerte no ocurren en casa sino en el hospital a donde los niños y los jóvenes no van casi nunca. Los niños y los jóvenes sólo conocen la muerte de las pantallas: cine y televisión; por eso juegan con la muerte a cuchilladas, a golpes. Las prácticas y los ritos tradicionales con motivo de la muerte se asentaban en la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma. Al no creer en el más allá, la muerte no tiene sentido ni justificación. De este vacío y contrasentido nace la afirmación, “el hombre es una pasión inútil” (Sartre) y el hombre es un ser nacido para la muerte que está muriendo desde que nace (Heidegger). De ahí la angustia existencial en que vive el ser humano. La tanatopraxia es un intento de inmortalizar el cuerpo. Maquillaje, incorporar música a la caja. Muchos vuelven a meter en la caja objetos preferidos del muerto, como las sociedades primitivas. Pero los antiguos admitían creer en el viaje y los de hoy dicen no creer en nada de eso.

El vacío de celebraciones al dejar de celebrar de manera tan visible como antes las ceremonias que rodeaban los enterramientos, los cazadores de novedades y los grandes almacenes importaron de los Estados Unidos Halloween, víspera de los Santos, creyendo que era algo completamente nuevo olvidando o ignorando que Halloween es el nombre que dan al Samhain los que ignoran la historia y vacían los ritos de su contenido para convertirlos, tal vez contra su voluntad, en puros eventos comerciales y cascarones vacíos sin significado. Con la cristianización, la fiesta celta dejó de llamarse por su nombre y durante mucho tiempo se creyó que había desaparecido, y aún en círculos oficiales se da por perdida. Los colonos escoceses e irlandeses habían llevado en el siglo XIX el Samhain a los EEUU en donde se le ha llamado Halloween.

Muchos tanatorios más que lugares para velar muertos parecen discotecas, hilo musical, bar de copas. Para millones de personas, el cementerio es un arrimadero de flores un día al año.

La muerte es reconocida como la transformación de un estado en otro. El homo sapiens fue alcanzado por la muerte como por una catástrofe irremediable. Las prácticas y los ritos tradicionales con motivo de la muerte se asentaban en la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma. Al no creer en el más allá, la muerte no tiene sentido ni justificación. De este vacío y contrasentido nace la afirmación, “el hombre es una pasión inútil” (Sartre) y esta otra, el hombre es un ser nacido para la muerte que está muriendo desde que nace (Heidegger). De ahí la angustia existencial en que vive el ser humano. La sociedad occidental no sabe qué hacer con sus muertos. Hoy la muerte real es un tabú. Los niños y los jóvenes sólo conocen la muerte de las pantallas, la muerte virtual.

Muchos no creen en la inmortalidad del alma, pero hacen todo por inmortalizar el cuerpo. La tanatopraxia es uno de esos intentos. Muchos vuelven a meter en la caja objetos preferidos del muerto, como las sociedades primitivas. Pero los antiguos creían que el muerto se iba y los de hoy dicen no creer en nada de eso. Para llenar el vacío que ha dejado la falta de ritos, los cazadores de novedades y los grandes almacenes importaron de los Estados la fiesta de Halloween, que es el Samhain que llevaron allí en el siglo XIX los colonos escoceses e irlandeses. El Samhain, fiesta celta en memoria de los antepasados, como otros muchos ritos y celebraciones precristianos, perduró con nombres diferentes en lugares distintos. Magosto en Galicia, la castañada en Cataluña y la mauraca en Las Alpujarras, en otros pueblos de Francia y el Pio Monte recibe otros nombres, que deberían celebrarse en el claro del bosque donde los celtas celebraban el Samhain.

En Galicia, el funeral es un acontecimiento familiar que se convierte en social. “Es de pueblos atrasados esos entierros multitudinarios, propios de mentes tribales”, dicen algunos. En verdad, se trata de acompañar en el duelo a la familia, los creyentes también de rezar por el eterno descanso del fallecido, de integrar al difunto en la comunidad de los muertos haciéndole una despedida digna. “En otros lugares llaman psicólogos para ayudar a la familia a superar la muerte de un familiar. Nosotros no necesitamos eso, nos ayudamos mutuamente”, me dijo alguien conversando sobre este asunto

Tomado de www.religiondigital.org

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