BIOGRAFíA: Aní­bal

Aní­bal Barca (En púnico, Hani Ba’al -«gracia de Baal»- Barqā -«el rayo»-) (247 adC – ”  183 adC), hijo de Amí­lcar Barca, fue un general cartaginés perteneciente a la dinastí­a Bárcida, que destacó por sus campañas contra los romanos. Está considerado uno de los lí­deres militares más importantes de la historia por sus excepcionales habilidades en la táctica y la estrategia en el campo de batalla.

Ascensión a general y campañas en Iberia

Tito Livio se hace eco en su obra Décadas del odio que Aní­bal sintió desde su juventud por el eterno enemigo romano:

Se dice que Aní­bal, cuando apenas tení­a nueve años de edad, habí­a suplicado a su padre que le llevase a España. Entonces Amí­lcar, que estaba preparando por medio de un sacrificio a su ejército para trasladarlo a este paí­s, llevó a su hijo ante el altar, hizo que sus manos tocaran las ofrendas y le obligó que jurase hacerse enemigo del pueblo romano…Tito Livio, Décadas; Libro XXI

A la muerte de Amí­lcar en 228 adC, su yerno Asdrúbal el Bello quedó al mando del ejército cartaginés en Iberia y, asesinado éste en 221 adC, el ejército eligió a Aní­bal como general. Sin embargo, como sucediera con Asdrúbal, en Cartago el nombramiento fue mal recibido entre los aristócratas, denominados “Los Viejos”, defensores del nombramiento de Hannón el Grande, ya que consideraban que era peligroso convertir el mando del ejército en un cargo hereditario y más cuando lo ostentaban miembros de una familia demócrata, como era el caso de los Barca. A pesar de ello, el Consejo púnico confirmó el nombramiento hecho por la tropa.

Vistas las dificultades finalmente superadas de su nombramiento, Aní­bal decidió lanzarse a realizar conquistas que demostraran su pericia en el mando y saciaran la sed de oro de los ambiciosos aristócratas que tanto habí­an desconfiando de la oportunidad de su mando. Recorrió el interior de la pení­nsula ibéricaSagunto, firmada posteriormente al tratado, vulneraba este tratado debido a estar la ciudad en la órbita de influencia cartaginesa. Esa es la razón por la que Aní­bal atacó Sagunto en el año 219 adC, provocando el estallido de la contienda. durante dos años alcanzando con su campaña renombre militar, la confianza de sus soldados y tesoros inmensos para Cartago, llegando de esta manera a una situación en la que sí­ podrí­a enfrentarse a los romanos. Para evitar una inminente confrontación entre Roma y Cartago, Asdrúbal, yerno de Amí­lcar Barca y general de los ejércitos cartagineses a la muerte de éste, estableció un tratado por el cual no se podí­a extender la influencia cartaginesa más allá del norte del rí­o Ebro. La alianza entre Roma y

La oportunidad se presentó a las puertas de Sagunto, a la sazón aliada de Roma, la misma ciudad que casi veinte años antes su padre habí­a respetado al considerar que Cartago no se encontraba aún preparada para la guerra. Enfrascada en un pleito sobre los lí­mites territoriales con Túrbula (la actual Teruel) atacaron a territorios pertenecientes a Cartago y Aní­bal, con la autorización del Consejo cartaginés, respondió a las agresiones destruyendo por completo la ciudad en el año 219 adC, tras un sitio que se prolongó durante ocho meses.

Aprovechando este hecho como excusa, una embajada de Roma declaró la guerra contra Cartago, una guerra que estaba planeada hací­a mucho tiempo, pero que habí­a sido postergada por el escaso apoyo popular romano. Aní­bal le confió la defensa de Iberia a su hermano Asdrúbal y partió en la primavera del 218 adCelefantes a la conquista de Roma. Su ejército estaba formado por libios (africanos) y mercenarios í­beros que se habí­an ido uniendo al ejército cartaginés a medida que, primero su padre, luego Asdrúbal, y finalmente el propio Aní­bal, conquistaran el territorio. De esta forma, Aní­bal pretendí­a desviar el golpe mortal que recaerí­a sobre la metrópolis cartaginesa mediante un ataque desesperado directo al corazón de la República Romana. con 100.000 infantes, 12.000 caballos y 50

Dirigiéndose hacia el norte, llegó a vadear el Ebro, frontera con el territorio romano, sin hallar resistencia entre los pueblos que encontró a su paso. En este punto confió a Hannón 11.000 hombres para mantener las comunicaciones entre el Ebro y los Pirineos, lugar hasta el que continuó, atravesándolo y avanzando luego hasta el Ródano. A pesar de sostener algunos combates con los galos que encontró a su paso, consiguió firmar pactos con algunos de ellos, ofreciéndoles las riquezas que encontraran más allá de las montañas.

Hacia Roma

A medida que avanzaban hacia Roma, la infanterí­a de Aní­bal se redujo a la mitad, mayoritariamente por la deserción de algunas tropas novatas ibéricas que se habí­an unido en el último momento motivadas por la fama adquirida por el estratega luego de sus victorias. Cuando Aní­bal estaba preparando a sus tropas para cruzar el Ródano, un gran contingente de volcos, que habitaban en las cercaní­as del rí­o, se situó en la otra orilla con la intención de evitar que los cartagineses cruzaran el rí­o. Consciente de que por la fuerza no podrí­a cruzar el rí­o, Aní­bal envió a Hannón con un destacamento de mercenarios í­beros rí­o arriba, con el fin de que cruzasen el rí­o sin ser vistos y sorprendieran por la retaguardia a los volcos.

Así­, remontaron el rí­o hasta un lugar donde era menos profundo y al dí­a siguiente, estas tropas bajaron hasta el campamento enemigo, cayendo sobre él y ahuyentando a los celtas, al tiempo que Aní­bal cruzaba el Ródano. Aprovechó para hacer alianzas y para conseguir provisiones para el paso de los Alpes.

A finales de octubre Aní­bal llegó al nacimiento del rí­o Isí¨re, al pie de los Alpes, emprendiendo sin demora la ascensión a las altas y nevadas cumbres. Desde una de ellas (quizá el monte Ginebra, el Col d’Argentií¨re o acaso el monte Cenis) el general mostró a los suyos la llanura del Po y las campiñas romanas; nadie hasta entonces habí­a cruzado por tales lugares con un ejército. Veinte siglos después, Napoleón conseguirí­a repetir tal hazaña.

A pesar de la oposición de los nativos (galos cisalpinos) y de la dureza del descenso, logró cruzar los Alpes pisando por fin suelo romano, dando al traste con los intentos de los romanos de mantener su territorio al margen de la guerra. Pero las bajas habí­an sido terribles; no quedándole más que 20.000 infantes y 6.000 caballos para hacer frente a un pueblo que podí­a oponerle un ejército de 80.000 soldados.

Tras un pequeño descanso para reparar su exhausto ejército, se enfrentó a los taurinos (de Taurini, la actual Turí­n), derrotándoles y prosiguiendo su avance a lo largo del rí­o Po obligando a los romanos a evacuar la Lombardí­a por la superioridad de su caballerí­a. La mayor parte de los galos cisalpinos (celtas), que conservaban el resquemor de la reciente derrota sufrida a manos de los romanos, se incorporaron al ejército de Aní­bal, sobre todo tras su victoria en la batalla del Trebia, rí­o afluente del Po, en diciembre de (219 adC) en las cercaní­as de Placencia, primera batalla formal entre Aní­bal y los romanos de la Segunda Guerra Púnica.

Tras la victoria y asegurada su posición, Aní­bal decidió acuartelar sus tropas para invernar, pero sospechando la deserción de los galos, determinó atravesar los Apeninos buscando al sur una base de operaciones más segura. Marchó en primavera de 217 adC sobre Arezzo, tan pronto como se lo permitió la estación, siguiendo los caminos pantanosos a lo largo de los rí­os Arno y Clani que se encontraban en aquella época del año casi intransitables. A causa de un poco de barro, perdió un ojo y durante un tiempo fue llevado a lomos del único elefante que le quedaba tras el paso de los Alpes y las batallas con los romanos, su elefante Surus.

Atravesados los Apeninos y después de derrotar en la batalla del lago Trasimeno al cónsul Flaminio, que pereció en la batalla, avanzó hacia Roma, donde Quinto Fabio Máximo habí­a sido nombrado dictador. En su avance derrotó a Marco Minucio Rufo y luego, en la batalla de Cannas en agosto de 216 adC, derrotó a los cónsules Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo recientemente nombrados y a su poderoso ejército de 80.000 legionarios con un ejército de tan sólo 30.000. Ese mismo año, tras un largo sitio, conquistó Capua, la segunda ciudad más grande de Italia, convirtiéndola en su nueva base.

A pesar de sus victorias no pudo aún marchar sobre Roma, que podí­a resistir un largo sitio gracias a sus murallas y su constante aprovisionamiento por mar. Tampoco era viable el asedio de la ciudad, porque Aní­bal carecí­a de material de asedio y hombres suficientes. De modo que envió a su hermano Magón a solicitar refuerzos a Cartago. La respuesta, por boca de Hannón el Grande, no pudo ser más desalentadora: Si Aní­bal es vencedor, no los necesita; si es vencido, no es digno de ellos, así­ Hannon demostraba su odio a Aní­bal sin importarle el daño que le hací­a a su patria. Sin ayuda exterior, su posición en el sur de Italia se fue dificultando, al tiempo que su objetivo de conquistar Roma se tornó cada vez más remoto. Por otra parte, le resultaba cada vez más difí­cil defender a los pueblos que habí­an estado bajo el yugo romano y que ahora se aliaban con Aní­bal porque veí­an en él a su libertador dada la falta de efectivos. En los años siguientes ocupó las ciudades de Tarentum (actual Tarento) en 211 adC y Samnium en 210 adC, aunque también sufrió algunos reveses, como la pérdida de Capua.

Regreso a Cartago

Con la pérdida de Tarentum (actual Tarento) en 209 adC y la gradual reconquista romana, su posición en el sur de Italia estaba perdida. En 207 adC, Aní­bal volvió sobre Apulia, donde querí­a concentrar sus fuerzas en espera de la llegada de su hermano Asdrúbal para lanzarse sobre Roma. Pero su hermano, aunque logró entrar en Italia, fue derrotado, falleciendo en el combate. Enterado, Aní­bal se replegó en las montañas a esperar refuerzos; sin embargo, el resultado de la guerra, extendida ya por España y Sicilia, se fue tornando favorable a los romanos. El joven cónsul Publio Cornelio Escipión El Africano, que consiguió someter Sicilia y posteriormente Hispania, decidió trasladar la guerra a ífrica para alejar a los cartagineses de Roma. Cartago, viéndose en peligro, llamó a Aní­bal, que acudió, no sin antes saquear por el camino el tesoro público de muchas ciudades, dando así­ rienda suelta a su ira por tener que abandonar la lucha que durante 16 años habí­a mantenido en tierra ajena sin lograr su propósito.

Una vez en Cartago, consciente del peligro que acechaba la ciudad, rehusó el enfrentamiento a pesar de las crí­ticas del Consejo y se reunió con el general Escipión en la ciudad de Zama, 160 km al sur de Cartago, para negociar la paz, pero ante la falta de acuerdo los generales se retiraron a sus campamentos. Poco después, en el campo de batalla cercano a la citada ciudad, el ejército cartaginés cayó derrotado por la gran superioridad de la caballerí­a romana (202 adC). Tras la derrota, el Consejo, por iniciativa de Aní­bal, envió embajadores para que aceptasen el convenio de paz ofrecido por Roma, con lo que finalizaba la Segunda Guerra Púnica.

De regreso a Cartago, Aní­bal se hizo nombrar sufete, equivalente al cónsul romano, cargo desde el que mostró sus dotes de estadista llevando a cabo algunas reformas por el bien de la república, como por ejemplo, poner coto a los abusivos tributos exigidos por Roma para la firma de la paz, de forma que pudieran satisfacerse a plazos sin necesidad de imponer al pueblo impuestos adicionales extraordinarios. Siete años después de la derrota de Zama, los romanos, recelosos de la nueva prosperidad de Cartago, enviaron embajadores a la ciudad; intuyendo Aní­bal que pretendí­an que se les entregase su persona, embarcó en secreto para refugiarse en la corte de Antí­oco III, en Siria.

Captado el afecto del rey, pensó en coaligarlo con Filipo V de Macedonia y los cartagineses para invadir Italia por segunda vez. Con el propósito de informar a sus amigos del plan, envió un hombre a Cartago. Sin embargo, el plan fue descubierto y su emisario obligado a huir mientras la República renovó sus promesas de lealtad a Roma. Cornelio Nepote afirma que tres años después de su huida de Cartago, Aní­bal se acercó con cinco barcos a las costas de Cirene para inducir a los cartagineses a la guerra contra Roma, pero que fracasado su proyecto, volvió a Siria. En 190 adC, Antí­oco es derrotado en una batalla de la desembocadura del rí­o Eurymedon.

Tras la derrota de Antí­oco en Sipilo, Roma impuso la entrega de Aní­bal como condición para la firma de la paz. Avisado por Antí­oco, Aní­bal huyó a Bitinia para ponerse bajo la protección de Prusias. Sin embargo, Roma consiguió descubrir el destino de su mortal enemigo, enviando una embajada de la que formó parte Flaminio, para solicitar de Prusias la entrega de Aní­bal.

Temeroso de la reacción que pudiera causar en Roma una negativa, pero sin querer faltar al deber de la hospitalidad, Prusias accedió pero diciéndoles a los embajadores que procediesen ellos mismos a su captura, ya que no les serí­a difí­cil encontrar su morada. La encontraron y rodearon con soldados todas las salidas del castillo. Aní­bal, enterado de que no habí­a escapatoria, tomó un veneno que siempre llevaba en su anillo y pronunció sus últimas y célebres palabras Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano. Ese mismo año, en Italia fallecerí­a también Escipión.

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