Desmemoria Histórica (Las matanzas de Paracuellos 1936-2026)

Un otoño fatal, el de 1936

El 7, 8, 9, 18, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 de noviembre y el 1 y el 4 de diciembre, unos cuantos miles de personas, encarceladas de manera irregular en cárceles y checas mandatadas por partidos del Frente Popular, asociaciones y sindicatos izquierdistas y anarquistas, son conducidas en convoyes, camionetas y autobuses urbanos, hacia distintos lugares de las afueras de Madrid. Se les dice que van a ser trasladados a otros centros penitenciarios. Pero es mentira. Uno de los destinos fatales será Paracuellos del Jarama, un paraje cerca del arroyo de San José.

Una vez allí, los verdugos ordenan a todos los de la saca, es decir, el grupo de personas que figuraba en esa lista, bajar. Van atados por los codos de dos en dos. Se les despoja de todas sus pertenencias y, en algunos casos, de la ropa y se abre fuego. Unos mueren en el acto, otros no. Allí se quedan maltrechos y agonizando. Habitantes del pueblo de Paracuellos recordaron durante años los gritos que en la noche llegaban hasta sus casas.

Murieron hijos con sus padres o madres con sus hijos. Los delitos de las víctimas eran variopintos: por comprar prensa de derechas, por ir a un colegio católico, ser conservador, militar o religioso. Dicen los historiadores que «se busca de manera premeditada la aniquilación, el exterminio, la matanza del enemigo de clase, sacerdotes, militares, aristócratas, clases medias, burgueses… y luego da igual mujeres que niños».

Las sacas de Paracuellos fueron unas matanzas ideológicas como no hubo otras en la Guerra Civil. Fueron ejecuciones sumarias y orquestadas por dirigentes del Gobierno frentepopulista, «desde las estructuras del poder republicano», que hicieron caso omiso de las denuncias de las embajadas extranjeras que pedían que pararan la masacre. La represión en la retaguardia republicana, lejos de las zonas de combate, no se limitó a episodios espontáneos de violencia miliciana, que también. Hubo listas, transportes organizados, participación de los escuadrones de seguridad del Gobierno. Algo sistematizado.

Quién, cómo y dónde

José Miguel de Ezpeleta cuenta que la que «toma la decisión de que hay que empezar con las expediciones de las de los presos» es la socialista Margarita Nelken. «Manda los exhortos, o sea, las listas» a las cárceles. Nelken, íntima amiga del masón Manuel Muñoz, director general de Seguridad, y del ministro Ángel Galarza, se «encuentra papeles, oficios firmados en blanco, y manda a los que están allí trabajando que rellenen esas listas que luego firmará Segundo

En el podcast también se detalla cómo fueron las primeras cuatro sacas de los días 7 y 8 de noviembre. Un tortuoso viaje que dura hasta «diez horas», desde que se va llamando a los presos que están en sus celdas, hasta que montan, pasan todos los controles y llegan al destino. La contraseña que se usa en Paracuellos para alertar de que ese día habrá ejecuciones es «hoy hay besugo fresco». Nos cuentan que «los autobuses de Paracuellos regresaban con los cristales rotos y los suelos cubiertos de sangre».

Entre las curiosidades que se desvelan en la charla está cómo los días nublados hay más ‘paseos’ que los soleados. Dice Ezpeleta que si uno estudia la meteorología se da cuenta de que en días de lluvia, en los que el frente no se mueve, aprovechan «recursos como son camiones, gasolina, conductores…» para las masacres.

En Paracuellos hay «3.750 víctimas documentadas», dicen los expertos. Aunque «Santiago Carrillo lo negó toda su vida, pero el Gobierno de Madrid lo sabía todo y lo controlaba todo». Según los historiadores, «el Gobierno de Largo Caballero entregó los presos de Madrid a los comunistas a cambio de poder huir a Valencia».

Tomado de www.libertaddigital.com

 

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