Educar para pensar, pensar para educar
Hay una pregunta que vale su peso en oro para saber si alguien entiende lo que piensa o si es conocimiento adquirido pero no digerido: ¿cómo sabes que eso es así? Es innegable: la información ahora llega de forma instantánea, abundante y aparentemente fundamentada, así que saber de dónde viene lo que sabemos y cuánto nos fiamos de ello se ha convertido en una de las habilidades más importantes que una persona puede tener. Sin embargo, también es una de las más difíciles de enseñar.
Confiar demasiado puede llevar a errores
La IA es capaz de contestar lo que sea, con tal de dar la razón, y esto puede ser gracioso cuando se equivoca de marca de colorete, pero fatal si le preguntas sobre setas. Por eso, es clave saber qué estamos preguntando, por qué y para qué: un asistente de inteligencia artificial suele dar la probabilidad más plausible, pero no necesariamente la correcta, por lo que hay que contrastar siempre la información. El problema no es la herramienta en sí (aunque en este punto también podríamos valorar aspectos como su coste medioambiental y las consecuencias a largo plazo que puede tener en el mercado laboral), sino la actitud con la que se usa. Aceptar una respuesta sin preguntarse si es correcta, completa o sesgada, sin prestar atención a quién o qué ha programado esa respuesta y a cuál es el prejuicio desde el que lo hace es un hábito que se instala con una facilidad preocupante. Además, la IA tiene una característica que lo complica todo: responde siempre con mucha seguridad, incluso cuando se equivoca.
Tener criterio no es desconfiar de todo
Tener criterio no significa desconfiar de forma sistemática ni rechazar la tecnología de pleno; tenemos que huir de discursos apocalípticos y basarnos en la ciencia, los datos y las voces expertas, que nos pueden ofrecer un escenario más completo. Sin embargo, es indudable que sí implica una cautela adicional al usar las herramientas. Para enfrentarnos a los retos del futuro, saber hacerse preguntas, comprobar, contextualizar y decidir de forma consciente comienza a ser parte aún más vital de la educación de pequeños y mayores. Es, en definitiva, lo que siempre hemos llamado «pensar», pero en un entorno donde ya no hace falta memorizar datos, la tentación de delegar ese proceso es mayor que nunca.
La familia como primer laboratorio de pensamiento
Todo empieza en casa: el hogar es el primer lugar donde se puede practicar esto y no requiere formación especial. Basta con incorporar algunas preguntas al día a día: ¿qué opinas tú?, ¿qué dudas te genera esto?, ¿cómo podríamos comprobarlo?, ¿qué cambiarías? y, la más importante, ¿y a ti qué te parece? Mediante estas preguntas a priori inocentes les estamos inculcando a los más pequeños que no tienen que aceptar la realidad solo porque se la dan personas a las que confieren cierta autoridad social; pueden tener sus propios valores y cuestionar siempre lo que se da por hecho. Son preguntas que no buscan una respuesta correcta, sino activar el proceso de pensamiento.
Dudar también se aprende
Quizá lo más valioso que una familia puede transmitir en este contexto es que dudar es saludable y vital en los tiempos que corren, y, sobre todo, que no saber es parte del aprendizaje y que equivocarse, chequear, buscar e informarse ayuda a pensar mejor. En una cultura que premia la respuesta rápida y la seguridad aparente, enseñar a tolerar la incertidumbre y cuestionar la primera impresión es casi un acto de supervivencia.
Tomado de www.elcorreo.com
