El oso pardo gana terreno

Ocurrió hace una semana, poco antes de que la noche se echara sobre los montes de Cangas de Narcea, salpicados de prados con sebes, matorrales y avellanos; donde buscan refugio alcaudones, abubillas y camachuelos. Ni siquiera los más viejos del lugar recordaban cuándo había sido la última vez. Carmen Suárez -75 años, vecina de la remota aldea de Sonande- daba su habitual paseo después de cenar cuando, alzándose sobre sus cuartos traseros, una presencia descomunal le salió al paso en el camino de Sorrodiles; el mismo peligro contra el que de pequeña ya le advertían sus padres cada vez que le enviaban a guardar las ovejas.

Nadie sabe lo que le pasó por la cabeza al oso, que al parecer llegó hasta allí siguiendo el rastro de una hembra en celo; pero es fácil imaginar el susto de Carmen, sin más defensa que una frágil vara contra ese zarpazo que temía y que no tardó en llegar. La mujer acabó en el suelo, hecha un gurruño de dolor y sangre: la cadera rota, igual que la nariz, la dentadura… «Tiene los ojos como mapas», detallaba su yerno, horas después de que las ambulancia rasgara con su sirena la quietud del valle y de que la mujer fuera evacuada al hospital. Aterrorizada, pero viva.

El oso pardo gana terreno en el norte de España. Lo hace en buena medida al estar protegido por las leyes, sí, pero también al no hallar la competencia directa de los humanos, cada vez menos interesados en el aprovechamiento del medio rural. Es la España vaciada, esa que nunca queda vacía del todo. La fauna y la flora la retoman, siguiendo las imperturbables coordenadas del ciclo de la vida.

«No hay osos donde no los haya habido antes -sostiene el presidente de la Fundación Oso Pardo, Guillermo Palomero-. En las zonas donde se expande este plantígrado hay tradición de levantar cortines y alvarizas (construcciones circulares de piedra para proteger las colmenas de los ataques) antiguos, y eso evidencia que el animal ya estaba allí hace siglos, obligando al hombre a agudizar el ingenio en ese duelo constante por proteger sus alimentos».

Palomero y su equipo de colaboradores han constatado tanto la recuperación sostenida de las poblaciones asturianas de oso pardo como la expansión de la especie hacia el sur, «por O Courel, al este de Lugo y Ourense, siguiendo la sierra de La Cabrera entre León y Zamora. Incluso hemos visto que algún ejemplar ha entrado ya en los montes de Portugal cercanos a Zamora».

Por el otro lado, al este de Asturias, las poblaciones oseras también se van adentrando hacia sus antiguos dominios. Hay especímenes que han superado la A-67, la autovía que une Santander con la Meseta. «Comienzan a verse por el monte Hijedo (zona oriental de la montaña cántabra y norte de Burgos), e incluso hay indicios de que pueden haber llegado al País Vasco, aunque eso lo tenemos menos estudiado». De momento, lo que preocupa a la fundación es averiguar cómo y por dónde han superado la barrera que supone la A-67. «Creemos que por los pasos inferiores, pero hay que comprobar que no invadan la caja de la autopista, porque eso generaría situaciones de alto riesgo», dicen.

Los ‘embajadores’

El paso del oso al este de la A-67 se produce sin que por el momento se hayan asentado poblaciones de esta especie en la zona que delimita la A-66, la otra gran barrera norte-sur. «Todavía hay mucho espacio en Asturias para que el oso crezca en número. Todo el corredor central, por ejemplo, carece de poblaciones consolidadas», explica Palomero. Eso no significa que no se produzcan avistamientos, y son muchos los vecinos de Lena, Aller y Caso que consideran que en breve habrá allí osas «residentes».

Los que más se mueven son los machos, y en especial los jóvenes. Los ejemplares de entre 3 y 5 años son lo que los científicos califican ‘osos embajadores’, «que se adentran en terrenos nuevos porque los adultos les echan de los suyos de origen». Son estos los que avanzan, los que van recuperando territorios de monte y valles altos, mientras que las hembras reproductoras tienden a quedarse en el valle en el que nacieron o a lo sumo moverse al colindante.

Son ellas, precisamente, la causa de que en época de celo haya grandes concentraciones de machos. Lo ratifica Vincenzo Penteriani, investigador del CSIC y de la Unidad Mixta de Investigación en Biodiversidad de la Universidad de Oviedo. «En primavera, dos o cuatro hembras en celo en un valle pueden atraer a diez o quince machos que luego se irán a sus zonas habituales, a cincuenta o hasta a cien kilómetros de distancia».

Es entonces cuando los osos pierden parte de su desconfianza habitual y se aventuran más de lo que tienen por costumbre. Lo demuestra el hecho de que cinco de los nueve ataques registrados en España desde 1999 tuvieron lugar en primavera: cuatro de ellos a causa de un encuentro súbito con un macho, y otro al cruzarse con una hembra que no estaba en celo, pero protegía a sus esbardos -crías-, motivo que está detrás del 47% de las acometidas contra humanos en todo el mundo.

Una de las claves de que en España los ataques a personas sean tan poco frecuentes es que las zonas de asentamiento permanente de la población osera son las cotas con vegetación más altas de la cordillera y los bosques, donde se ha abandonado la actividad agroganadera. De hecho, el ataque a la vecina de Sonande es el primero que ha sufrido una persona en décadas en el Principado, y eso a pesar de que es allí, en los valles altos del suroeste asturiano, donde está radicada la máxima concentración de osos de toda la Península, unos 280.

Desde miel a carroña

Los expertos avalan el carácter excepcional de este ataque. Aunque la población de osos que más se ha recuperado está en el Suroccidente, donde más episodios violentos se han registrado es al este de esa región, donde se contabilizan medio centenar de ejemplares. Cinco de ellos están en Palencia, uno en León y otro en Cantabria. El resto deambula por los Pirineos, procedentes de reintroducciones de individuos traídos de zonas europeas donde su presencia es mayor.

El oso pardo es omnívoro -el único supercarnívoro es el polar-, y los daños que causa tienen que ver por lo general con sus hábitos alimenticios. Colmenas destruidas para acceder a las larvas (ahora) o a la miel (más avanzado el año), cultivos de huerta y frutales y, más excepcionalmente, algún ataque al ganado. Si el oso dispone de carroña, no caza. Y ninguno de los nueve ataques de las últimas dos décadas fue predatorio. Siete fueron reacciones instintivas de un animal nervioso ante un encuentro súbito. Otro, un macho que creía defender la carroña de la que se estaba alimentando. Y otro más, en Lérida, cuando el animal atacó a un cazador que le gritó.

Los osos suman en Asturias aproximadamente los mismos ejemplares que el lobo, asegura el director general de Medio Natural y Planificación Rural, David Villar. Al igual que sucede con los osos o los linces, los cánidos han experimentado un aumento sostenido, lo que ha llevado a la Administración autonómica a gestionar este crecimiento para evitar conflictos con la población. Un discurso conciliador, a caballo entre la necesidad de preservar la biodiversidad y la de fomentar la actividad económica en el campo. No es ninguna tontería. El lobo genera todos los años daños por valor de 800.000 euros en Asturias, a los que hay que sumar otros 1,2 millones provocados en los cultivos por jabalíes, corzos o venados.

Tomado de www.elcorreo.com

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