‘Franja de la muerte’: la yincana asesina soviética que hizo de Berlín un campo de concentración

Berlín Oriental, ciudad aislada». Tuvieron que pasar varias horas desde que la República Democrática Alemana (la RDA) levantara el famoso Muro de Berlín el 13 de agosto de 1961 para que las noticias llegasen hasta nuestro país. ‘ABC’ llevó a su portada aquel ‘shock’ de la mano de su corresponsal, quien, aunque hubiera querido, no habría podido ocultar su estupefacción. Y no ya por las fortificaciones en sí, construidas a toda prisa en apenas una noche, sino por la movilización masiva de tropas por parte del gobierno de la zona oriental: «Dos divisiones acorazadas y diez mil policías sovietizados apuntan con sus armas a los ciudadanos del ‘paraíso’ socialista».

A partir de entonces la locura se desató y las informaciones arribaron como un torrente hasta nuestro país. En los quince días siguientes, Berlín tomó portadas y se asentó en las páginas más destacadas del diario. «Los alemanes orientales han completado un muro de hormigón de 800 metros de longitud a lo largo del límite fronterizo Este-Oeste, entre la Puerta de Brandemburgo y la Plaza de Postdam, el más popular de los puntos de cruce que funcionaban antes del cierre de la frontera», explicaba el ‘ABC’. El suceso llegó hasta el editorial del diario: «Lo que el régimen de Ulbricht hizo el 13 de agosto con el consentimiento de los Estados del Pacto de Varsovia fue una violación de los acuerdos y de los convenios internacionales».

Tampoco faltaron los artículos que describían cómo era la tapia. Se hizo referencia a «un muro del oprobio» formado por bloques de hormigón, pero también por kilómetros de alambradas; se especificó que los puntos de control estaban custodiados por tropas armadas y, con el tiempo, hasta se hizo referencia a las «franjas de la muerte». Sin embargo, hablar del Muro de Berlín puede llevar a engaños. Y es que, aunque el concepto evoque una única pared maciza, la realidad es que consistía en una compleja estructura que, por si fuera poco, evolucionó y fue perfeccionada con el paso de las décadas.

De la nada… o no

Pareciera que el Muro de Berlín se levantó de improviso. Pero nada más lejos de la realidad. Según explica Pere Cardona a ABC, los primeros indicios de la operación ‘Aktion Rose’ (nombre en clave para separar la zona oriental de la occidental) se dieron dos meses antes. El divulgador histórico sabe bien de lo que habla, pues en breve publicará ‘Osos, átomos y espías. Historias sorprendentes de la Guerra Fría’ (Principal, 2021). «El 15 de junio un periodista preguntó a Walter Ulbricht, jefe del Estado de la RDA, si la formación de la ciudad a partir de los tres sectores occidentales implicaba la creación de una frontera en la Puerta de Brandemburgo». La respuesta no tuvo desperdicio: «Nadie tiene la intención de construir un muro».

a rueda de prensa de prensa fue recogida por ‘ABC’, aunque el reportero de este periódico prefirió centrarse en las negociaciones de paz propuestas por Ulbricht. «Declaro, en nombre del Gobierno de la República Democrática Alemana, que estamos dispuestos a iniciar tales negociaciones con el gobierno de Alemania occidental mañana o pasado mañana». En palabras del periodista, también incidió en que aquella era la última oportunidad de reunificar al pueblo germano. Frases vacías si consideramos que en su mente ya estaba en la erección de un muro en menos de un mes.

A partir de entonces, los indicios se multiplicaron. «El 4 de agosto, un funcionario del Ministerio de Salud de la RDA informó de la movilización de 14.000 soldados y de la cancelación de todos los permisos y licencias que se habían concedido a estas tropas. Dijo que este movimiento obedecía a la intención de prohibir el acceso a los ciudadanos de la RDA hacia la zona occidental», añade el autor de ‘Osos, átomos y espías’. Dos días después, un médico y confidente de la CIA afincado en la zona oriental informó de que el Gobierno planeaba «medidas drásticas» para aislar Berlín Oeste en el plazo de una semana. «Se lo había dicho un paciente», desvela Cardona.

La zona ‘capitalista’ estaba, por tanto, avisada, pero sus líderes no hicieron nada para evitar la locura que se avecinaba. Mientras, el 7 de agosto, Ulbricht informó de sus intenciones a los miembros del Politburó y les dijo que solo le faltaba la aprobación parlamentaria para materializar su plan. «Estaba seguro de que la obtendría el 11, y así fue», añade Cardona. «El sábado 12 organizó una barbacoa a la que invitó a miembros de su gabinete y líderes políticos orientales. A las diez de la noche reunió a todos los invitados y les comunicó que, con el fin de detener la emigración hacia occidente, iba a implementar un cierre total fronterizo. Además, les recomendó que regresasen rápidamente a Berlín para que no se viesen rodeados de tropas. Ya estaba todo en marcha», finaliza Cardona.

Así, el 13 de agosto de 1961, tal día como hoy, Berlín amaneció coronada por un gigantesco muro que separaba a la República Democrática Alemana de República Federal Alemana. Lo llamativo, como bien explicó el redactor de ‘ABC’, es que aquel día las tropas no protegían la entrada de ‘capitalistas’ en su zona, sino que se limitaban a custodiar la frontera para que ninguno de sus ciudadanos se marchase:

«Las autoridades rojas han dado el cerrojazo a la Puerta de Brandemburgo. Después de esta medida solo quedaban abiertos doce puntos de paso hacia la zona occidental de los ochenta que existieron anteriormente. […] El portillo queda tapado por dos divisiones acorazadas y 10.000 gendarmes. Las armas de unos y otros no apuntan contra los sectores occidentales, sino contra los propios ciudadanos del paraíso socialista. Con el tendido de esa línea de acero se halla completo el círculo que envuelve los espacios soviéticos, sin huecos transitables para escapar de aquel inmenso campo de concentración».

Franja de la muerte

En la práctica, el Muro de Berlín estaba formado por dos paredes de hormigón de entre 3,5 y 5 metros de altura separadas por un espacio que recibió el nombre, poco halagüeño, de ‘franja de la muerte’ (vigilada por los agentes de la República Democrática Alemana -RDA-). La zona orientada al este estaba decorada con grandes rectángulos blancos para que nadie se llevara a engaños y supiera (como bien explica la arquitecta Marta Rabazo en ‘El Muro de Berlín. Una infraestructura excepcional’) que allí estaba el límite con la zona capitalista, la República Federal Alemana (RFA).

Estas dos primeras tapias variaron mucho a lo largo de las cuatro evoluciones que sufrió el Muro de Berlín desde 1961. Valga como ejemplo que, en principio, las paredes (formadas por abruptos bloques de cemento) apenas superaban los 2 metros de altura y estaban coronadas por una viga metálica en forma de ‘Y’ con alambre de púas. Esta tosquedad inicial se abandonó poco a poco y se implementaron mejoras como emplazar, para reforzar la estructura original, planchas de hormigón armado que contaban (en el caso de la pared que limitaba con la República Federal Alemana) con un canal circular que impedía que los fugitivos se aferraran a su parte superior.

Aquel valiente que quisiera saltar desde la zona de la RDA a la de la RFA tenía que hacer frente a una cruel yincana de obstáculos en la que lo más fácil era que muriera o, como mínimo, acabase herido por una bala. Si conseguía superar la primera tapia se encontraba con un estrecho pasillo que separaba el muro exterior de una valla interior electrificada y conectada a una alarma. Esta era muy elástica con el objetivo de que, si fallaba el sistema que la nutría de energía, fuese imposible de escalar. En palabras de Rabazo, la distancia entre ambas barreras variaba «desde los 4 hasta los 250 metros» e incluía «perros atados a una cadena».

Tras la valla fueron instaladas trampas antitanque cuyo objetivo era detener a los vehículos que atravesaran las primeras defensas. Por si fuera poco, también había alfombras metálicas con puntas de acero de hasta 14 centímetros. A continuación, unas 300 torres de vigilancia coordinadas por un centro común de mando observaban todo lo que ocurría.

Después de ellas, el desafortunado se topaba con un «camino de patrullaje» de hormigón que permitía a los guardias soviéticos moverse por la zona. Este contaba con focos elevados que ayudaban en su tarea a los agentes. Muchos escuadrones estaban motorizados para acudir, si así se requería, en socorro de sus compañeros. Para terminar, y antes del muro que lindaba con la RFA, el fugitivo debía superar una zanja (destinada a entorpecer a los vehículos que sobrepasaran todos los obstáculos anteriores) y una zona con arena en la que las huellas de los fugitivos delataban su posición.

Según una orden del Ministerio de Defensa de la RDA de octubre de 1961, se podía hacer uso de las armas de fuego «para detener a personas que no acatasen las órdenes de los guardias fronterizos que se habían identificado como tales, es decir, que no se detuviesen tras los avisos verbales o los disparos de aviso de los guardias, sino que claramente intentasen pasar la frontera de la RDA» y «cuando no existía otra alternativa para detener al fugitivo».

Tomado de www.abc.es

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