La muerte de la curiosidad

Cuando termina el verano y toca volver a las aulas merece la pena releer el best seller del filósofo Allan Bloom The Closing of the American Mind. Para Bloom, inmortalizado por Saul Bellow en la novela Ravelstein, uno de los principales problemas de la educación universitaria en EEUU era que la mayoría de los estudiantes ya no buscaba ser educada en sentido clásico, sino salir con sus convicciones morales reforzadas. A Bloom le preocupaba la irrupción en los campus universitarios de la moda progresista que deslegitimaba el canon filosófico tradicional por considerarlo xenófobo, racista o imperialista. Hoy se puede decir otro tanto de algunas actitudes conservadoras.

No hay ningún problema en que los alumnos tengan convicciones morales e ideológicas. Ni en el hecho de que estas sean firmes y sólidas. Incluso los prejuicios ayudan a caminar. Pero algo pasa, sin embargo, cuando el alumno que llega a la universidad da por supuesto que su catálogo de convicciones es el ojo de la aguja por el que debe pasar la realidad. Y si la realidad no pasa, peor para ella.

Las carreras científicas suelen aguantar mejor el embate de la moralización del saber. Pero las Humanidades y las Ciencias sociales se encuentran a merced de la moda que discrimina el conocimiento con criterios ideológicos. El alumno conservador siente amenazado su credo anticomunista cuando descubre la amistad histórica de la derecha española con Fidel Castro, de Franco a Fraga. Le ocurre igual al socialista que se enfrenta a la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera. Lo saludable sería que ambos alumnos recogiesen el guante e intentasen entender la razón de esas paradojas. Descubrirían que el manual de ideologías no agota la política.

Sin embargo se está creando un ecosistema universitario donde la ideología es la única antorcha que ilumina lo que debe ser conocido. El problema de fondo ya no es solo su efecto sobre la polarización del debate público, sino que este moralismo está ahogando el verdadero motor del conocimiento: la curiosidad. La curiosidad extrema puede terminar con una biblioteca en llamas. Pero con su muerte desaparece la mirada sobre el mundo que permite a libros, ideas o personajes históricos hablar con voz propia y no prefabricada. Claro que el precio a pagar por la curiosidad es la posibilidad de que alguien que no es de tu cuerda te sorprenda. Y hasta ahí podíamos llegar.

Tomado de ww.elmundo.es

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: