El triste exilio de la familia de Alfonso XIII tras la proclamación de la Segunda República

En la noche del 14 al 15 de 1931, el Rey Alfonso XIII partió de Madrid hacia Cartagena al volante de su automóvil Duesenberg y desde allí zarpó para Marsella en el crucero Príncipe Alfonso de la Armada Española para trasladarse después a París. Al día siguiente le siguió la familia real. A su espalda se proclamó la Segunda República y el Gobierno provisional asumió el poder. Como cuenta el historiador Gabriel Cardona en su obra «Alfonso XIII, el rey de espadas» (Planeta, 2005), de París la Familia Real se tuvo que trasladar pronto a Fontainebleau por cuestiones económicas y por presiones del Gobierno francés, de cariz republicano.

El Rey permaneció en esa primera etapa de exilio largas temporadas en Irlanda y viajó a Australia, Egipto y la India. Con su mujer llevaba dieciséis años sin hacer vida marital, por lo que su separación definitiva no resultó traumática. Habitaron en ciudades separadas. La Reina Victoria Eugenia se instaló primero en Inglaterra, visitó Estados Unidos y solo regresaría una vez más a España, justo en el bautizo del actual Rey Don Felipe. Alfonso XIII no había abdicado, ni renunciado a la Corona, únicamente suspendido sus prerrogativas. «Soy y seré mientras viva el Rey de España», afirmó en el extranjero.

Una vez recuperado del susto empezó a buscar la manera de regresar a España, cuestión que él sí que nunca logró, ni siquiera de forma puntual. El Rey de España no abandonó la idea de restaurar la Monarquía, pero tampoco se pudo probar que alentara el golpe de 1936 contra la Segunda República.

El heredero al trono, Alfonso, que era hemofílico, fue enviado a un sanatorio en Lausana para intentar curarle la enfermedad. Si bien el Rey nunca se planteó incapacitarle, el Príncipe de Asturias renunció a sus derechos al trono en 1933, dos años después de la proclamación de la Segunda República Española, para poder así contraer matrimonio con Edelmira Sampedro y Robato, cubana de origen español que no pertenecía a ninguna familia real. Matrimonio al que se oponía Alfonso XIII.

Diez días después de producirse la renuncia voluntaria, el siguiente hijo, el Infante Jaime, que era sordomudo, también renunció ante las presiones de su padre y de su círculo íntimo. Don Juan, el tercer varón, pasó a ser el nuevo Príncipe de Asturias.

El heredero

La proclamación de la Segunda República sorprendió a Don Juan de Borbón navegando rumbo a Gibraltar en su formación de guardiamarina. Explica Luis María Anson en «Don Juan» (Plaza & Janes), que el joven se compró ropas civiles y se desprendió de su uniforme antes de embarcar hacia Roma y, desde allí, a París. En el exilio, Alfonso XIII reclamó al Rey Jorge V que permitiera que su hijo ingresara en la Escuela Naval de Dartmouth, la academia más exigente del mundo, para proseguir su carrera militar. «Yo soporté 124 azotes en nuevo meses», diría tiempo después el hijo del Monarca, no sin reconocer que «mi honor español se sublevó la primera vez y al terminar le di un puñetazo al que me dio los azotes». La benevolencia del segundo comandante y su arrepentimiento le salvaron de la expulsión.

Estando en una travesía naval, Don Juan recibió en 1934 la noticia de la renuncia de sus hermanos. Dudó durante ocho días sobre si aceptar la responsabilidad, pero lo hizo al fin por sentido del deber, aunque en ese momento el trono solo suponía un camino de lágrimas. En Malta, el Rey le entregó la placa que acreditaba que era el heredero español. Con el proceso de radicalización de la II República, su padre y él vieron en la figura de José Sanjurjo, fallecido a las primeras de cambio, al militar que iba a restaurar la Monarquía en España. Don Juan mostró su apoyo hacia el bando encabezado por Francisco Franco durante la Guerra Civil e incluso trató de unirse a sus filas.

Alfonso XIII y su hijo vieron el resto del conflicto en Roma asombrados por la brutalidad desplegada. Poco a poco fueron tomando conciencia de que Franco solo era leal a sí mismo y que las peticiones franquistas de que Alfonso XIII abdicara como paso previo para recuperar la Monarquía eran, únicamente, una estrategia para sembrar la discordia entre padre e hijo.

Alfonso había decidido instalarse definitivamente en Roma en 1933, primero en la «Villa Titta Ruffo» y luego en el Grand Hotel, por el buen clima de la ciudad, la cercanía de los monárquicos y por las facilidades fiscales. Un años después vivió una nueva tragedia familiar, cuando en el verano de 1934 su hijo menor, el Infante Gonzalo, que estudiaba para ingeniero agrónomo, sufrió un accidente de coche con su hermana Beatriz en la región austriaca del Tirol. El accidente le costó la vida.

No por consejo del dictador, sino por sus problemas médicos, al fin renunció Alfonso XIII como jefe de la Casa Real de España el 15 de enero de 1941 (apenas un mes antes de su muerte). Así Don Juan se convirtió ya no en un Príncipe en el exilio, sino en un pretendiente al trono en el exilio. El 8 de marzo tomaría como título de señalamiento la dignidad de Conde de Barcelona, propia de los Reyes de España. Frente al vestigio de la historia que había sido Alfonso, Franco vio en su hijo una amenaza real a su poder.

La Reina Victoria Eugenia, establecida en Inglaterra, fue invitada a abandonar el país y se trasladó a Lausana, Suiza, donde fijó su residencia.

Si bien para Alfonso XIII no tuvo apenas efecto, el estallido de la Segunda Guerra Mundial sí golpeó a la mayoría de monarquías reinantes y exiliadas de Europa. La Reina Victoria Eugenia, establecida en Inglaterra, fue invitada a abandonar el país y se trasladó a Lausana, Suiza, donde fijó su residencia definitiva en el palacete «Ville Fontaine».

En los planes aliados para derribar a Franco

A finales de 1942, el Conde de Barcelona manifestó por primera vez públicamente su aspiración a ocupar el trono de España. Lo hizo sabiendo que las posibilidades de éxito de su causa pasaban por una victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Es por ello que el Conde de Barcelona se trasladó de la Roma de Mussolini a la Inglaterra de Churchill, quien estaba dispuesto a apoyar un ataque a las Islas Canarias en caso de que España entrara en la II Guerra Mundial. El objetivo hubiera sido establecer un gobierno paralelo en Canarias con Don Juan como Rey. De Inglaterra se mudó a Suiza, concretamente Lausana, donde vivía su madre la Reina Victoria Eugenia. Alquiló un pequeño chalet allí, Les Rocailles, cerca de Vieille Fontaine.

Don Juan encontró un aliado en Allen Dulles, director de la Agencia de Contraespionaje de EE.UU, mientras que Churchill ordenó a la diplomacia e inteligencia británica que se le facilitara información semanal. Sin duda Inglaterra se fiaba de aquel hombre formado en su academia naval. En 1943, Churchill y Roosevelt se reunieron en Quebec, donde exigieron a Franco que repatriase por completo a la División Azul desplegada en el frente Oriental y que dejara de enviar wolframio a Alemania. Además, los dos líderes decidieron que el sustituto del dictador debía ser Don Juan.

Es en ese momento cuando Don Juan intentó por primera vez trasladarse a Portugal para asistir desde cerca a la caída del franquismo una vez hubiera terminado el conflicto mundial. Sin embargo, las maniobras diplomáticas de Franco hicieron imposible que el Infante pusiera un pie en tierras lusas. La supervivencia del dictador, en cualquier caso, pendía de un hilo.

Queriendo probar su compromiso con los aliados, Don Juan participó como miliciano en una operación de abastecimiento para la resistencia italiana. A principios de 1944, sin embargo, quedó claro que los aliados no iban a invadir directamente la península, porque de hecho Josep Stalin se negaba a que el país quedara en la órbita británica. Prefería que la caída de Franco la orquestasen grupos de izquierda y no que, como quería Churchill, fueran los monárquicos quien asumieran el poder. «La política es así y no hay que descorazonarse pero indudablemente nos han sacudido un palo que nos servirá para recordarnos del oportunismo de Gran Bretaña», escribió Don Juan a uno de sus consejeros cercanos el 29 de mayo de ese año.

La Guerra Fría impide la Restauración

En la conferencia de Yalta, el asunto español fue una anécdota menor. El principal avance fue lograr que Stalin aceptara mantenerse al margen y que apenas hiciera ya referencia al gobierno republicano, que se mantenía en el exilio. El padre de Don Juan Carlos mantenía vivas sus esperanzas de recibir ayuda internacional.

Por lo pronto, a cambio de restaurar la monarquía, que debía convocar elecciones libres a su vuelta, los aliados exigieron a Don Juan que realizara un manifiesto en contra del régimen y a favor de recuperar un estado democrático. Una lluvia de telegramas llegó a la residencia suiza del Conde de Barcelona tras el manifiesto de Lausana, con amplio eco internacional pero que ningún periódico, ni siquiera el monárquico ABC, pudo publicar.

El régimen de Franco iba a quedar aislado internacional varias décadas tras la guerra, pero se salvaría contra todo pronóstico. Entre otras cosas porque Truman, sucesor del fallecido Roosevelt, temía que al instaurar una monarquía débil en España se estuviera exponiendo el país a la llegada de un nuevo Frente Popular al gobierno una vez establecidas unas elecciones libres. Temía, en definitiva, que Stalin saliera ganando con la caída de Franco.

En una extraña maniobra, el dictador ofreció a final de la Segunda Guerra Mundial residencia fija en Madrid a Don Juan, así como tratamiento de Príncipe de Asturias. Él rechazó la oferta, al igual que el coche pagado por el régimen que le estaba esperando cuando aterrizó en Portugal. Sin calcular aún que los nuevos vientos internacionales le iban a condenar a un largo exilio, Don Juan viajó en esas fechas a Portugal para instalarse en Estoril y hacer desde allí su entrada en España más pronto que tarde «Villa Bel Ver» sería la primera residencia de la familia al completo y, ya en 1949, se trasladarían a «Villa Giralda».

Sin la tutela británica, debió negociar directamente con el dictador para lograr que algún día la monarquía fuera restaurada en España.

La aristocracia e incluso otros linajes europeos convirtieron Estoril en una corte española en el extranjero, siempre envuelta de cierta austeridad dada la compleja situación de la Familia Real. Desde allí Don Juan vería con asombro cómo la comunidad internacional dejó a Franco perpetuarse en el poder. Sin la tutela británica, debió negociar directamente con el dictador para lograr que algún día la monarquía fuera restaurada en España.

Los cuatro hijos de Don Juan, la Infanta Pilar (1936-2020), fallecida este miércoles, el Rey Juan Carlos (1938), proclamado Monarca en 1975, la Infanta Margarita (1939), y el Infante Alfonso (1941-1956), fallecido en la adolescencia, nacieron durante este periodo de exilio. Don Juan Carlos, la Infanta Margarita y el Infante Alfonso lo hicieron en Roma, mientras que Doña Pilar lo hizo en la Ville Saint Blaise, en Cannes, Francia.

Tomado de www.abc.es

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