¿Por qué cruzan las ovejas HOY el centro de Madrid? Memoria de LA MESTA

La Fiesta de la Trashumancia es ya una tradición histórica de los madrileños desde que en el año 1994 se instaurara una serie de actividades en homenaje a los pastores que sobreviven en este sector histórico para España. El último domingo de octubre 1.100 ovejas merinas y 200 cabras retintas, guiadas por los miembros de la Asociación Trashumancia y Naturaleza, recorren las calles del centro reivindicando mejores condiciones para los pastores y, en el plano simbólico, para renovar el compromiso del Ayuntamiento de Madrid de respetar los 420.000 hectáreas de vías pecuarias (cañadas reales) que se usan en la trashumancia de los animales, en ese «ir y venir de los rebaños por montañas y llanuras», como dejó escrito Azorín.

El día oficial de la procesión de estos animales por las calles es el 23 de octubre, cuando el alcalde de Madrid, junto con otros miembros de la corporación, dan la bienvenida al mediodía a los pastores, mayorales, rabadanes y ganaderos y reciben los «50 maravedís al millar» que recoge la Concordia firmada en 1418 entre los Hombres y Mujeres Buenos de la Mesta y los procuradores del Concejo de la Villa.

Era la cantidad que debían pagar los pastores a las autoridades por hacer uso de los caminos ganaderos y cruzar sus términos.

Un acuerdo al que las autoridades y los ganaderos trashumantes, que se movían desde las dehesas de verano a las de invierno, y viceversa, a causa del clima extremo del país, llegaron después de siglos de rifirrafes generador porque las ovejas se comían los campos de los agricultores por los que pasaban. La intervención de la Corona puso orden en el corral de intereses de la Meseta.

Millones de cabezas

Aunque el primer registro histórico de una trashumancia organizada data del año 923, el Rey Alfonso X el Sabio no creó hasta 1273 el Honrado Concejo de la Mesta de Pastores para reunir a todos los pastores de León y de Castilla en una asociación que potenciara un pujante negocio. Bajo el impulso del Rey, Castilla se elevó como la mayor exportadora de lana de Europa. Alrededor de 1400, había en este territorio cerca de un millón y medio de ovejas, la mayoría merinas, que a finales de siglo pasaron a ser 2.700.00 y hacia 1500 sobrepasó las 3.000.000 de cabezas, según el estudio clásico de Julius Klein.

Hacia las costas del Atlántico norte, sobre todo a Brujas, Dieppe, Rouen, Nantes, Burdeos e incluso Londres, salían cada año toneladas de hierro vasco, aceite, miel, cuero, colorantes, vinos, frutas, semillas y, por supuesto, la lana castellana. De vuelta venían importados paños, lienzos, tapices, cobre, estaño y básicamente productos manufacturados. Las monumentales catedrales góticas de Castilla se construyeron por esta infinita inyección de dinero y, dado que se requería menos mano de obra para la ganadería que para la agricultura, permitió a este reino no sufrir tanto las consecuencias económicas de las oleadas de peste negra. Al cabo de los siglos, la lana merina fue el único producto español que se cotizó en la Bolsa de Ámsterdam y el que remitía más divisas al reino.

La lana merina fue el único producto español que se cotizó en la Bolsa de Ámsterdam

A la Mesta le acompaña desde la Ilustración una leyenda negra que la culpó de los sinsabores de la economía española debido a que la agricultura, según su tesis, vivió postergada por esta ganadería trashumante tan poderosa. Cierto que esta cofradía defendía sus cañadas (los caminos de tránsito) y los pastizales donde pacían las ovejas, pero su labor era también compatible con la actividad de los labradores, que formaban en muchos casos parte de la asociación. Castilla, despoblada en buena parte de sus rincones, era lo bastante ancha para que cupieran todos.

El declive de la Mesta

La crisis de la ganadería trashumante llegó a su cumbre a mediados del siglo XIX coincidiendo con el empuje de la agricultura adaptada al consumidor español y el declive de las ovejas debido a la fuerte competencia surgida en Suecia, Prusia, Austria, Francia y Sajonia, donde se instalaron rebaños de merinas españolas aprovechando las guerras civiles peninsulares. La lana hispana perdió su tradicional hegemonía en los mercados europeos y, con el colapso exportador, los grandes propietarios se arruinaron: se pasó de los cuatro millones y medio de ovejas de finales del XVIII a un millón y ochocientos mil en 1865.

Espoleada por la liberalización de las tierras, el área cultivada se extendió sobre las tierras que los pastores trashumantes usaban tradicionalmente durante sus viajes. Entre 1813 y 1836, la legislación liberal acabó con las prácticas de aprovechamiento comunal declarando el cierre y el acotamiento de casi todas las fincas particulares. El Honrado Concejo de la Mesta de Pastores fue abolido en 1836, haciendo que se perdiera la valiosa labor de mantenimiento de los montes y prevención de incendios (por algo las denominadas ovejas bomberos) que realizaban en el medio rural.

Con la introducción en España del ferrocarril, la trashumancia se empezó a realizar en trenes de mercancía y luego por carretera. No obstante, lo que fue imposible de borrar es la huella cultural del extenso sistema de comunicaciones de las vías pecuarias. Al inicio del siglo XXI todavía subsisten estas rutas a lo largo de 125.000 kilómetros recicladas para uso de senderismo y para que las puedan usar los últimos pastores trashumantes que sobreviven en el país.

Tomado de www.abc.es

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