José Palafox: el héroe desdichado

Pocas veces un héroe fue tan ingenuo. Pocas veces un general fue tan derrotado fuera del campo de batalla. Pocas veces un amigo de la libertad fue tan menospreciado por los liberales y un defensor de la Monarquí­a tan traicionado por el Rey.

Durante algunos años, José de Rebolledo y Palafox Melzi, o simplemente José Palafox Melzi, como solí­a llamarse, fue uno de los militares más prestigiosos de Europa, un héroe de leyenda asociado al primer gran revés del todopoderoso Napoleón, el hombre capaz de vencer al primer ejército del mundo tras resistir el asedio agónico de una ciudad indefendible: Zaragoza. Serí­a injusto decir que en toda España se le apreció siempre menos que en el resto de Europa, porque los aragoneses, al menos, le guardaron siempre veneración y respeto, dentro de lo que cabe en polí­tica, que no es nunca territorio de unanimidades. Pero en la vida polí­tica española es difí­cil encontrar una trayectoria más desventurada tras unos comienzos tan brillantes. Pocas veces un héroe fue tan ingenuo. Pocas veces un general fue tan derrotado fuera del campo de batalla. Pocas veces un amigo de la libertad fue tan menospreciado por los liberales y un defensor de la Monarquí­a tan traicionado por el Rey.

Nació Palafox en Zaragoza, hijo de un navarro casi anciano y de una joven belleza milanesa que lo apartó de la fecunda solterí­a. Fue un matrimonio feliz y, además de casar bien a su única hija, sus tres hijos varones, de los que José era el más pequeño, entraron en el Real Cuerpo de Guardias de Corps, que desde tiempos de Godoy fue destino social y polí­tico de altos vuelos. Fue el Rey Fernando VII el que le encargó la custodia del mismo Godoy, amante de su madre. Y por obedecerle corrió Palafox la suerte de aquella Corte maloliente. Por cierto, que no sabemos si se remonta a esa época el aragonesismo de denominar «corte» al lugar donde se guardan los cerdos o se trata de un republicanismo posterior.

Supo Palafox de la marcha del Rey a Bayona. Y cuando Fernando VII se vio en manos del Corso le encargó nada menos que levantar en armas el reino de Aragón, en el que su familia gozaba de mucho respeto, para establecer una regencia a nombre de su tí­o el infante Antonio. Hizo más José Palafox: trató de liberar al Rey en Francia mediante un golpe de mano que falló por poco y del que escapo con vida de milagro. Huyó a pie y disfrazado desde Irún hasta Zaragoza, atravesando media Navarra que estaba ocupada ya por los franceses. Apenas llegado a la capital aragonesa se presentó ante el capitán general Guglielmi, dándole cuenta del encargo del Rey.

Guglielmi le dijo que ni hablar. Vio Palafox que su cabeza corrí­a peligro y fingió retirarse a casa de su pariente, el conde de Sástago, donde empezó a organizar la resistencia. En menos de una semana estuvo todo listo y cuando Guglielmi se enteró y le mandó incorporarse a su destino en Madrid, Palafox se quedó en Alfranca, cerca de Zaragoza, negándose a reconocer otra autoridad que la de su Rey. Al atardecer, una partida de hombres armados rodeó su casa. Pensó Palafox en una trampa de Guglielmi, pero cuando se disponí­a a vender cara su vida, aquellos hombres prorrumpieron en ví­tores y dispararon al aire. Vení­an a buscarlo para encabezar la rebelión como jefe popular de una ciudad que estaba ya en pie de guerra.

Temiendo el desbordamiento y la barbarie, Palafox les dirigió la palabra, jurando defender al Rey y a España hasta la última gota de su sangre y les pidió que se retirasen a sus casas, lo que hicieron de inmediato. Pero al dí­a siguiente, cuando las autoridades se negaron a aceptar las propuestas de Palafox, lo impusieron como capitán general del reino. Palafox, que era brigadier, aceptó el mando pero no el grado de general hasta que el Rey fuera libre de ofrecérselo. Por si el gesto no bastara, vendió todos sus bienes para allegar recursos a la lucha y declaró formalmente la guerra a Napoleón en nombre del Rey. Aunque sea el alcalde de Móstoles el que haya quedado en la leyenda y el pueblo de Madrid el más temprano en el sacrificio fue realmente Palafox el primero que se puso al frente de la lucha con todo el reino de Aragón detrás. Esa fue la verdadera proclamación de la Guerra de la Independencia. Faltaba convertir a Zaragoza en una plaza fuerte capaz de resistir al Ejército de Napoleón.

Y ahí­ es donde se puso a prueba el genio militar y polí­tico de Palafox. En apenas 15 dí­as envió cartas a todas las provincias españolas notificándoles la declaración de guerra y pidiéndoles que se sumaran a la lucha. Estableció la jurisdicción militar sobre cualquiera otra para cortar cualquier brote de anarquí­a, pero mandó que los tribunales ordinarios siguieran con sus trabajos en todo lo que no afectase a la guerra. Decretó la movilización de todos los hombres del reino de Aragón desde los 15 hasta los 40 años, aunque la afluencia de voluntarios hizo casi innecesario el decreto, porque sólo el primer dí­a se apuntaron 10.000 en Zaragoza. Estableció una policí­a de orden público para evitar desmanes. Convocó a las Cortes de Aragón para que le sirvieran de consejo y reforzaran su legitimidad, como así­ sucedió. Se aseguró el respaldo entusiasta del clero, de la pequeña nobleza, de la burguesí­a comercial y, sobre todo, del pueblo llano, que vio con satisfacción cómo su flamante general viví­a entre sus soldados, comí­a su mismo rancho y dormí­a en un camastro, cuando dormí­a.

Además de crear una estructura puramente militar para la defensa, dentro de lo que sus escasos medios materiales le permitieron y, apoyado en su segundo. Juan 0`Neill, creó las unidades de caballerí­a necesarias para poder irrumpir por sorpresa en las lí­neas enemigas dificultando el asedio.

La rapidez de Palafox en sus preparativos fue providencial porque en la primera semana de junio, el general Lefebvre se presentó ante la ciudad y cerró el cerco. Comenzó entonces uno de los episodios más sangrientos y heroicos de toda la Historia de España. Setenta dí­as resistió Zaragoza. Y finalmente, Palafox, atacando por sorpresa a la artillerí­a francesa, al tiempo que sus tropas los acosaban simultáneamente en todas sus posiciones, hizo huir a los sitiadores dejando tras de sí­ una inmensa cantidad de material, con el que Palafox preparó el segundo cerco. Este, dirigido por Lannes pero teledirigido por Napoleón, que se habí­a presentado en España para vengar su fracaso en Zaragoza y Bailén, fue tan feroz como el primero.

Pero esta vez contaron los franceses con un aliado especial: la epidemia de peste que se extendió por la ciudad y que hizo estragos en los defensores. No obstante, Palafox se negó a capitular. Finalmente, él mismo cayó graví­simamente enfermo, teniendo que abandonar la dirección de la plaza. Muerto O`Neill, moribundo Palafox, con los muertos sin enterrar por las calles y con la ciudad destruida, el concejo municipal aceptó unas condiciones de rendición honrosas, que los franceses nunca cumplieron. Al entrar en Zaragoza fueron inmediatamente a casa de Palafox para que aceptara la rendición. A pesar de su lamentable estado se negó. Enviaron entonces su espada al emperador y a él lo arrastraron a la prisión de Vincennes, cerca de Parí­s, donde pasó casi cinco años sin más compañí­as ni respetos que los de sus carceleros.

El año 1813 marca el apogeo y caí­da de Palafox. Tras volver a España con el Rey, le acompaña en una visita a Zaragoza. Una muchedumbre de viudas, mutilados y huérfanos reciben al monarca. La diferencia moral entre el pueblo y su Rey, que se arrastró en Bayona ante Napoleón, era todaví­a desconocida para la mayorí­a de los españoles. Sin embargo, los que buscaban la restauración del Antiguo Régimen y la abolición de la Constitución liberal de 1812 maniobraron para apartarlo de Fernando VII. Lo consiguen sin esfuerzo. El Rey Felón despide a Palafox, que marcha a su tierra como capitán general, pero sin conseguir que se compense su desprendimiento económico. Hasta su muerte vivirá lleno de deudas.

Cuando en 1820 se levantan los liberales, Fernando llama a Palafox para proteger su vida y el marginado general, como siempre, obedece. Cuando se restaura el poder absoluto de Fernando VII, Palafox volvió al ostracismo. A la muerte del Rey, pensó que su suerte mejorarí­a. Fue al revés: acusado absurdamente de conspiración contra Marí­a Cristina fue apresado en su casa y conducido a la cárcel como un malhechor. Cuando llegó el juicio, Palafox salió libre, sin cargo alguno, pero la humillación le duró siempre.

Según el dicho inglés, los grandes soldados no mueren sino que se desvanecen. Así­ sucedió con Palafox y también con sus papeles, depósito fiel y minucioso de su vida, hasta que Garcí­a Mercadal, el erudito aragonés, los encontró en una librerí­a de viejo madrileña. Por uno de esos azares del destino, habí­a sido el joven Garcí­a Mercadal quien acompañó a Galdós en su viaje a la capital del Ebro para documentar uno de sus mejores Episodios Nacionales: Zaragoza. En él vive ya para siempre, a salvo de intrigas y desdichas, rodeado de ese pueblo anónimo y heroico al que nunca se arrepintió de servir, José de Palafox, uno de los grandes españoles de su tiempo y el nuestro.

Federico Jiménez Losantos. Tomado de Libertad Digital

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